viernes, 30 de diciembre de 2016

Los que te fockan


Hay que extender la sensación de dominancia eliminando sin escrúpulos a todo aquel que no piense como nosotros.

(General Mola citado por Hugh Thomas) 


                   



Supongo que casi todos mis fieles lectores os habréis enterado del reciente revuelo mediático que se ha montado en torno a Fernando Suárez, rector de la Universidad pública Rey Juan Carlos de Madrid. Todo empezó cuando hace unas semanas salió a la luz pública que él, máxima autoridad de dicha institución académica, había cometido plagio en varios textos presentados como propios. La cuestión es que a raíz del mencionado escándalo se ha ido descubriendo, mediante sucesivas revelaciones, que en realidad casi todo el currículum de ese individuo había sido construido mediante trampas semejantes. La última vez que consulté noticias al respecto ya eran más de diez las publicaciones firmadas por él en las que había recurrido a la copia de trabajos pertenecientes a otras personas.

Pero en realidad dicho “escándalo” por el que todo el mundo se rasga las vestiduras no es tal en la medida en que, en primer lugar, aunque no se puede decir alto y en público, lo que Suárez ha hecho es práctica común sotto voce en muchas altas instituciones educativas, políticas y culturales de nuestro país. En parte porque en términos legales no tiene consecuencias prácticas en forma de sanción punible. 

                   

   Además, en segundo lugar, y me parece lo más importante del asunto, en realidad todo el que estuviera metido en el mundillo educativo conocía muy bien quien era este señor desde hace bastante tiempo. Por lo cual puede decirse que muchos de los que ahora se cubren la cabeza de ceniza y despotrican indignados de cara a la galería sabían perfectamente que estas cosas, y otras mucho peores, sazonan la trayectoria vital de este personaje.

Si no me creéis os recomiendo dar un buen vistazo a este artículo por ejemplo. Porque el caso es que hace seis años a Fernandito lo grabaron en una reunión chantajeando a un profesor de su universidad bajo la amenaza de represaliarlo a él y a todo su departamento si, literalmente, no aceptaban la consigna de amargarle la vida a uno de sus compañeros, el cual había cometido la osadía de oponerse a Pedro González-Trevijano por entonces patrón de Suárez y omnipotente rector de la Universidad Rey Juan Carlos. La cosa acabó en juicio y el juicio en agua de borrajas como suele suceder en estos casos. De hecho resulta irónico el desenlace porque el señor González-Trevijano con el tiempo terminó, a través de la consabida patada hacia arriba, nada menos que formando parte del Tribunal Constitucional (para que nos hagamos una idea de cómo está el país) y legó “su” puesto de rector a su fiel sicario, nuestro amigo Fernando Suárez, que es así como accedió a la función de rector, no por sus méritos académicos, que como ahora algunos han descubierto nunca fueron reseñables, sino mediante el uso de los auténticos mecanismos de promoción internos en la Universidad española. A saber, mediante el ejercicio de una fidelidad a toda prueba al señor feudal adecuado y una crueldad implacable a la hora de eliminar a los disidentes y librepensadores que se interponen en el continuo girar de los engranajes de ese sistema secular. De hecho bajo la batuta de Suárez el departamento de Estadística de "su" Universidad, del cual había salido la voz disidente que tanto trabajo le supuso silenciar en la época de la grabación antes mencionada, pasó de tener más de veinte profesores a apenas media docena de ellos, malviviendo sin asignaturas, sin fondos y acosados sin tregua por las fieles huestes a las órdenes de Fernando Suárez.

Esto es lo primero que hay que tener en cuenta para entender la trayectoria de ese personaje y contextualizarla, porque además su figura es muy interesante y explicativa de lo que son los problemas de la Universidad española actual y no solo por el plagio. De hecho el plagio es quizás lo menos interesante de su carrera. Insisto que deis un vistazo al enlace que os recomendé unos párrafos más atrás y os detengáis en escuchar el audio del comienzo. No tiene desperdicio la conversación que se da entre dos “intelectuales” de nuestro sistema académico la cual en realidad no desentonaría para nada en una reunión de la mafia siciliana si no fuese porque los mafiosos por lo menos de vez en cuando fingen respetar ciertos códigos de honor.

En ese sentido Fernando Suárez no solo ejemplifica el ordenamiento feudal y las vendettas políticas que carcomen la universidad en España, sino también el brutal nepotismo en el seno de la misma, sobre todo en los departamentos ligados a Humanidades y Ciencias Sociales. A fin de cuentas Fernandito no deja de ser un hijo de su padre, Luis Suárez Fernández, premio Nacional de Historia (entre otras cosas gracias a sus fuertes vínculos con la familia de Francisco Franco), quien (sorpresa) ya fue a su vez también rector, en su caso de la Universidad de Valladolid.

Como se trata de una saga familiar universitaria con orígenes asturianos a mí esta cuestión me toca muy de cerca porque yo también soy asturiano y he tenido el “privilegio” de observar de cerca y en primera persona el desempeño de otras poderosas sagas familiares universitarias vinculadas de alguna forma a esa región: caso de los Uría, los Ruíz de la Peña o los Alarcos. Por eso he decidido que hoy voy a hablaros un poco del problema de la educación en España, o al menos de algunos aspectos tangenciales al mismo que no suelen ser mencionados en los frecuentes debates al respecto. Debates donde se abordan en cambio cuestiones bastante trilladas, como el evidente problema que supone el continuo cambio de las leyes educativas en vigor respecto a la enseñanza Secundaria, el aumento del número de alumnos por clase, la reducción de las partidas presupuestarias dedicadas a educación, o los siempre polémicos datos del último informe PISA de turno (habitualmente malos en el caso español, sin que eso en sí mismo sea particularmente significativo). 

A mi juicio detenerse una y otra vez en esos puntos, así como temas lingüísticos relacionados con Cataluña y otras cuestiones similares, impide apreciar realmente la dimensión del problema al abordarlo siempre desde una perspectiva sectorial (se discuten por un lado los problemas en los colegios e institutos y por otro, de forma separada y con menor frecuencia, los problemas del mundo universitario) cuando en realidad el tan manido problema de la enseñanza en España es en realidad un todo indisoluble que se incuba en la educación Secundaria pero que luego se perpetua debido a los también tremendos problemas del sistema universitario español (a fin de cuentas no sirve de nada tener una excelente enseñanza Secundaria si luego las instituciones que deben recoger ese trabajo e insertar laboralmente en la sociedad a esos alumnos –es decir las universidades- están profundamente podridas hasta el tuétano).

Posteriormente todo el asunto se agrava aún más debido asimismo con la inexistente voluntad de los sucesivos gobiernos de España de dedicar esfuerzos y partidas presupuestarias importantes a la investigación (desaprovechando de esa forma las mejores mentes que el sistema universitario, no se sabe cómo, aún produce).

Y a todo lo anterior hay que añadirle asimismo, por un lado la incómoda realidad de un sistema económico que en nuestro país tiende a privilegiar sectores como el turismo, la construcción o la captación de rentas a través de la banca, dando lugar a un tejido empresarial que en su mayor parte no necesita en grandes cantidades (así como suena) personal altamente culto y cualificado (más bien precisa de mano de obra barata y sumisa sin muchas expectativas vitales). Y por otro lado hemos de considerar también los efectos en los estudiantes de una sociedad con unos horarios laborales delirantes debido a los cuales los padres cada vez pasan más horas fuera de casa explotados en sus trabajos de mierda o sus negocios precarios y donde, como consecuencia, los niños y adolescentes no reciben ni a través de la familia ni de los mass media (otro factor a añadir a todo esto) refuerzo positivo alguno que inculque en sus cerebros la falsa pero muy conveniente idea de que el trabajo duro, el esfuerzo, la honradez y el estudio, resultan imprescindibles para triunfar en la vida o al menos otorgan una justa recompensa. A fin de cuentas cualquier adolescente no completamente retrasado que encienda su televisor o simplemente analice con un poco de detenimiento a sus ojerosos padres y profesores puede extraer la conclusión de que algo falla en el discurso buenrollista, vacío de contenido, que de vez en cuando les sueltan esas personas.

Porque lo cierto es que si bien es mejor tener estudios que no tenerlos hoy en día en España no está tan claro que eso suponga una ventaja decisiva en la vida o que recompense de forma diferencial el esfuerzo. En 2012 (que es el año en que he encontrado datos), en el conjunto de España la tasa de paro era del 25% y “solo” del 15% entre la población con educación superior. En este último caso un año después de haberse titulado, el 48% de los licenciados ocupaba un puesto de trabajo cuyo requisito específico era poseer un título universitario. Pero habría que aclarar qué tipo de puesto laboral. De hecho el 49% de los recién titulados tiene al año siguiente de acabar la carrera una base de cotización inferior a los 1.500 euros (algo que en nuestro país nos parece normal pero que no lo es). Y centrándome en las carreras de Humanidades (que es lo que conozco de primera mano) y en menor medida los estudios de Ciencias Sociales en general, el porcentaje de egresados que encuentra un trabajo relacionado con sus estudios es francamente reducido. Por norma ese tipo de licenciados acaban hallando trabajos de camarero, comercial, de ayudante en un negocio de la familia, o de cajera en un supermercado, ocupaciones que sirven para enmascarar las desastrosas estadísticas pero sin que esté completamente claro que ese acceso al mercado laboral se deba en alguna medida a tener estudios universitarios o no tenerlos. Incluso tales estudios pueden valorarse como una desventaja en algunos casos al retrasar durante muchos años, a veces una década, el ingreso en el mundo del trabajo para luego pasar a ocupar trabajos inseguros, mal pagados y poco cualificados, que se podrían haber cubierto igualmente sin haber invertido cinco, ocho o diez años y mucho dinero y esfuerzo en cursos, másteres y a veces infructuosos intentos de obtener una plaza de profesor mediante una oposición, tras lo cual esa persona de 28 o 30 años que ha vivido en una burbuja todo ese tiempo tiene que dar marcha atrás, resetearse, volver a estudiar un módulo de formación profesional o simplemente buscarse la vida madurando a marchas forzadas para encontrar una ocupación remunerada del tipo que sea.

Todo esto hace que ningún cambio de gobierno, de leyes educativas o de partidas presupuestarias, dotando de más o menos pizarras digitales o de ordenadores a los colegios, o aumentando el número de profesores, vaya a cambiar absolutamente ningún aspecto realmente decisivo de lo que es ahora mismo un desastre colectivo con unas potenciales consecuencias de futuro monstruosas y que por ello constituye quizás el principal problema al que se enfrenta España. A la altura del paro o el envejecimiento de la población y muy por encima de otras cuestiones que ocupan mucho más espacio en el debate colectivo a nivel de calle.

La originalidad del punto de vista que pretendo desgranar a continuación consiste en que voy a partir de una idea muy simple, pero un tanto inquietante: dado que resulta imposible que por algún misterio genético los niños españoles sean más tontos o tengan una mayor predisposición innata hacia la violencia o la vagancia que los niños de otros países de nuestro entorno, la esencia del problema del sistema educativo español estriba en su filosofía de fondo y sobre todo en la gente que lo gestiona.

Y en relación con lo anterior conviene recordar que el sistema educativo no está solo en manos de los políticos profesionales. Ellos pilotan el barco, sin duda en la dirección equivocada, pero les resultaría literalmente imposible hacerlo sin la colaboración o en todo caso la pasividad cómplice de los miles de profesores que, cual funcionarios alemanes de la época nazi durante los años del Holocausto, permiten que un sistema absurdo siga funcionando mientras, eso sí, despotrican del mismo en privado cada vez que tienen tiempo para tomarse un café al ser los primeros que conocen al detalle las sombras del mismo. Pero claro, esas personas también tienen facturas que pagar y por ello obedecen fielmente las directrices que les llegan, por muy absurdas y negativas que sean, salvo quizás en el caso de algunas honrosas pero insignificantes excepciones, los típicos héroes solitarios cuyo destino, una vez que la ilusión inicial va siendo sepultada poco a poco por la realidad, es una baja indefinida por depresión en torno a los 45 o 50 años. 

   Oposita que algo queda

Cuentan que en la España de los años 40 un pariente lejano le pidió trabajo al líder falangista Girón de Velasco. Tras proponerle éste ocupar la jefatura de una dirección general, una secretaría de Estado o algún otro puesto similar, el pariente, llevándose las manos a la cabeza, le contestó que aquello era demasiado para él, que todos esos cargos le venían muy grandes ya que apenas sabía leer y escribir, por lo que a continuación le preguntó si no tendría un puesto de oficinista, o de peón, o algo así. A lo cual Girón, impasible, le respondió: “para eso tienes que hacer oposiciones”.

Esa es una verdad que sigue siendo válida en la España actual. El caso es que pese a su evidente dureza muchos de los problemas del “sistema administrativo” (en general) en España comienzan por sus peculiares mecanismos de selección de personal que en el caso concreto de la enseñanza Secundaria consisten en un sistema de oposiciones subdividido a su vez en una amalgama de taifas autonómicas en cada una de las cuales operan criterios de puntuación y selección de profesores aparentemente similares pero sibilinamente diferenciados y que se orientan, entre otras cosas, a favorecer a los opositores “locales” frente a los de “fuera”.

Hay comunidades donde el examen es corregido directamente por escrito, otras donde se redacta pero luego el opositor es llamado a “leerlo” delante del tribunal. Comunidades donde la parte práctica puntúa un poco más o se dispone de media hora más para desarrollarla, otras donde puntúa un poco menos... Y así otras docenas de pequeños detalles. A partir de ellos se introduce un elemento azaroso y subjetivo que posee una importancia exponencial en el acceso a la función pública en general, muy especialmente en el acceso a una plaza de profesorado, y aún más en disciplinas tan difíciles de evaluar como la enseñanza de Arte, Historia, Geografía, Literatura o Filosofía, campos donde los evaluadores pueden suspender a un opositor simplemente porque tienen una opinión distinta sobre cuál es la respuesta correcta a una pregunta, o les molesta ideológicamente la visión que el opositor tiene acerca de un determinado tema. 

Esto es difícil de comprender para las personas que no hayan pasado por ello pero actualmente la obtención de una plaza fija de profesor en Secundaria depende de un mecanismo cuya justica se parece mucho a la de la lotería de Navidad en la medida en que lo que dictamina el resultado del proceso va a ser en gran parte la suerte del opositor de turno durante los sucesivos sorteos de “bolas”.

De tal forma para obtener una plaza de profesor es necesario acertar en primer lugar con la decisión de presentarse en una Comunidad Autónoma en un año en que esta convoque abundantes plazas (porque no existe nada parecido a una oposición única para todo el territorio del Estado), luego en relación con el apellido se te asignará aleatoriamente un tribunal y un orden dentro del mismo. Si por una mala casualidad el opositor debido a su apellido cae en un “mal” tribunal, dirigido por varios miembros particularmente duros o desganados (quizás porque han sido obligados a formar parte del mismo y no quieren estar allí) obtener una plaza ya se hace muy complicado.

Luego importa muchísimo la suerte en el sorteo de temas. Si no sale entre los tres o cinco sorteados uno de los que dominas, o al menos un tema en el que es posible “lucirse”, tus posibilidades son nulas. Esto es así sobre todo en Comunidades donde no se hace un único sorteo para todos los tribunales sino que se hace un sorteo independiente para cada tribunal, porque en este último caso el opositor de turno se enfrenta a unos temas aburridos y/o complicados mientras en la sala de al lado o de encima hay otras cien personas examinándose de temas distintos, más fáciles para ellos o más atractivos para las personas que corrigen y que, por consiguiente y por pura lógica, van a derivar en que esos opositores lleguen a la siguiente parte de la oposición con mejor nota.

Si además el opositor de turno se encuentra en una Comunidad donde el examen se “lee”, en función del día y la hora que por azar le sea asignada sus posibilidades de nuevo crecen o disminuyen. A fin de cuentas si en un determinado tribunal que ha de corregir a cien opositores (y del que por pura lógica solo las ocho o diez mejores notas van a tener posibilidades de trabajar) eres llamado a leer digamos el número 72 un jueves por la mañana antes de “la hora de una pausa para el café”, o el número 95 un viernes por la tarde a la hora de la siesta, tus posibilidades disminuyen de forma exponencial independientemente de que tus conocimientos sean extensos y todas tus respuestas correctas porque a esas alturas "todo el pescado está vendido" y además los miembros del tribunal están agotados y no prestan apenas atención a la hora de evaluar.

Y todavía no he hablado del sorteo de bolas para decidir qué Unidad Didáctica de una programación se defenderá ante el tribunal en la siguiente fase de la oposición. La cual cuenta de nuevo con un potente elemento subjetivo pues, más allá de los supuestos criterios "objetivos" de calificación que se esgrimen, en buena medida la nota en esa parte deriva de caerle “bien” o mal a las cinco personas que te van a puntuar.

Todo ello para desembocar luego en una delirante fase de méritos donde se suman puntos por las más variadas cuestiones y donde según la Comunidad y la convocatoria se pueden valorar muchísimas cosas contando más, menos, o incluso nada, la experiencia docente en colegios privados, como becario de Universidades, los premios recibidos, las calificaciones universitarias, los doctorados, los másteres, cursos de diverso tipo, el conocimiento de idiomas y muchos otros posibles criterios que como digo van variando en el tiempo y el espacio según qué año y en qué Comunidad Autónoma te presentes.

El resultado de lo anterior es que salvo casos afortunados lo más habitual es que el profesor de Secundaria tipo en España sea el producto, en primer lugar, de largos años de estudio en la Universidad, no solo para obtener una Licenciatura sino también luego el obligatorio Master de profesorado. El cual, por cierto, es público y notorio para todo el que haya pasado por el mismo que no sirve para nada ni tiene la más mínima relación con la realidad educativa de campo en España, ya que en muchos casos lo imparten profesores universitarios que nunca han trabajado con niños, siguiendo a su vez las teorías abstractas de pedagogos extranjeros que sí han trabajado con niños pero hace décadas o en sistemas educativos distintos al español.

Luego quizás el futuro profesor de Secundaria curse un doctorado y una beca postdoctoral pero tras varios años dudando entre la pedagogía y la carrera investigadora resulte que al final por variadas razones (básicamente porque no encuentre un sitio en la Universidad) decida entrar en el maravilloso mundo de las oposiciones de profesorado. Tras lo cual descubre que le será necesario estudiar casi de cero, durante uno o dos años más, el temario de su disciplina pues el mismo no tiene relación alguna con lo que se estudia en la Universidad y sí con lo que se enseña teóricamente en Secundaria (en realidad con lo que se enseñaba, por ejemplo actualmente las oposiciones para profesor de Historia, Arte o Geografía se realizan en base a un temario concebido en 1993 y hoy totalmente desfasado, promulgado cuando además existía para esos estudios una licenciatura universitaria común que hoy ya no existe).

Como además el mecanismo de las oposiciones presenta interesantes componentes aleatorios a los que antes hice mención, resulta que al opositor de turno le va a resultar casi imprescindible presentarse varias veces sucesivas a la oposición hasta que los astros se alineen y se tope con un sorteo de temas y un tribunal propicios para obtener una buena nota. Esto, insisto, es casi independiente del nivel de conocimientos que se poseen. Obviamente si eres tonto por simple casualidad no apruebas una oposición de profesorado. Pero sabiendo mucho y siendo un genio necesitas además, obligatoriamente, un mínimo de suerte y que una serie de factores coincidan en tu favor de cara a obtener una plaza (además de poseer puntos por experiencia docente, la cual solo se obtiene trabajando de interino... tras aprobar una o dos veces previamente las oposiciones).

Teniendo en cuenta que en el mejor de los casos se convocará una oposición cada dos años (en el caso de disciplinas de Humanidades es posible que pasen el doble de años o más) resulta que para poder presentarse por segunda o tercera vez al proceso hagan ustedes la cuenta de los años de espera necesarios.

Así hasta que al final de esa rueda el Estado concede su anhelada plaza fija a una persona que por entonces ya ronda unos 35-45 años y que lleva en ese momento unos quince años de su vida estudiando muchas horas al día la mayor parte de las veces dedicadas a memorizar cosas que objetivamente no le van a servir nunca para nada (ni a él a título personal ni a sus futuros alumnos) porque se trata de datos desfasados o sin plasmación práctica en la materia que va a dedicarse a enseñar. Aunque, eso sí, al final de tanto esfuerzo absurdo esa persona tiene una plaza de la cual nadie puede desalojarlo aunque en adelante se dedique a rascarse la barriga. 

Y ahora hagamos un esfuerzo de introspección. Esa persona sagaz que inevitablemente tras recorrer todo ese proceso delirante tiene que haber perdido un poco de fe en el concepto del conocimiento como panacea y la educación como algo divertido. Esa persona que además ha terminado como opositor a profesor de Secundaria no siempre porque le encanten los adolescentes sino porque en ocasiones simplemente no obtuvo plaza en una Universidad o una salida salarialmente digna en la empresa privada. Bueno pues esa persona se supone que en adelante, tras la consecución de su plaza, ha de exhalar ilusión, alegría, amor por el estudio y por la enseñanza y convertir cada una de sus clases en una experiencia única y divertida, por supuesto preparándolas en su tiempo libre y por tanto quitando ese tiempo a su vida personal y familiar (la cual a esas alturas ya se habrá deteriorado un tanto debido a las exigencias de los últimos años de carrera, la tesis, el master o el estudio necesario en vistas a la oposición). Obviamente la realidad es que llegados a ese punto al profesor-tipo su cuerpo y su mente le piden más bien descansar por fin y emplear el relativamente sustancioso salario que va a obtener en planificar abundantes viajes con Ryanair para todos los puentes del año, despreocupándose entre ellos de cualquier otra cosa. 

                  

Pero es que además se supone que esa persona, ese futuro profesor ha de poseer carisma y una gran capacidad de hablar en público o de manejar emocionalmente a otras personas. Precisamente cosas que nadie le ha enseñado ni evaluado nunca. Y por último, para rizar el rizo, sería adecuado que cuando sus alumnos lo escuchen cantarles las bondades del estudio deberían notar que habla en serio, que es un triunfador, una persona exitosa, satisfecha de sus decisiones, que realmente está a gusto con su vida y con el camino lleno de mierda que le ha llevado hasta allí (en un país que valora bastante más a los futbolistas y los concursantes de Gran Hermano que a los profesores) y que además sinceramente cree que los contenidos que imparte a sus alumnos, en el seno del sistema socioeconómico español actual, resultan no solo útiles sino incluso imprescindibles para tener una vida adulta plena, feliz y exitosa.

Buena suerte con eso porque a mi juicio, salvo unas pocas excepciones, la persona que realmente se cree eso es tonta o fan de Paulo Coelho.

Como los párrafos anteriores pueden parecer el simple desahogo de un amargado, vamos a darles algo de consistencia.

Lo que intento exponer hablando de las lindezas del proceso de selección de profesorado de Humanidades para la Secundaria es un aspecto de un problema más general ligado al propio sistema de oposiciones de acceso a la función pública en España en su conjunto. El cual no está orientado a escoger personas que luego vayan a desempeñar bien su función sino que escoge a gente con buenas capacidades memorísticas aplicadas al estudio de un temario que en general tiene poco que ver con la realidad del futuro trabajo para el que se oposita. Por tanto de ahí se deriva que el sistema para escoger al profesorado de enseñanza Secundaria en España se basa en analizar en los candidatos destrezas y conocimientos que en muchos casos no tienen relación con la función que luego van a desempeñar. Y por ello nuestro sistema de oposiciones, contra lo que mucha gente piensa, no es para nada un modelo universal, en realidad no tiene demasiado que ver con los mecanismos seguidos en otros países del mundo de cara a la contratación de personal para el aparato del Estado. De lo anterior se deduce que debates como el de la hipotética aplicación del “modelo educativo finlandés” en España resultan absurdos porque no basta para ello cambiar los contenidos evaluables, las prácticas educativas, o la dotación de recursos de los centros de estudio, sino (sobre todo) la forma en que se escoge al personal encargado de llevar a cabo la educación de los estudiantes. Ya que ese procedimiento en España es simple y llanamente delirante y no sirve para seleccionar de forma eficiente y rápida a buenos profesores jóvenes e ilusionados. 

Por el contrario en España el sistema de oposiciones actual es un sistema que demanda varios años dedicados exclusivamente a preparar la oposición una vez terminados los estudios digamos “oficiales”. E incluso después el sistema de oposiciones en España de modo general casi exige presentarse varias veces a la oposición hasta que se conocen los complicados entresijos de la misma y se alinean unas serie de factores ya que, insisto, el sistema es muy poco meritocrático al ponderar en exceso componentes subjetivos y aleatorios.

Pero esto no lo digo solo yo. En España la persona que mejor ha estudiado la cuestión de la aleatoridad y subjetividad de los tribunales de oposición es quizás Manuel Bagüés. Del cual podéis consultar en especial este demoledor artículo. Y también tenéis abundantes datos en su página web. Es cierto que él ha estudiado de modo general los mecanismos del proceso opositor en España, pero no se ha centrado específicamente en la contratación de profesorado. No obstante lo que me interesa resaltar es que las peculiaridades y problemas generales del sistema afectan también los mecanismos concretos relativos a la selección de profesorado en la medida en que, al margen de todo lo comentado, por ejemplo las oposiciones de ese tipo en España ni son anónimas, ni cuentan con órganos independientes de supervisión del proceso de evaluación.

Se trata además de un sistema que ni siquiera garantiza la igualdad de oportunidades ya que cada vez en mayor medida se exige a los candidatos una importante solvencia económica para afrontar esos años de estudio, así como el pago del inevitable Master de Profesorado y luego de una serie de “cursos” que otorgan bonus y puntos para la oposición (cursillos que no sirven nunca para nada y que normalmente son impartidos por academias y sindicatos como forma de extraer plusvalías de los opositores a través de ese pequeño nicho de corrupción tangencial a las oposiciones en sí mismas).

Algunas propuestas en el sentido de limitar o mejorar esto. Aquí.

Y todo esto que he comentado no es sino el obstáculo de fondo para una realidad educativa a nivel de escuelas e institutos donde luego los problemas estructurales son muchos más. Empezando por la influencia que una institución medieval como la Iglesia aún mantiene en la educación (no solo por la presencia de la asignatura de religión sino a través de muchos colegios privados y concertados), hasta la que ostenta ANELE un poderoso lobby formado por las principales editoriales del país (Santillana, vinculada al grupo PRISA, o Anaya, entre otras), interesado en imponer el uso de sus materiales por parte del sistema.  

   Tierra de mandarines

Pero si ese es el sombrío panorama de la educación Secundaria, falta aún por describir el tétrico decorado que envuelve la posterior enseñanza universitaria en España.

Un sistema que en primer lugar está totalmente podrido, una vez más, debido antes que nada al pésimo sistema de contratación de profesorado. Podrido por los amiguismos, los chanchullos y la contratación de parientes o discípulos y el bloqueo sistemático de los “venidos de fuera” o de personas que piensan distinto de la línea oficial mantenida en cada Área y de modo más general en cada Departamento universitario. Según datos del año 2006, en el 95% de los casos el docente que ganó una plaza para enseñar en una Universidad española ya trabajaba en el centro donde logró un puesto fijo; y el 70% de ellos no tuvo ningún contrincante en la convocatoria de selección “abierta” (es habitual que las concursos públicos para cubrir una plaza sean auténticas emboscadas pensadas para mantener las apariencias, mientras que la realidad es que prácticamente toda plaza de profesor que se oferta nace “reservada” para alguien, normalmente debido a su amistad, parentesco o pacto de lealtad y fidelidad inquebrantable firmado con sangre ante el director de tesis de turno). De hecho en el curso 2013/2014 el porcentaje del cuerpo docente de la universidad pública que había estudiado en el mismo centro en el que luego fue contratado seguía ascendiendo a un 73% cuando en las universidades punteras de países avanzados ese porcentaje no suele superar el 10%.

La Universidad española es una de las más endogámicas y, por tanto, de las más corruptas y poco meritocráticas de toda la UE. Y no solo por el método directo de contratación de sus profesores sino porque todo el “sistema” hasta llegar a ese momento está pensado para que sea así.

Por ejemplo para poder acceder a las plazas universitarias primero has de pasar por una etapa de investigador. Y hasta para eso el propio sistema no es realmente meritocrático aunque por supuesto lo disimula muy bien al tener las partidas de becas como eje. Pero en los criterios de selección para las mismas no es el expediente académico del solicitante o el interés de su proyecto de investigación lo decisivo sino que son el currículum de su director de tesis (el cual tiene la potestad para escoger a dedo a qué persona patrocina y a cual no) o el “historial científico de los últimos cinco años del grupo investigador receptor” los criterios realmente decisivos. Eso al margen de diversos apartados bastante oscuros y de calificación libre dentro del proceso. Sobre estos aspectos consultar por ejemplo “Becas FPU y carrera docente universitaria: vestigios de un sistema feudal” de Vicente Soto Lozano, en Cuadernos Críticos del Derecho, año 2007.

Otro dato a considerar es el tradicional “mamoneo” en las calificaciones de los trabajos de investigación. Por ejemplo de las 379 tesis leídas en 2009 en la Universidad de Granada, 366 fueron calificadas sobresaliente cum laude. Sin duda una tierra de genios de no ser porque, como digo, lo anterior es práctica frecuente en todo tipo de universidades en España donde no solo la mayoría de las contrataciones están pactadas de antemano sino también las notas de los trabajos de investigación de las personas que luego con el tiempo gracias a ellos acabarán siendo contratadas.

A esto hay que unir el envejecimiento del profesorado. En las universidades españolas dos tercios de los funcionarios docentes tiene más de cincuenta años, con una edad media de los catedráticos de cincuenta y ocho. Como consecuencia la realidad es que la investigación y la docencia de élite en España están en manos de gente bastante vieja, carca y en general en declive.

Por eso no extraña a nadie que históricamente muy pocas universidades españolas hayan logrado aparecer alguna vez entre las mejor valoradas según las clasificaciones internacionales más reconocidas dentro del mundo especializado. Tal es así que resultan muy escasas las que han conseguido figurar alguna vez entre las 200 mejor valoradas por el ranking que periódicamente elabora la Universidad Jiao Tong de Shanghái o entre las 400 reconocidas por la publicación británica Times Higher Education. De hecho hace un par de años en el primer ranking mundial de universidades elaborado por la propia Unión Europea no aparecía ningún campus español entre los cien con mayor impacto investigador en el mundo. Hasta tal punto que la OCDE manifestó hace un par de años su preocupación por el bajo nivel de formación proporcionado por las universidades hispanas. 

En concreto España es el segundo país de Europa con menos universidades de prestigio en relación a su PIB. Todo un logro para un país con más de 80 universidades en funcionamiento (cincuenta de ellas sostenidas con dinero público).

Y claro, todo esto tiene sus consecuencias tangibles. España no ha tenido un premio Nobel científico desde hace más de un siglo si exceptuamos el caso de Severo Ochoa que trabajó en los EE.UU. Por comparación el Trinity College de Cambridge (que ni siquiera es una Universidad sino solo parte de una) ha producido por sí mismo treinta y dos en este tiempo. Otro dato: en 2010 el sistema universitario público español en su conjunto produjo 401 patentes, cuando hay profesores de instituciones como el MIT estadounidense que poseen en solitario más del doble registradas a su nombre.

Y aun así España es el sexto país más caro de la UE para estudiar un máster sólo por detrás del Reino Unido, Eslovenia, Irlanda, Hungría y Letonia.

Además en nuestro país la enseñanza universitaria no solo manifiesta problemas propios y peculiares sino que también refleja a gran escala problemas presentes en otros países. Por ejemplo las desastrosas consecuencias de la mentalidad basada en el “publica o muere”, aquí exacerbadas por nuestro peculiar modelo de organización feudal.

El “publica o muere” consiste en que desde hace tiempo a los profesores universitarios de todo el mundo se les evalúa y valora fundamentalmente en función de la cantidad de trabajos que logran publicar en las llamadas revistas de “alto impacto”. La consecuencia es que para el profesorado universitario pasa a ser una prioridad absoluta elaborar y publicar este tipo de artículos y todo lo demás se subordina a esa tarea. Se da a así la paradoja de que aquello por lo que teóricamente cobran, es decir impartir docencia y en definitiva formar a futuros profesionales de su campo de conocimiento, deja de tener valor e interés alguno. De hecho la tarea de enseñar pasa a ser para los profesionales universitarios una molestia que resta horas de cara a hacer lo que realmente les puede proporcionar prestigio: escribir artículos que casi nadie va a leer nunca.

Es así como, en mi campo particularmente, el intelectual crítico de antaño ha sido sustituido por el investigador hiperespecializado en alguna abstrusa cuestión que no sirve realmente para nada al resto de la sociedad y que dedica todo su tiempo y esfuerzo a publicar y publicar más y más páginas sobre dicha temática en revistas especializadas ignoradas fuera del propio colectivo académico. Los alumnos quedan excluidos de la ecuación y por ello se da la paradoja de que el profesor universitario que realmente dedique su tiempo a preparar sus clases y a preocuparse por sus alumnos se verá pronto excluido de las mejores promociones, ya que inevitablemente “publica poco”, cuando no acabará arrinconada por sus propios compañeros al generar en los alumnos unas lógicas expectativas que el resto de profesores no pueden, o más bien no quieren, cumplir.  

Esta enfermedad hace estragos especialmente dentro de la enseñanza de las Humanidades porque al menos en cuestiones de ciencia la hiperespecialización es buena y necesaria de cara a generar descubrimientos y patentes útiles, pero en el campo de las Humanidades el verdadero patrimonio ha sido siempre la formación de mentes con capacidad de relacionar información diversa a gran escala, de pensar en conjunto, de realizar diagnósticos globales, críticos, sobre la sociedad en que vivimos, y luego transmitir esa manera de pensar a cuanta más gente mejor. Debido a ello en el campo de las Humanidades y las Ciencias Sociales el burócrata ilustrado que se centra en imprimir páginas y páginas sobre cuestiones menores de cara a círculos muy reducidos de personas no tiene la menor utilidad social. Es un simple erudito, es decir un intelectual "capado". Podría decirse que en esos casos la sociedad en su conjunto lo que hace es nutrir un parásito cuando subvenciona el sueldo de este tipo de profesores en Universidades públicas, pues no solo su esfuerzo no aporta nada positivo al resto de la población, sino que genera resultados negativos al dedicarse a formar año tras año nuevas promociones de futuros parados sin perspectivas de futuro.

Además esa tendencia, como digo ahora mismo internacional, se ve agravada en España por nuestras peculiaridades propias, como es por ejemplo, y aquí regreso al comienzo de esta larga entrada, el estimular el plagio y las trampas de cara a minimizar el esfuerzo a la hora de producir los anhelados artículos con que sazonar el currículum de turno. Es ahí donde la red feudal que abarca prácticamente todo el sistema universitario patrio rinde sus beneficios en forma de hordas de becarios vasallos trabajando como negros literarios de sus señores con plaza fija con la vana esperanza de así acumular méritos para llegar a ser ellos a su vez promocionados un día a la categoría de señor feudal si se muestran suficientemente dóciles.

Todo esto posee sus causas digamos socioculturales y luego una dimensión legal en la medida en que nuestro sistema hace que en la cúspide de esos pequeños señoríos feudales los rectores no respondan ante los ciudadanos que son los que realmente sufragan mediante sus impuestos la mayor parte del presupuesto de las universidades (públicas), es decir son quienes pagan los sueldos de los profesores y en ocasiones sus delirios investigadores. Y tampoco depende realmente ningún rector de quienes, con el pago de tasas de matrícula, cubren el resto de dicho presupuesto, es decir de los estudiantes.

En realidad cada rector depende  en esencia del resto del personal docente de cada universidad con el que suele establecer un gran pacto clientelar basado en satisfacer las necesidades personales de esos profesionales a cambio de sus votos. Algo que puede acabar desembocando en líneas de actuación totalmente al margen de los intereses de los propios estudiantes, de la sociedad, o de la promoción del conocimiento en sí misma.

Hablamos de un sistema feudal en el que los intereses de los campesinos no cuentan, solo los del señor y sus vasallos. Y no existen mecanismos de control o represalia por parte de ningún poder externo a la cúspide de esas burbujas autónomas dentro del sistema educativo estatal. Las universidades públicas se convierten así en una aspiradora de dinero y subvenciones en favor de una casta académica (unida por vínculos familiares o de lealtad) que no tiene obligación alguna de devolver al resto de la sociedad esa inversión colectiva bajo forma alguna. En realidad todo ese flujo de capital se deriva hacia la única tarea que interesa a los profesionales universitarios: estudiar las cosas que a ellos les gustan (aunque no sirvan para nada) y de paso agrandar su currículum de la forma que sea. El medio convertido en un fin en sí mismo y los intelectuales convertidos en hormigas dedicadas a construir superestructuras de papel cuya utilidad nadie conoce, pero que tampoco nadie se para a preguntar.

El resultado final de todos estos males, empezando por la endogamia y el nepotismo, hasta llegar a la desconexión absoluta de muchas Facultades (particularmente dedicadas a la enseñanza de Humanidades) respecto a los intereses del resto de la sociedad, y más en concreto las tendencias y necesidades del tejido empresarial, es desgraciadamente la corrupción.

Y de ahí todo lo demás. En el momento en que parte de los mejores y más cultos pensadores disponibles para una sociedad, en este caso la española, pasan años revolcándose en el amiguismo, las conspiraciones, los pequeños chanchullos (tú me invitas a tu congreso y así cobro dietas a cargo de mi Universidad y luego yo te invito al mío y cobras las dietas tú, etc.) y la servidumbre (tú vienes a la lectura de tesis de mi becario y le pones la máxima nota y luego cuando llegue el momento yo voy como tribunal a la del tuyo y hago lo mismo) el resultado no puede ser otro que la putrefacción de los valores, de la ética colectiva y, en última instancia, el olvido de todo proyecto de mejorar la sociedad para pasar a concentrarse en objetivos menores y más tangibles como llenarse los bolsillos o simplemente ir tirando y no complicarse la vida.

Es en parte debido a ello como se explica, por ejemplo, la proliferación en los últimos años de másteres y cursos de postgrado dedicados a materias como la Homeopatía impartidos en universidades supuestamente serias (desde la U. Francisco de Vitoria, a la de Zaragoza, pasando por la Universidad Internacional de La Rioja, la Universidad Jaume I o incluso la UNED). Y también se explica así que la “libertad de cátedra” se use en muchas universidades españolas para el lavado de cerebro de los alumnos y la pura propaganda ideológica. Observad este impagable vídeo de una clase, precisamente en la Universidad Rey Juan Carlos regida por el eximio Fernando Suárez, donde un profesor explica a sus alumnos cómo la próspera “economía liberal de mercado” del Imperio romano se derrumbó como consecuencia “del socialismo”, evitando con ello que “el hombre llegase a la Luna en el año 800”.

                   

Resulta que estáis pagando estas cosas con vuestros impuestos y con el dinero que dais a vuestros hijos para que estudien.

En la media en que el sistema feudal universitario conlleva que son los profesores de cada Área académica los que tienen la voz cantante a la hora de elegir al nuevo personal, la endogamia familiar y también intelectual se impone y en cada Universidad e instituto de investigación se forman así verdaderas sectas del pensamiento dedicadas a perpetuar su propaganda entre el alumnado y a expulsar sistemáticamente de sus dominios señoriales a todo investigador que no comulgue con sus ideas. No resulta extraño por tanto que buena parte del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en España sea conocido por estar controlado por personas próximas al Opus Dei, igual que la Universidad de Navarra, por cierto. Mientras que ESADE y Deusto mantienen vínculos con la Compañia de Jesús. Informaos también un poco de la nauseabunda trastienda de la celebérrima UCAM murciana, famosa de un tiempo a esta parte por su refulgente programa deportivo. En definitiva la Universidad, supuestamente el lugar de trabajo de los mejores intelectuales de un país, convertida en reducto corrupto y conservador y nido de una casta dedicada a succionar recursos al resto de la sociedad, como ya lo son en España la Iglesia, el Ejército, los sindicatos o los grandes partidos políticos y muchas otras instituciones y organizaciones españolas que supuestamente deberían velar por el bien y el progreso colectivo pero que se están pudriendo desde dentro al desviarse de su fin original para limitarse a velar por sus propios intereses.

A mi juicio ese es el problema central del asunto y por ello todo debate que se pueda organizar en torno a la próxima ley educativa de Secundaria o la dotación presupuestaria para tal o cual colegio o instituto de investigación no sirve para nada en tanto que existe un problema de corrupción central en todo el sistema. Un problema tan grande que impide que cualquier transformación epidérmica y coyuntural que se decida llevar a cabo sobre una parte del todo funcione ya que la realidad profunda es que las personas encargadas de administrar con éxito esa medicina están en su mayoría profundamente desmotivadas, humilladas, cansadas, jodidas o directamente no tienen interés en cambiar las cosas porque no les conviene.

Y así, hasta que no se haga limpieza ahí dentro, pues no se puede hacer nada. Y da la casualidad de que hoy en día en España ni existen iniciativas en ese sentido por parte de la propia comunidad de profesores y académicos, ni los grandes partidos políticos de antaño proponen nada verdaderamente radical al respecto (faltaría más), ni tampoco lo hacen los nuevos partidos “del cambio”, las élites de uno de los cuales han salido en su mayoría precisamente de una de las múltiples pocilgas de sectarismo universitario existentes en España. Refugio en el que crecieron y se desarrollaron en paz durante años, previsiblemente porque supieron amoldarse muy bien a lo que se estila en esos lugares. 

   Feliz Navidad y próspero año nuevo. Recordad que, después de todo, hay método en mi locura

                       

miércoles, 21 de diciembre de 2016

La conjura de los rancios


La nación es una sociedad unida por ilusiones sobre sus ancestros y el odio común a sus vecinos.

William Ralph Inge




Hoy voy a permitirme una pequeña digresión y con ello posponer nuevamente por algunas semanas la prometida segunda parte del artículo que subí hace poco sobre el colapso de las últimas grandes civilizaciones precolombinas a manos de tropas hispanas durante el s. XVI. 

El caso es que en relación con dicha entrada me llegó por correo una recomendación concreta muy interesante sugiriéndome usar algunos cuadros de Augusto Ferrer Dalmau para ilustrar con más imágenes el texto que colgué en mi blog. No sé si conocéis a dicho pintor español, muy en boga en ciertos círculos en la actualidad, gran amigo de Arturo Pérez Reverte y especialista en pintura de tipo historicista y más en concreto de tinte “militarista”. Aunque supongo que una búsqueda en Google despejará vuestras dudas.

Pues bien, tras mucho pensarlo he decidido dedicar la entrada de hoy a despotricar sobre una de mis obsesiones perennes: la presencia subyacente de ideología en el arte.

Voy a empezar mi razonamiento por una obviedad. Dada la fuerte relación entre historia y nacionalismo existe asimismo una importante relación entre historia y política. Y en ese sentido existe un discurso histórico más conservador o “de derechas” y otro más progresista o “de izquierdas” (sin que necesariamente se deba entender como siempre peyorativo lo primero y positivo lo segundo; aunque yo personalmente sí suelo hacerlo). Lo que es más, de cara a articular ese tipo de discursos no resulta siquiera necesario mentir o desviarse de la verdad. En realidad el secreto reside en la elección precisa de los temas a tratar, de un determinado tipo de enfoque, de unos períodos concretos o de unos personajes determinados como centro del relato. Solo con eso ya es suficiente.

A saber, el discurso histórico “de derechas” siempre ha puesto más énfasis en el individuo aislado, así como en las grandes batallas y por consiguiente en valores como el patriotismo o el heroísmo. Por el contrario ese tipo de visión de pasado tradicionalmente ha experimentado mucho menos interés en narrar todo lo relacionado con grupos sociales de desposeídos en reivindicación de sus derechos. Para ese tipo de discurso histórico “de derechas” los soldados o los mártires religiosos cobran protagonismo frente a los científicos, los heterodoxos o los individuos que encabezan revueltas o revoluciones contra el orden establecido. Y en todo caso los movimientos colectivos a los que más atención se dedica consisten en la resistencia de la "nación" frente a la ocupación militar enemiga en épocas de invasiones por ejemplo. De tal forma para un discurso “de derechas” Julio César o Napoleón siempre van a ser más interesantes que Espartaco o Robespierre. Y una aproximación “de derechas” a, por ejemplo, el s. XIX español siempre va a reservar calificativos generosos para grupos como los carlistas o los militares que combatieron en Marruecos, Cuba o Filipinas, así como personajes del estilo de Agustina de Aragón, mientras que por el contrario una aproximación “de izquierdas” al mismo período histórico encontrará mucho más interesantes a los afrancesados, a mujeres como Mariana Pineda, o los militares liberales que realizaron intentos de pronunciamientos militares contra la Corona. En líneas más generales una aproximación “de derechas” a la Historia de España dedicará más espacio en la narración a la Edad Moderna y más en concreto al s. XVI, la conquista de América y las victorias de los tercios, mientras que una “de izquierdas” hablará en todo caso de la Inquisición, la expulsión de judíos y moriscos de la Península y en último término más que dedicar espacio a ese período histórico reservará en cambio páginas para hablar de otros temas como la IIª República y la Guerra Civil. 

Es un hecho que el lector “de derechas” está más interesado en valores como orden, ley, patria, familia, dios o nación, en el “rey” Pelayo, el Cid o el Gran Capitán, mientras que el individuo de izquierdas tiende a interesarse por la (más bien imaginaria pero políticamente correcta) convivencia de culturas en la Castilla medieval, los conflictos entre clases sociales, la evolución de la desigualdad económica a lo largo del tiempo, las grandes revoluciones, la proclamación de Constituciones, así como personajes del estilo del coronel Riego, o grupos como los comuneros, todo ello antes que por historias sobre los soberanos de turno.

Y si existe un discurso histórico “de derechas” (igual que uno "de izquierdas") existe también un arte “de derechas”. De hecho la mayor parte del arte a lo largo de la historia (salvo excepciones concentradas sobre todo en los siglos XIX y XX) ha sido por definición “de derechas”, es decir en esencia conservador, al darse frecuentemente al servicio de los gustos del poder establecido y de las clases más favorecidas. A fin de cuentas eran ellas las únicas que podían ejercer de mecenas para ese tipo de productos de lujo y por tanto superfluos. Desde el antiguo Egipto hasta la época del Neoclásico, pasando por el arte Románico por ejemplo, la mayor parte de los mejores artistas de todos los tiempos se limitaron a plasmar la visión del mundo y recrear los gustos estéticos de los grupos más favorecidos. No puede decirse en ese sentido que el arte romano, el Gótico o el Barroco... tuviesen mucho de subversivo, a fin de cuentas el arte ha sido básicamente un medio de propaganda dominado por los más poderosos durante la mayor parte de la historia.

Como esta es una idea creo que muy sencilla de entender, no voy a extenderme mucho más en ello.

Dicho esto, dentro del mundo del arte en general hoy quiero centrar (una vez más) vuestra mirada en el mundo de la pintura. Y dentro de la pintura en un género preciso, el de la pintura contemporánea realista, sobre todo la procedente del s. XIX. 

Dentro de ese tipo de pintura inevitablemente podemos citar artistas que reflejaron en su trabajo puntos de vista “progresistas”/"críticos" y otros que por el contrario dedicaron toda su vida a plasmar postulados eminentemente conservadores. Obviamente los primeros fueron minoría: gente como Giuseppe Pellizza (1868-1907) o Jean Francois Millet (1814-1875), mientras que en el caso español quizás podríamos considerar parte de la obra de Antonio Gisbert (1834-1901) o la de Ramón Casas (1866-1932).




Lo habitual en cambio es que la pintura decimonónica académica se volcase sobre todo en el retrato de personalidades de la élite social, en temáticas evasivas (de tipo paisajístico, o simples desnudos), o bien pusiera sus miras en el área que me interesa, la representación directamente historicista centrada en "héroes de la patria" y grandes batallas. 


Dicho subgénero, en el cual me voy a concentrar a continuación, prácticamente siempre se desarrolló al servicio del pensamiento nacionalista propio del período. Esto ya es muy claro al analizar la gran escuela francesa de mediados y finales del s. XIX encabezada sucesivamente por Horace Vernet (1789-1863), Alphonse de Neuville (1835-1885), Ernest Meissonier (1815-1891) y Edouard Detaille (1848-1912), todos los cuales se dedicaron a recrear, a veces con bastantes décadas de retraso y muy evidentes suspiros de nostalgia, las grandes batallas napoleónicas y en general cualquier combate violento en el que fuese verosímil pintar cargas de caballería, bonitos uniformes y banderas ondeando al viento.  


  

A partir de ese núcleo, en un momento en que Francia era el centro cultural de referencia en el mundo occidental, dicho tipo de pintura se expandió por múltiples países. Por ejemplo hacia la cercana Bélgica de la mano de Nicaise de Keyser (1813-1887). Por supuesto en Alemania hizo furor ese tipo de pintura, representada por artistas como Wilhelm Camphausen (1818-1885), Emil Johannes Hünten (1827-1902) y sobre todo Carl Röchling (1855-1920) y Ernst Zimmer (1864-1924), los cuales se dedicaron a representar en sus cuadros las batallas de Federico el Grande o el general Moltke, todo ello en un contexto de evidente exaltación nacionalista y militarista en toda Alemania, el cual culminó con la entusiasta participación alemana en la I Guerra Mundial.
  





También, por supuesto, este tipo de pintura gozó de gran predicamento en el Este de Europa. En Rusia en concreto destacó sobre todo el ucraniano Franz Oleksiyovych Roubaudy (1856-1928), más conocido como “Francoise Roubaud”, famoso por dos inmensas pinturas de la batalla de Borodino y del asedio de Sebastopol (esta última de apenas 115 metros de largo). 

Y, cómo no, en Inglaterra el movimiento también tuvo sus representantes. A destacar en el caso inglés la obra de Ernest Crofts  (1847-1911) y la curiosa presencia de una mujer, Lady Elizabeth Thompson (1846-1933).



En general encontramos este tipo de pintores en casi todos los países occidentales del período, desde España (figuras como el catalán Josep Cusachs) hasta los EE.UU. (por ejemplo artistas como Edward Percy Moran). Era lógico, hablamos de un momento clave en la “invención de la tradición” para muchos Estados-nación y también un momento de auge del imperialismo expansionista.

Ahora bien, dado que el nacionalismo no es patrimonio del s. XIX lo interesante es que este tipo de pintura de tipo realista y trasfondo histórico-nacionalista "de derechas", muy centrada en la recreación de uniformes y armas del pasado y ya de paso en la exaltación de la conquista militar, la virilidad, el valor, o el patriotismo, resulta que sigue existiendo hoy en día. De hecho es un subgénero poco conocido pero que goza de un excelente mercado y de muchos admiradores, por lo cual tiene exponentes como el estadounidense Don Troiani. 






O en el caso español Augusto Ferrer Dalmau.

A continuación os invito a que busquéis en Internet sus obras. Y acto seguido os fijéis lo mucho que parece agradar a Augusto el pintar batallones carlistas (esas personas tan simpáticas que lucharon hasta el final durante casi todo el s. XIX por mantener en España un régimen político antidemocrático basado en valores cuasifeudales), Guardias Civiles, militares del ejército colonial de ocupación de Marruecos, soldados de la División Azul y soldados de los tercios.

Luego, recordando que al final cuando uno escoge priorizar determinados períodos de la historia, o determinados enfoques y personajes dentro de la misma, por el mero hecho de elegir entre varias posibilidades ya está aportando información, os propongo que analicéis someramente cual es la ideología política y, más allá de ella, la visión de la historia que subyace tras la obra del artista en cuestión. Así como tras los libros, manuales y revistas que usan profusamente sus imágenes como ilustraciones. 

Y eso es todo por hoy. Por supuesto también yo mismo y este blog, después de centenar y medio de entradas, somos susceptibles de ser psicoanalizados en función de dichos criterios.