viernes, 6 de mayo de 2016

Como lágrimas en la lluvia


- Estoy en una misión de civilizar. Soy Don Quijote.
- No, ¡yo soy Don Quijote¡.
- ¿Has leído siquiera el “Don Quijote”?
- En el francés original.
- Fue escrito en español.
- No mi copia. ¿Debería haberlo leído en español?.
- Deberías haberlo leído en inglés.

(“The Newsroom”, cuarto episodio de la primera temporada) 


                   
    

Hoy, en la línea de lo que ya intenté en otra entrada anterior, voy a seguir planteando de forma matizadamente provocadora algunas cuestiones acerca de la forma en que intentamos recuperar o interpretar el pasado y los problemas de tipo teórico que eso nos plantea. Dividiré la entrada en tres partes que podéis leer prácticamente por separado ya que cada una de ellas desarrolla una idea distinta o un juego de ellas siempre en torno a esa temática general a la que he aludido.

I. Jedis y dragones.

Reign of fire, en España titulada El imperio del fuego es una película del año 2002 protagonizada por Christian Bale, Gerard Butler y Matthew McConaughey cuando aún no eran las grandes estrellas del celuloide que son hoy en día (bueno, Gerard Butler no tanto, pero admitamos que hubo en tiempo en que estuvo a punto de serlo).

La premisa de dicho film consiste en imaginar un escenario apocalíptico posterior a que el mundo del presente haya sido arrasado no por la típica guerra nuclear, o un holocausto zombie de toda la vida, sino por dragones, esos bichos con alas y parecidos a empresarios españoles. Puede que tal idea parezca un tanto estúpida pero al fin y al cabo no estoy hablando de ninguna obra maestra. No obstante la película contiene una escena que en su día me pareció muy interesante. Os cuento. En el mundo descrito en el film los escasos supervivientes de una humanidad al borde de la extinción se agrupan en precarios refugios. La tecnología, las leyes, el sistema económico, las infraestructuras, los sistemas educativos… todo ha colapsado y lo único que restan son ruinas calcinadas y páramos desolados. Vamos, lo habitual en este tipo de planteamientos de ciencia ficción.

El caso es que en un determinado momento se nos muestra como los líderes de una de las últimas comunidades de humanos realizan en una antigua capilla habilitada como refugio una representación ante los más jóvenes del grupo, los que no conocen nada de cómo era la Humanidad antes del desastre, con el objetivo de entretenerlos, educarlos y de paso perpetuar en ellos las tradiciones de la cultura humana. Pero lo que se escenifica ante los ojos fascinados de las futuras generaciones no es ningún capítulo de alguna sesuda obra filosófica o educativa, ni de famosas novelas de Joyce, Faulkner o Proust, sino una versión de la escena de Star Wars en que Darth Vader le rebela a Luke que él es su padre.

Una idea en cierta forma semejante ya aparecía en Sleeper (en España titulada “El dormilón”) una vieja comedia de Woody Allen en la que cuadros y composiciones musicales un tanto kitsch pero en todo caso populares en los años 50 y 60 del s. XX pasaban a ser valoradas como expresiones supremas del arte y del intelecto doscientos años después.

Lo anterior parece una tontería, pero deberíamos preguntarnos en qué medida estas dinámicas ocurren realmente.  

Los productos de la cultura humana son a veces tan enrevesados que se prestan a ser interpretados de múltiples formas distintas incluso en algunos casos en que fueron concebidos sin pretender tal cosa. Por otro lado tenemos asumido que con el tiempo muchas expresiones de la cultura de élite pasan a "degradarse", hacerse populares y ser integradas en la cultura popular. Pero en cambio no está igual de asumido que lo contrario también ocurre en ciertas ocasiones. Me surge así la pregunta de en qué medida obras del pasado concebidas inicialmente a lo mejor como meros entretenimientos sin más pretensiones, han sido sobreinterpretadas, sacralizadas, rodeadas de un halo de misterio y dotadas de un profundo significado por élites intelectuales de sociedades distintas a aquella en que la obra fue concebida y que por tanto, aunque siguen manteniendo viva la memoria de dicha obra, ya no pueden entender realmente sus premisas y su contexto originales.

¿Os imagináis un futuro lejano, dentro de doscientos o trescientos años en que se organicen sesudos simposiums internacionales de especialistas para analizar los libros de Juego de Tronos o la saga de Harry Potter como ejemplos del modo de pensamiento a comienzos del s. XXI, mientras George Lucas, Walt Disney, Stan Lee o Katshuhiro Otomo adquieren un sitio preferente en el currículum académico de nuestros descendientes parecido al que hoy puedan tener Shakespeare, Chaucer, Lope de Vega o Alejandro Dumas? Por un lado es algo para nada descartable mientras que por otro pensemos en lo desconcertante que resulta esa perspectiva desde la información que nosotros mismos tenemos en el presente.


A ese respecto debido al lógico deterioro producto del transcurso del tiempo, sumado a las restauraciones contemporáneas que han intentado disimularlo, muchos vestigios artísticos procedentes pasado en realidad ofrecen hoy en día una forma ante los ojos del espectador que no sabemos a ciencia cierta si responde con exactitud a la configuración real que poseían  dichas obras en origen.





Es así como algunas obras de arte de hace siglos acaban siendo alabadas en función de unos criterios y unas supuestas cualidades que tal vez sus autores originales hubiesen encontrado deplorables. Y al revés. En muchos casos es posible que de poder visualizar determinadas obras bajo su configuración original no entenderíamos demasiado bien qué es lo que veían en ellas sus creadores o los conciudadanos de los mismos.

   Como primer ejemplo de lo anterior se puede citar la pintura griega, una manifestación de su arte que conocemos fundamentalmente a través de la empleada para decorar cerámicas, expresión marginal de tal arte, apenas un pálido reflejo de lo que debió ser la gran pintura mural al fresco de la época. Esto es debido a varios factores, como que tras su conquista del mundo griego los romanos, grandes coleccionistas del arte helénico, adoptaron por costumbre el arrancar los trozos de pared en que se hallaban las mejores pinturas griegas para llevarse dichas obras a sus villas en Italia, razón por la cual la mayoría de las obras maestras de la auténtica pintura griega se han perdido debido al deterioro sufrido durante dicho proceso, o bien a incendios y saqueos posteriores ocurridos durante la caída del propio mundo romano. El resultado es que apenas han sobrevivido algunos restos muy desconocidos para el gran público procedentes de diversas tumbas de los siglos V y IV a.n.e. ubicadas en la Magna Grecia, es decir el Sur de la Península Itálica, a destacar la famosa "tumba del nadador", un sepulcro decorado hallado en las cercanías de la antigua Paestum.



   Y sobre todo el gran ejemplo de esto que vengo comentado es la estatuaria griega, que es conocida por el público actual en gran medida a través de copias romanas ya que los originales se perdieron, jamás hemos podido contemplarlos para juzgar. Por ejemplo no ha llegado hasta nosotros ninguna pieza que se pueda afirmar con seguridad que fue obra del famoso Praxíteles, todas las esculturas que en la actualidad figuran en los libros de texto o museos como muestras de su arte (entre ellas algunas tan famosas como la Afrodita de Cnido o el Apolo Sauróctono) son en realidad copias hechas por otros escultores. 

   En adición a lo anterior sabemos que buena parte de las estatuas salidas de los talleres de los grandes escultores griegos que conocemos poseían una coloración distinta a las que muestran hoy en día en los museos ya que fueron concebidas inicialmente no en mármol blanco sino como tallas de madera policromada o bronces abrillantados.

   Aunque este tipo de problemas son extensibles a otros estilos y épocas. Hace algunos años supimos que la famosa Loba Capitolina, que figuraba en múltiples manuales como ejemplo paradigmático de escultura etrusca, era en realidad una escultura medieval del s. IX, a la que se habían añadido a su vez las piezas de los gemelos Rómulo y Remo a finales del s. XV.

También se podría hablar largo y tendido de la cuestión del alabado “tenebrismo” de muchos pintores modernos, que en ciertos casos no es tal sino el producto de la decoloración de sus cuadros y la acumulación de suciedad sobre ellos con el paso del tiempo. Es lo que ocurrió en cierta forma con la mal llamada Ronda nocturna de Rembrandt, que al parecer no era nocturna y encima mostraba más personajes de las que se conocen al cuadro actual debido a que el lienzo fue recortado en sus extremos a comienzos del s. XVIII.




Algo parecido sucede con el Duelo a garrotazos también conocido como La riña de Goya. Un cuadro en el que aparentemente dos hombres luchan a garrotazos con las piernas enterradas en el barro o la tierra hasta las rodillas. 



Se atribuyeron todo tipo de explicaciones simbólicas a ese hecho en la línea de que sería una representación metafórica del inmovilismo de las “dos Españas” en secular enfrentamiento. Hasta la popular serie Curro Jiménez en su capítulo noveno (titulado “El destino de Antonio Navajo”) intentó recrear de forma “realista” ese tipo de lucha presentándolo como una costumbre de la época en que vivió Goya.



Todo ello hasta que estudios recientes han demostrado que Goya pinto a sus personajes de forma normal con las piernas libres sobre un suelo de hierba verde. Han sido el deterioro del cuadro y las posteriores restauraciones las causas de que se "perdiesen" la mitad de las extremidades inferiores. Esos daños produjeron la falsa impresión de que los duelistas estaban enterrados en medio de un paisaje tenebroso, desencadenando a su vez lo anterior una cadena de sesudas interpretaciones por parte de especialistas dando sentido a tal cosa. 

De hecho, debido a los efectos de siglos de humedad o del humo de las velas en las catedrales, la coloración de gran parte de las pinturas procedentes de épocas previas al Barroco y que han llegado hasta hoy probablemente no se ajusta a la que poseían en origen sin que esté totalmente claro tampoco que la que poseen en la actualidad, tras las consiguientes limpiezas y restauraciones, sea a ciencia cierta aquella con la que fueron concebidos tales cuadros. 








II. El catálogo de Aristófanes

Cuando la dinastía ptolemaica instaurada en Egipto tras la muerte de Alejandro Magno impulsó la creación de una gran institución cultural en Alejandría lo hizo en busca de prestigio y como una forma de promover la cultura griega en la región, lo que en último término redundaba en mayor legitimidad para su propio linaje (de origen griego).

La institución subsiguiente fue llamada Mouseion “Museo” por estar bajo la protección de las Musas y consistía en un centro de investigación y enseñanza, casi comparable a una Universidad actual, en el que residían importantes sabios del período, algunos de forma permanente y otros sólo hasta completar su aprendizaje.

Como no podía ser de otra forma ese Museo contaba con algo parecido a lo que nosotros llamamos “biblioteca”, formada en su caso por varias estancias donde se almacenaban múltiples volúmenes. Ahora bien cuando los griegos hablaban de “volúmenes” estos no eran tal y como nosotros entendemos ese concepto, ya que se referían a rollos de papiro. Cada uno de esos rollos equivalía a unas 60 o 70 páginas mecanografiadas actuales por lo que una obra o “libro” estaba compuesta en realidad de un número variable de esos rollos de papiro.

Podemos imaginar por tanto que a medida que la colección de obras en manos de esa institución crecía el espacio necesario para almacenar todos esos rollos también aumentó exponencialmente hasta el punto de que fue necesario habilitar un segundo lugar de almacenamiento de libros, una segunda biblioteca, en otro edificio separado de las estancias del Museo y ubicado en una parte distinta de la ciudad. Ese edificio fue el Serapeion, donde más bien se guardaban rollos consistentes en copias para consulta pública, a diferencia de la “biblioteca madre” que en principio solo estaba disponible para los sabios y estudiantes del Museo y contenía los originales y las copias de más valor.


   En cualquier caso el conjunto de ambas bibliotecas separadas pero relacionadas entre sí y en el fondo meros departamentos de una institución más amplia es lo que se conoce como la mítica “Biblioteca de Alejandría”. 

   Los fondos manejados por dicha institución llegaron a ser docenas de miles de obras de todas las temáticas y autores, fijadas por escrito en cientos de miles de rollos de papiro que a su vez se almacenaban en cestos, vasijas, armarios así como nichos y estantes habilitados en las paredes (y llamados bibliotheke; de ahí el nombre posterior que se generalizó para todo el conjunto) dispersos por varias habitaciones y almacenes.

Tal es así que llegado un punto los responsables del Museo se vieron enfrentados a la tarea de intentar organizar ese caos. Inicialmente se siguió el criterio que había implantado Aristóteles en su Lykeion dividiendo los fondos según materias o synodos. Pero claro pronto la cantidad de rollos que albergaba Alejandría superó con mucho los que alguna vez formaron parte del Liceo. De hecho en el año 287 a.n.e. un discípulo de Aristóteles llamado Neleo vendió en bloque a la propia institución alejandrina todos los libros acumulados en su día por su difunto maestro.

Debido a ello Zenódoto de Éfeso, el primer bibliotecario jefe de Alejandría, ayudado por el poeta Calímaco, quien luego sería su sucesor en el cargo, afrontó la tarea de intentar una catalogación más o menos minuciosa de los papiros en manos de su institución usando un nuevo enfoque. La idea parece que se le ocurrió a Calímaco el cual abogó por fijar en unas tablillas (llamadas Pinakes en griego) la primera bibliografía temática exhaustiva en la historia. En otras palabras se redactó un listado de autores en orden alfabético divididos por materias y junto a cada autor se enumeraban sus obras.

Sin embargo no era fácil mantener actualizada esa lista, los fondos no dejaban de crecer, superando poco después ya seguramente el medio millón de “volúmenes” y con ello en determinado momento el trabajo de catalogación rigurosa de cada nuevo paquete de obras adquiridas se volvió inabordable en un tiempo en que no se disponía de nada parecido a ordenadores o bases de datos. Es así como nuevos directores de la “Biblioteca”, en especial Aristófanes de Bizancio junto con uno de sus discípulos llamado Aristarco de Samotracia, decidieron adoptar un atajo y centrarse en compilar listas de los que ellos consideraban los mejores autores en cada género literario. En adelante focalizarían sus esfuerzos en tener controlados los fondos pertenecientes a un grupo escogido de autores y la ubicación de los papiros con lo que ellos consideraban que eran sus obras más destacadas. El resto de fondos… pues bueno, se amontonarían de forma menos cuidada.

Es así como nació el denominado canon alejandrino, del que formaban parte unos sesenta autores cuyas obras en adelante pasaron a ser sistemáticamente copiadas no solo por los bibliotecarios de Alejandría sino por todos sus herederos espirituales en el arco mediterráneo. Es por eso que dichas listas confeccionadas por Aristófanes y Aristarco estaban llamados a tener una importancia capital pasado el tiempo. ¿Por qué?. Veamos. Muchos siglos después, durante la Alta Edad Media, los copistas medievales se vieron enfrentados a un desafío. Pese a las destrucciones y purgas de bibliotecas durante los siglos anteriores, pese a la escasez de libros resultante, lo cierto es que a comienzos de la Edad Media seguían existiendo "demasiadas" obras para lo que podían abarcar los monjes que las custodiaban: dado que el trabajo de copia en aquellos tiempos resultaba exasperantemente lento y laborioso (entre otras cosas por el énfasis puesto en embellecer los códices con textos religiosos y que la escritura resultase hermosa y no solo funcional) pronto fue evidente que no era posible realizar copias de todo el material disponible. Por tanto una parte del mismo se iba a perder no solo debido a destrucciones intencionadas sino simplemente debido a la humedad, la putrefacción o accidentes ante la existencia de muy escasos ejemplares de la misma obra.

Asumido eso los copistas de los scriptoria medievales se centraron en elaborar y copiar fundamentalmente obras religiosas, tratados doctrinales, biblias… y en el tiempo restante intentaron también copiar obras antiguas que resultasen al menos especialmente notables o valiosas. ¿Pero cómo decidir cuales lo eran? Muchos de los monjes y abades no entendían nada de literatura antigua, o geometría, o astronomía. ¿Cómo escoger por tanto cuales de las obras sobre dichas materias debían ser copiadas una y otra vez para que perdurasen y cuales ser dejadas a su suerte en algún armario o borradas para copiar encima algo más provechoso? Sencillo. Acudiendo al canon establecido por Aristófanes en aquellas listas que había elaborado, algunos ejemplos de las cuales sobrevivieron. Gracias a eso bastaba mirar si una obra era mencionada en el catálogo que dicho sabio elaboró en su día. Si lo estaba y se tenía tiempo y pergamino disponible, pues bien, se intentaba copiarla. Si no estaba… probablemente no valía la pena malgastar valiosos recursos.

Aunque obviamente no todos los copistas de todos los monasterios medievales se limitaron a seguir las listas de “favoritos” legadas para la posteridad por aquellos bibliotecarios de Alejandría, nos encontramos pese a todo con que sus puntos de vista acabaron por ostentar con el paso del tiempo una influencia desmedida respecto a qué obras y saberes pertenecientes a la tradición griega se conservaron y cuales desaparecieron.

Imaginaos que dentro de cien años diversas instituciones culturales enfrentadas al problema de estudiar y salvaguardar el cine del s. XX se ven obligadas, por la falta de presupuesto y de medios, a decidir con mucho cuidado qué filmes preservan (algo que ya está ocurriendo, como luego veremos) y de cara a ello eligen tomar como referencia las listas de películas nominadas a los premios Oscar. No sería un mal criterio, pero indudablemente poseería un sesgo y en algunos casos dejaría fuera obras importantes en detrimento de otras no demasiado remarcables.

Los especialistas dicen que no resulta extraño encontrar entre los textos de muchos autores antiguos, que de alguna manera han llegado hasta nosotros, referencias a otros autores u otras obras en su momento consideradas obras maestras o tratados de referencia por la población y los principales eruditos de la época y que sin embargo desconocemos por completo porque no se ha conservado nada. Es lo que sucede con un historiador denominado Fanias de Ereso citado con mucho respeto por Plutarco, con los poetas Arctino de Mileto y en menor medida Lesques de Pirra, un escritor satírico llamado Menippo, pintores como Nicias, Zeuxis, Parraxios o Polignoto, u obras como la Iliupersis.


El proceso de conservación de la cultura no es ni justo ni democrático. Aquellas obras u autores que logran reproducirse y extenderse con mayor éxito entre una determinada sociedad (lo cual a veces no tiene una relación directa con su calidad o importancia real) tienen más probabilidades de pervivir en el tiempo. Aunque ni siquiera eso garantiza la supervivencia ante determinados eventos azarosos. Por ejemplo todo hace suponer que la sociedad cartaginesa en cuanto a patrones culturales y artísticos era como poco igual o más refinada que la romana en la época en que los dos grandes poderes se encontraron. Pero la derrota militar de los púnicos frente al poder latino determinó que hoy en día no quede prácticamente rastro alguno de las producciones que sus poetas, literatos, artistas y artesanos alguna vez pudieron o no elaborar. Para nosotros es como si nunca hubieran existido igual que ocurre con pensadores y artistas de muchas civilizaciones derrotadas a lo largo de la historia. Un poco lo mismo que ha ocurrido a pequeña escala con muchas mujeres escritoras o pintoras durante la Edad Media o Moderna que resultaban invisibles en su tiempo y luego fueron condenadas al olvido ante los prejuicios de sus contemporáneos o más adelante de los propios historiadores, casi siempre varones hasta el presente.

Lo que consideramos un resumen del panorama cultural de un determinado tiempo pretérito no deja de ser en muchos casos una aproximación dudosa, como lo es nuestro conocimiento de muchos eventos militares o políticos del pasado. La falta de fuentes, la parcialidad de las mismas o de nuestros propios puntos de vista hacen que no podamos estar completamente seguros de que la imagen que nos hacemos de una determinada época lejana en el tiempo resulte precisa. Ocurre algo parecido a un pez visto desde fuera del agua cuya posición a nuestros ojos aparece distorsionada por el fenómeno de la refracción de la luz, siendo en este caso el tiempo y la pérdida de datos los elementos que contribuyen a la confusión. 

Pero, ¿qué sucede si en vez de pensar tanto en el pasado intentamos mirar por una vez hacia el futuro?.  

III. El libro de Winchester. 

Veréis, desde la perspectiva del historiador las fuentes con que contamos para escudriñar el pasado son esencialmente de dos tipos: por un lado los datos que nos proporciona la arqueología y por otro lo que nos cuentan los textos, cuando los hay. No obstante en la medida que la arqueología nunca ha dejado de ser una ciencia “auxiliar” los documentos escritos han sido siempre considerados como la fuente fundamental de conocimiento para las épocas en que se dispone de ellos. 

Debido a eso en este blog he explicado alguno de los desafíos que uno se encuentra a la hora de extraer información de textos redactados en épocas muy lejanas del tiempo, fundamentalmente el problema de descifrar información escrita a través de lenguajes extintos que nos son desconocidos. El otro problema grave es el de la simple desaparición de muchos de los documentos producidos por nuestros ancestros, debido a su destrucción durante guerras o incendios, o simplemente producto del paso de los siglos y todo lo que eso conlleva.

Sin embargo dentro de lo que cabe esos problemas son afrontables. Para empezar porque la escritura, al menos en nuestro área cultural (no me voy a referir ahora a lo ocurrido en otros continentes) no ha sufrido grandes transformaciones “tecnológicas” durante milenios una vez que alcanzó su primera etapa de madurez con el desarrollo del alfabeto. En ese sentido, al margen de la evolución en los lenguajes utilizados, la mayor parte de cambios han sido bastante epidérmicos. Por ejemplo en el mundo antiguo se solía escribir sin usar signos de puntuación para separar las palabras o frases, lo que dificultaba luego mucho la lectura, sobre todo porque se leía siempre en voz alta. Debido a ello durante la Edad Media se empezó a generalizar el empleo de signos de acentuación y puntuación a partir de una idea que ya había tenido siglos atrás nuestro amigo Aristófanes. En paralelo a lo anterior se empezó también a leer en silencio y el pergamino (que ya había sido empleado en la antigüedad por los bibliotecarios de Pérgamo, de ahí su nombre) sustituyó definitivamente como material de escritura al barro o el papiro. Surgieron entonces por fin libros parecidos ya a lo que conocemos, aunque en aquel tiempo se almacenaban de forma distinta, no verticalmente unos al lado de otros como es común hoy en día, sino horizontalmente, unos encima de otros para que el duro pergamino que formaba las hojas no se abombase.

Cada uno de estos cambios implicó a su vez ligeros ajustes en los sistemas de escritura, por ejemplo un material rugoso como el papiro favorecía el empleo de tipos de letra formadas por ángulos pronunciados y múltiples trazos mientras que el pergamino permitía dibujar más fácilmente letras de forma redondeada. Con el tiempo llegó y se impuso el papel como soporte de la escritura. Y finalmente, a finales de la Edad Media, la imprenta cambió las cosas sino de forma cualitativa sí cuantitativa. Solo en los primeros cincuenta años que siguieron a Gutenberg se imprimieron más libros que todos los ejemplares redactados o copiados en los scriptoria monásticos en los mil años anteriores.  

Pero en esencia la tecnología de la escritura en Occidente no ha variado de forma drástica al menos durante los últimos dos mil años y por ello podemos decir que los soportes usados para almacenar la información tampoco han cambiado en lo sustancial a lo largo de ese tiempo, lo que facilita en cierta forma nuestra tarea de decodificar la información que sociedades pretéritas nos han dejado en la medida en que podemos observar dicha información a simple vista sin necesidad de ningún mecanismo especial que sirva como intermediario. Todo el problema estriba en descifrar los signos gráficos en cuestión y que en general tenemos demasiados pocos textos procedentes de determinadas épocas. Existen algunos problemas menores con los que hemos de luchar según la época de procedencia de la fuente en cuestión, sobre todo debido al empleo en la Europa medieval y moderna de un tipo de tinta (ferrogálica) que abusaba de la inclusión de elementos metálicos, esencialmente sulfato de hierro, lo cual con el paso del tiempo ataca a la celulosa del papel y afecta al grado de conservación de los documentos. Pero nada insalvable. 

Ahora bien, eso era así hasta que la revolución de las telecomunicaciones y el auge de la informática han cambiado las reglas del juego. Desde hace algunas décadas buena parte de la información que la sociedad humana produce ya no es información escrita sino audiovisual y no se almacena en papel sino en soportes ópticos y magnéticos cuya tecnología de base ha empezado además a mutar, periódicamente, a un ritmo alarmante. Casi tan alarmante como la frecuencia con la que producimos y acumulamos más y más y más montones de datos.

De hecho, para hacerse una idea de los términos de la cuestión, imaginemos toda la información generada por la Humanidad desde el descubrimiento de la escritura hasta el año 2000 más o menos. Los especialistas dicen que la cifra puede rondar los 5 exabytes. Pues bien a partir de la entrada en el nuevo milenio cada año estamos generando una cantidad equivalente a toda la que habíamos originado en los 40 siglos anteriores. Y el ritmo va en aumento.  

Todo esto a varios siglos vista puede acabar facilitando mucho la vida a los historiadores del futuro… o bien todo lo contrario.

Os pongo un ejemplo. El Domesday Book o Libro de Winchester fue una especie de censo de propiedades llevado a cabo en la isla de Inglaterra torno al año 1086, a comienzos del reinado de Guillermo el Conquistador. Es una fuente histórica muy valiosa para los historiadores ya que, pese a sus múltiples errores y omisiones, permite dar un vistazo en profundidad a la realidad socioeconómica, demográfica o genealógica de la región en aquel tiempo. Es decir aporta un registro de datos tan abundante y complejo como rara vez se puede conseguir para épocas anteriores al s. XIX, salvo excepciones muy puntuales (como pueda ser por ejemplo el Catastro de Ensenada en el caso español).

Ocurre que hace precisamente treinta años, a mediados de los 80, la BBC lanzó un proyecto con motivo del 900 aniversario del Domesday Book. Se trataba de recopilar todos los datos posibles sobre un millón de ciudadanos ingleses de entonces con vistas a su revisión en el futuro. Una vez completada dicha tarea la información resultante se almacenó usando la última tecnología de la época y más o menos se olvidó el asunto durante algún tiempo, hasta que alguien se acordó de comprobar cómo marchaba aquello. Pero el producto de los esfuerzos llevados a cabo en 1986 se había almacenado en un Laser Disc y cuando cerca de veinte años después se intentó volver a leerlo alguien descubrió que nadie se había tomado la molestia de almacenar junto al disco también el aparato correspondiente. Por ello resultó bastante complicado encontrar en manos privadas un lector de Laser Disc en buen estado que pudiera leer el disco de marras que además se había rayado por roces o vaya usted a saber y tenía algunos sectores defectuosos. En apenas dos décadas la información guardada a mediados de los 80 había estado a punto de perderse mientras que el primitivo libro que se pretendía homenajear había aguantado perfectamente el paso del tiempo durante mil años.

Las formas predominantes a través de las cuales almacenamos información hoy en día resultan muy sofisticadas, pero también muy frágiles. Muchos de los dispositivos aparecidos en los últimos veinticinco o treinta años y dedicados a grabar o guardar información se corrompen y pierden dicha información de forma natural demasiado rápido. En teoría lo que se graba en un CD por ejemplo debería poder sobrevivir entre uno y dos siglos. Pero eso solo resulta cierto en unas condiciones ideales de temperatura, humedad y luminosidad. Hablando en plata: las fotos de tu boda, tus trabajos del colegio o esas películas porno bajadas de Internet que trabajosamente guardaste en Cds y Dvds básicamente se van a deteriorar y perder en unos 15 años. Para entonces o vuelves a regrabar toda tu colección o a cada año que pase el riesgo de perderla aumenta. De hecho es posible que para entonces no te quede más remedio que pasarla toda a otro formato porque ya no existan apenas lectores de Cds. Lo mismo puede aplicarse con distintos ritmos a todo lo que guardas en otras plataformas, como alguna memoria USB por ejemplo.

Por comparación el papiro, el pergamino o el papel resultaban soportes mucho más toscos y con capacidad para albergar volúmenes de información sustancialmente más pequeños. Pero en cambio han sido formatos mucho más durables. Hay rollos de papiro descubiertos en Herculano (como este cabrón resistente de más abajo) que han sobrevivido después de que les pasara por encima una erupción volcánica.



En cambio los formatos de nuestro tiempo están enfocados sobre todo a ser capaces de almacenar mucha información, no a almacenarla mucho tiempo. En base a ello, y a otras consideraciones, cada vez más se recurre a la salvaguarda de datos subiéndolos a la red. Pero a fin de cuentas lo que guardas en la red simplemente está ahí porque se guarda en uno de esos formatos físicos a los que me refiero en alguna parte del mundo. Básicamente en grandes naves donde yacen servidores compuestos por miles de ordenadores conectados en red. Si hasta hace poco la historia de la memoria humana era la de sus grandes bibliotecas (Ebla, Pérgamo, la de Celso en Éfeso o la de Trajano en Roma, la Bayt al Hikmah de Bagdad o la Dar al Hikmah de El Cairo, la Biblioteca Laurenciana en la Florencia de los Médicis, la del Escorial en tiempos de Felipe II, etc.) los próximos siglos lo será de esos fríos almacenes donde se guarda en formato físico nuestra información. Lo que ocurre es que esos grandes centros de datos están sometidos, como toda infraestructura, a verse afectados por un conflicto político, un desastre natural, un fenómeno electromagnético, o simplemente al cierre o la quiebra repentina de la empresa de turno.



Además, llegados a este punto surge un nuevo tipo de problema que ya he insinuado: la forma en que las sociedades contemporáneas guardan información requiere máquinas (todavía escribimos a mano o transcribimos la información en papel, pero cada vez menos y la tendencia es clara en cuanto a lo que se espera ocurra las siguientes décadas). La cuestión es que si usamos máquinas para codificar la información también vamos a necesitarlas para descodificarla. Y el problema es el ritmo al que nuevos tipos de máquinas y formatos sustituyen a los anteriores, o el hecho de que ese hardware requiere un software que también cambia de forma acelerada. Además, resulta que cada nuevo formato no es automáticamente compatible con todos los anteriores.  

Obviamente, a medida que en nuestras sociedades acumulamos más y más información a un ritmo inusitado el trasladar todos los datos “atrapados” en viejos formatos a los nuevos se vuelve poco práctico y demasiado trabajoso, lo cual tiene sus repercusiones.

Pensemos en todo lo que se grabó en su momento en disquetes de tres y medio (no digamos ya en los de cinco un cuarto) durante los años 80 y primeros 90 y que ya es básicamente ilegible o ha desaparecido hoy en día, como está ocurriendo con todo lo que vamos dejando olvidado en cintas VHS, vinilos, casettes, viejos carretes fotográficos... Y no solo nosotros, los individuos particulares, sino también empresas o instituciones culturales. Algo ya más preocupante. 

En esa línea hace poco se supo que en torno al 70% de los filmes mudos rodados en los EE.UU. se han perdido para siempre según un estudio realizado por la Junta Nacional de Preservación para la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. De hecho del 30% conservado solo la mitad de los títulos se han preservado íntegros, el resto (la mayoría de los rodados antes de 1920) está formado por copias a las que les faltan partes o tienen una calidad menor de la que presentaba su formato original.

Por otro lado la Fundación Fílmica Martin Scorsese publicó hace unos años su propia estimación para un período algo más amplio. Según ellos la mitad de las películas estadounidenses anteriores a 1950 se han perdido para siempre.

Y estamos hablando de un país donde tienen los mejores medios y existen varios organismos y fundaciones encargados de estas cuestiones. Para el resto del planeta es posible que la inmensa mayoría de las películas rodadas hace más de cuatro o cinco décadas simplemente hayan desaparecido. Y eso no es nada comparado con lo que está por venir.

Somos la civilización que produce datos con mayor velocidad y en mayor cantidad de la historia, pero tal peculiaridad está generando ahora mismo, mientras escribo esto, nuevos problemas que tal vez contra todo pronóstico conviertan a nuestra sociedad en casi completamente impermeable a los intentos de los historiadores del futuro por recuperar o analizar los datos que estamos produciendo. 

No me negaréis que hay belleza en dicha ironía.   

5 comentarios:

  1. http://viollet-le-duc-usat.blogspot.com.es/
    Todo nació allí, en la restauración de la ciudadela de Carcasonne por Eugene Viollet-Le-Duc. De la reconstrucción a la polémica, de la polémica a un "lenguaje", y de ahí a lo que tenemos ahora.

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  2. Muy interesante como todo lo que escribes, enhorabuena.

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  3. Cuando vi El Imperio del Fuego también me sorprendió esa escena, que es la más interesante de la película seguramente. Recuerda un poco al planteamiento de Farenheit 451. En realidad así es como se ha ido transmitiendo "la Cultura" durante milenios, y debido a las propias características de la transmisión oral, al mismo tiempo iba cambiando lo que se transmitía.

    Yo he visto en el trabajo y otros ámbitos que es un problema gordo el no tener copias de respaldo de los datos. Como se estropee el sistema, se va todo lo guardado a la mierda.

    Por otro lado, si nos salimos del ámbito europeo, puede ser que alguien se encuentre con que X civilización tenía un sistema de almacenamiento y transmisión de datos tan diferente a los libros, que ni siquiera sea reconocible como tal. Pienso por ejemplo en los famosos quipu incaicos, que tal vez podrían haber almacenado incluso "escritos" además de meros datos contables (números).

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  4. El Parlamento del Reino Unido va cambiar su sistema de almacenamiento de las leyes de su país: van a sustituir los pergaminos de vitela (piel), por papel de alta calidad. Sin embargo hay quienes se oponen al cambio, tanto por tradición como por razones prácticas: el pergamino de vitela es mucho más duradero que el papel, también la tinta impresa en él. En el artículo de abajo hablan del tema, y de los problemas que genera la obsolescencia (aunque para eso ya está este mensaje del blog).


    http://www.elconfidencial.com/tecnologia/2016-02-18/por-que-reino-unido-sigue-conservando-sus-leyes-en-un-material-anterior-al-papel_1154566/
    http://www.elconfidencial.com/tecnologia/2016-02-18/por-que-reino-unido-sigue-conservando-sus-leyes-en-un-material-anterior-al-papel_1154566/

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  5. "Lo anterior parece una tontería, pero deberíamos preguntarnos en qué medida estas dinámicas ocurren realmente."

    Debo decir que me ha pasado recientemente algo parecido.
    Ultimamente me he juntado con gente bastante más joven que yo y, al ver con ellos Pulp Fiction, película que yo he visto como 2 docenas de veces y ellos ninguna, la conocían sólo como "la película del meme". Este meme:
    http://knowyourmeme.com/memes/confused-travolta

    Hasta hicieron parar la película varias veces para volver a ver "la escena del meme".

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