viernes, 30 de diciembre de 2016

Los que te fockan


Hay que extender la sensación de dominancia eliminando sin escrúpulos a todo aquel que no piense como nosotros.

(General Mola citado por Hugh Thomas) 


                   



Supongo que casi todos mis fieles lectores os habréis enterado del reciente revuelo mediático que se ha montado en torno a Fernando Suárez, rector de la Universidad pública Rey Juan Carlos de Madrid. Todo empezó cuando hace unas semanas salió a la luz pública que él, máxima autoridad de dicha institución académica, había cometido plagio en varios textos presentados como propios. La cuestión es que a raíz del mencionado escándalo se ha ido descubriendo, mediante sucesivas revelaciones, que en realidad casi todo el currículum de ese individuo había sido construido mediante trampas semejantes. La última vez que consulté noticias al respecto ya eran más de diez las publicaciones firmadas por él en las que había recurrido a la copia de trabajos pertenecientes a otras personas.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

La conjura de los rancios


La nación es una sociedad unida por ilusiones sobre sus ancestros y el odio común a sus vecinos.

William Ralph Inge




Hoy voy a permitirme una pequeña digresión y con ello posponer nuevamente por tiempo indefinido la prometida segunda parte del artículo que subí hace poco sobre el colapso de las últimas grandes civilizaciones precolombinas a manos de tropas hispanas durante el s. XVI. 

El caso es que en relación con dicha entrada me llegó por correo una recomendación concreta muy interesante sugiriéndome usar algunos cuadros de Augusto Ferrer Dalmau para ilustrar con más imágenes el texto que colgué en mi blog. No sé si conocéis a dicho pintor español, muy en boga en ciertos círculos en la actualidad, gran amigo de Arturo Pérez Reverte y especialista en pintura de tipo historicista y más en concreto de tinte “militarista”. Aunque supongo que una búsqueda en Google despejará vuestras dudas.

Pues bien, tras mucho pensarlo he decidido dedicar la entrada de hoy a despotricar sobre una de mis obsesiones perennes: la presencia subyacente de ideología en el arte.

lunes, 5 de diciembre de 2016

La última cena


- A diferencia del señor Medici yo no pretendo entender el arte… o la mente de un escultor sodomita como Donatello. ¿Es verdad que tenía la intención de representar Florencia con su David?.

- Sí. El joven que venció a Goliat podría ser asimilable al triunfo de nuestra República.

- Pero, ¿dónde dice la Biblia que Goliat fue vencido por un chico desnudo que parece una chica?.

“Medici, masters of Florence”, episodio octavo de la primera temporada.


                       


A comienzos del mes pasado ocurrió algo interesante y no quiero dejar correr más el tiempo sin contarlo.

Todo el que alguna vez haya estudiado un poco de Historia del Arte occidental conoce a Giorgio Vasari (1511-1574) autor de uno de los libros más destacados a ese respecto: Le Vite de' più eccellenti pittori, scultori, e architettori da Cimabue insino a' tempi nostri, una especie de “quien es quien” en el mundillo del arte italiano de la época publicado en torno a 1550 y que desde entonces se ha convertido en una fuente de información fundamental para conocer algunas interioridades del Renacimiento italiano. 

Tal es su influencia (de hecho durante mucho tiempo los artistas no citados por Vasari es como si no hubiesen existido) que dicha obra también ha sido asimismo la base de docenas de mitos, errores, anécdotas poco fiables atribuidas a diversos artistas y en general de una interpretación tendenciosa del Renacimiento con la ciudad de Florencia como centro, visión que tal vez ha pecado de minusvalorar otros grandes centros artísticos del período, como por ejemplo Venecia, debido a que por entonces la Serenísima no se encontraba en buenos términos con la urbe Toscana, o con Roma, las dos ciudades favoritas de Vasari y en las que desarrolló la mayor parte de su carrera y su vida. Pero sin duda también a través de esos errores y defectos se puede reconocer la influencia monstruosa que el libro de Vasari ha tenido durante siglos en cientos de bibliófilos y autores especializados.

Sin embargo Vasari no se limitó a escribir, fue también un respetado arquitecto y un pintor cuanto menos competente que, como muchos otros en su época, pintó escenas típicas de los Evangelios, muy en especial una en concreto: La última cena. Su versión, originalmente creada por petición de un convento benedictino, vio la luz en 1546 y, si bien es mucho menos famosa que la realizada por Leonardo da Vinci medio siglo antes, era considerada en Florencia como una obra cuanto menos relevante.