jueves, 6 de febrero de 2014

La gran ola japonesa (II): Hiroshige




Utagawa Hiroshige fue el seudónimo artístico de Ando Tokutaro. Igual que Hokusai también Hiroshige nació en Edo, en su caso en el año 1797. Era hijo de Ando Genuemon, un capitán de bomberos de casta samurái. Como el cargo de “inspector de incendios” era hereditario dicha ocupación fue transmitida de padre a hijo y por tanto es a lo que se dedicó Hiroshige tras alcanzar la mayoría de edad. No obstante su vocación era otra, así durante algunos años compatibilizó el dibujo con sus ocupaciones como bombero. El problema es que cambiar de profesión no resultaba tan sencillo porque, si bien su cargo tenía la ventaja de ser algo garantizado, al transmitirse como una herencia Hiroshige no podía abandonar dicha ocupación sin encontrar a alguien de su familia que lo sustituyese en dicha labor. Finalmente, en 1823, logró renunciar a su puesto de bombero al encargarse de cubrir su vacante primeramente su hermano Tetsuzo y más adelante, en 1832, su primer hijo, Nakajiro. Gracias a eso Hiroshige pudo por fin dedicarse por completo a su vocación artística dando comienzo su carrera como tal.  

Por entonces, como hemos visto, los retratos paisajistas se estaban haciendo inmensamente populares de la mano de Hokusai y ese fue el camino que decidió seguir Hiroshige dedicándose casi en exclusiva al paisajismo. A partir de ahí los paralelismos entre ambos artistas resultan evidentes no solo en cuanto a temática (paisajes, fijación con el monte Fuji) sino en torno a otras cuestiones, por ejemplo ambos habían nacido en Edo y eran fervientes budistas. Asimismo ambos artistas muestran en su obra una imagen idealizada tanto del paisaje como, en general, de la sociedad de su época. En el plano técnico ambos conocían la perspectiva lineal con punto de fuga de origen occidental, además los dos se habían familiarizado con ella estudiando grabados holandeses y por tanto ambos artistas experimentaron en ocasiones con la tridimensionalidad o el uso de las sombras, elementos característicos por entonces del arte occidental pero ni mucho menos asentados en la pintura japonesa.

No obstante resultan más aclarativas las diferencias. Si Hokusai fue un artista inquieto, algo viajero y que cambiaba constantemente de residencia para inspirarse, Hiroshige fue todo lo contrario. De hecho Hiroshige casi nunca se movió del barrio en el que trabajaba y sus paisajes, pese al falso detallismo que reflejan, raramente fueron ejecutadas a la vista del lugar original, sino que eran dibujos inspirados por ilustraciones de "guías de viaje" de la época. Pero bueno, a fin de cuentas Beaumarchais jamás estuvo en Sevilla y eso no le impidió escribir El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro.

       Por otra parte Hokusai fue un trabajador espartano e infatigable que dejó una copiosa producción tras de sí: prácticamente un dibujo o al menos un esbozo cada día de trabajo de su vida. Hiroshige en cambio fue todo lo contrario, nada disciplinado, amante de la buena mesa, murió relativamente endeudado pese a las más de 5.000 pinturas para xilografías que realizó sobre un total de quizás unos 8.000 dibujos y diseños.

Entre todo ese caudal hay algunos trabajos que, naturalmente, destacan especialmente. Para empezar Las cincuenta y tres etapas de la ruta de Tokaido que en realidad fueron cincuenta y cinco estampas pintadas entre 1833 y 1834 ilustrando diferentes puntos de la ruta Tokaido, el equivalente a una gran autopista actual, por entonces una gran vía de comunicación entre las dos ciudades más importantes del Japón: Edo y Kyoto. Era la gran arteria comercial y administrativa del país y el centro de una red de cinco grandes calzadas (Gokaido) que articulaban el núcleo del Shogunato Tokugawa por entonces. (En la imagen siguiente vemos un punto de dicha ruta fotografiado en 1865).

    

        Las 53 etapas fue un trabajo tan popular que más adelante se realizaron hasta 30 ediciones diferentes, mostrando combinaciones variadas de sus ilustraciones e incluso cambiando algunas. En cierta forma se convirtieron en un precedente de las colecciones de cromos. Por todo ello, tras las 36 vistas del monte Fuji obra de Hokusai, las 53 etapas de Hiroshige son la obra cumbre del arte ukiyo-e tanto en lo tocante a calidad artística como a volumen de ventas y popularidad en su momento. Eso convirtió a Hiroshige en un artista de referencia entrados los años 30 del s. XIX justo cuando Hokusai había alcanzado su cima pero comenzaba a declinar como figura dominante.

       Por ello, durante los años siguientes y aprovechando la coyuntura, Hiroshige intentó emular el éxito conseguido con su trabajo anterior a través de Las sesenta y nueve estaciones de Kisokaido (pintadas entre 1834 y 1842) una obra consistente en una serie de 71 estampas sobre otra gran vía de comunicación de la época. Pero el éxito ya no fue el mismo. Tras ese revés la carrera de Hiroshige entró en un cierto estancamiento de casi una década que intentó superar primero con una obra ilustrando vistas del monte Fuji (en la línea marcada décadas antes por Hokusai). Pero, ya avanzada la misma, pasó a volcarse en la que sería su última gran obra, sus Cien famosas vistas de Edo, realizada como tributo a los lugares más bellos de la ciudad justo cuando Edo se recuperaba de los efectos de un gran terremoto sufrido en 1855. Esas vistas de Edo quedaron inconclusas por la muerte de Hiroshige en 1858 (en realidad al final la obra definitiva consistió en 119 grabados, algunos completados por un discípulo). Pese a ello esta última serie tuvo una gran acogida por el público (pronto se vendieron entre 10.000 y 15.000 copias de cada grabado) lo cual supuso la reconciliación póstuma de Hiroshige con el éxito. 

No obstante la muerte de Hiroshige tuvo algo de simbólico. Para empezar fue debida a una epidemia de cólera que asoló la ciudad de Edo por aquellos años. La epidemia en el fondo no dejaba de ser una metáfora de un país enfermo, debilitado por el prolongado aislamiento y el estancamiento consiguiente que estaba afectando a Japón en todos los órdenes. La economía nacional hacía tiempo que se veía entorpecida por la falta de comercio exterior y el progresivo atraso tecnológico frente a los nuevos países industriales; por su parte la jerarquía social y la estructura política estaban podridas por la corrupción y el mantenimiento a toda costa de un orden feudal que ya no respondía a la realidad de los tiempos. Debido a todo ello, sobre todo desde el toque de atención que supuso la llegada de los barcos del comodoro Perry en 1853, el país se debatía en torno a la discusión sobre qué camino de futuro adoptar. Al final la opción favorable al cambio radical comenzó a eclosionar en 1868 con el fin del Shogunado y los inicios de la industrialización y la occidentalización de Japón a marchas forzadas. Era el fin de la sociedad tradicional japonesa y con ella sus expresiones culturales típicas, aunque sobrevivieron, entraron en crisis o tuvieron que adaptarse sacrificando parte de su esencia. 

       En esa línea, a partir de los años 70 del s. XIX fueron llegando a Japón nuevas técnicas de impresión, los colorantes químicos o el conocimiento de la técnica fotográfica, innovaciones que provocaron que el género ukiyo-e llegara prácticamente a desaparecer al pasar de moda. 

Hemos visto aquí pues como el género ukiyo-e llegó a su cúspide disfrutando de los que quizás fueron sus dos mayores representantes justo solo un par de décadas antes de que dicho género artístico, y por extensión toda la sociedad que le daba sentido, entrasen en un período de crisis y transformación. Sin embargo lo más interesante es que, paradójicamente, esa crisis del género ukiyo-e en Japón coincidió con el descubrimiento (tardío) del mismo por parte de Occidente. Con la apertura Meiji las relaciones de intercambio con Japón se intensificaron. Las obras de los viejos artistas japoneses se pudieron contemplar en las "exposiciones universales" tan comunes y populares en la segunda mitad del s. XIX y el público occidental se mostró inmediatamente fascinado, especialmente un público muy particular formado por los artistas europeos más innovadores del momento que encontraban irresistiblemente “moderno” e inspirador el arte ukiyo-e tradicional de Japón, su uso del color, su relativa abstracción de las formas o su combinación ocasional de múltiples perspectivas dentro de un mismo cuadro. 

Para los primeros impresionistas, fauvistas o cubistas, fue un shock. En opinión de Monet, Degas, Cézanne, Renoir, Matisse, Gauguin o más adelante Klimt o Pissarro el ukiyo-e resultaba chic. A destacar la influencia que la obra de Hokusai y de Hiroshige (particularmente este último) llegó a tener en dos pintores muy concretos. El primero de ellos Toulousse Lautrec. El segundo un tal van Gogh quien llegó a versionar con su particular estilo varios cuadros de Hiroshige y era de por sí un coleccionista compulsivo de ukiyo-e, al igual que su hermano, o el que sería famoso arquitecto Frank Lloyd Wright

Esa fue realmente la "gran ola japonesa" a la que me refería con el título de estas últimas entradas. Una gran ola intangible, más bien fue un tsunami, que se inició en Japón y cuyos ecos acabaron llegando a las playas del arte occidental justo en unas décadas clave de transición hacia las vanguardias. Así pues, aunque solo fuese debido a esa habitualmente ignorada influencia que este tipo de expresión artística ejerció sobre el arte moderno en Occidente durante su etapa formativa, el ukiyo-e merecería ocupar un lugar menos reducido del que ocupa en las historias del arte occidentales. 

Respecto a ejemplos sobre las influencias estilísticas en los autores que cito en los últimos párrafos tenéis referencias mismamente en las páginas de la wikipedia correspondientes, sobre todo en inglés, bastante bien documentadas al respecto (por una vez). Por ello no me voy a detener copiando ejemplos que podéis encontrar también simplemente metiendo en google "Hiroshige" y "van Gogh" o "impresionistas" y "ukiyo-e" y fijándoos a continuación en las imágenes que salen asociadas a la búsqueda. 

En todo caso, a título personal, voy a resaltar una influencia de los pintores de ukiyo-e que me parece interesante por desconocida, en concreto la que ejercieron sobre el movimiento ruso llamado Mir iskusstva, movimiento en el que llegó a militar Ivan Bilibin, un pintor y sobre todo ilustrador que me gusta mucho, también diseñador escénico de decorados de ballets, caricaturista, decorador de mansiones, etc. y que a finales del s. XIX ya dibujaba esto (obviamente influido por la obra maestra de Hokusai).


Pero sin más tardanza os dejo con el Japón de la primera mitad del s. XIX visto por Hiroshige:


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