lunes, 20 de febrero de 2017

VOTADME

   
  Para narrar la historia hace falta ser más que un hombre, pues quien agarra la pluma de esta gran justiciera debe estar libre de intereses, vanidades y prejuicios. 

Napoleón Bonaparte 



   Se que algunos ya os habréis dado cuenta pero como cada año llegan los Premios 20 Blogs, los cuales no tienen nada especial más allá de que por diversos motivos he tomado la costumbre de usarlos como una especie de termómetro para medir el seguimiento real de este blog. Por eso espero que me votéis, sobre todo los que ya estáis registrados en la página de 20 Minutos desde el año pasado y no os supone ningún esfuerzo.

Si pincháis en esta imagen de más abajo o en la que he colocado hace días entre los gadgets a la derecha del blog el enlace incrustado ya os redirige automáticamente hacia la página de las votaciones.


   Gracias de antemano.

sábado, 11 de febrero de 2017

Estilo Llongueras


El arte siempre es político sobre todo cuando nos dicen que no lo es.

Sense8, episodio 13





De cara a comprender la forma en que las diferencias culturales condicionan el arte resulta muy útil contraponer la estatuaria griega y la romana. Como es bien conocido los romanos no solo fueron grandes admiradores de la escultura griega (de hecho la mayor parte de estatuas "griegas" que hoy conocemos son en realidad copias romanas) sino que además, debido a lo anterior, también emplearon a múltiples artistas de ese origen para decorar mansiones y edificios públicos por toda Italia. Sin embargo, a pesar de lo anterior, el sentido práctico del pueblo romano y su diferente trayectoria histórica como sociedad, la cual había llevado a los romanos a experimentar la influencia previa de la cultura etrusca, dotó a las esculturas romanas de unas características distintivas propias.

A saber, tanto griegos como romanos convirtieron al ser humano en el protagonista de las representaciones artísticas (algo que contrasta con el arte egipcio o el europeo medieval donde era la divinidad el sujeto central), pero los griegos trataron de resaltar sobre todo la belleza del cuerpo, idealizándolo. Únicamente en su etapa final, helenista, el arte griego buscó dotar de un auténtico realismo a sus obras, mostrando por ejemplo la fealdad, la vejez o el sufrimiento (y de hecho esto sucedió solo a veces). Lo curioso es que esa tendencia, en el fondo marginal en la trayectoria de la estatuaria griega, fue un elemento central del arte romano dado el carácter mucho más pragmático y austero de la cultura romana frente al idealismo y el esteticismo predominantes en el pensamiento griego. Por eso creo que la oposición helénico vs latino de la que hablo puede en cierta manera resumirse a través de las dos imágenes siguientes: 



Como vemos la misión del escultor romano no consistía en imaginar la “belleza ideal”, objetivo favorito del clasicismo griego, sino reproducir fielmente la naturaleza de lo real. Además en el caso romano cuando el escultor trabajaba no era con la pretensión de lucir su maestría técnica sino sobre todo de honrar a sus clientes, siendo en muchos casos el poder político supremo el cliente de turno. Esto explica el anonimato de los artistas romanos, considerados de esa forma meros artesanos, y la imposibilidad de estudiar la escultura romana desde la perspectiva individual de sus autores, a diferencia de como se hace en cambio con la estatuaria griega (Mirón, Policleto, Fidias, Praxíteles, Escopas, Lisipo…).

En relación con lo anterior entre los romanos la escultura tenía dos funciones esencialmente y ninguna de ellas se resumía en plasmar ideales estéticos. Por un lado su misión consistía en hacer propaganda pública del Estado y de las élites que lo controlaban y, por otro, recordar a los antepasados importantes de esos linajes de cara a prestigiar a sus herederos.

Así pues los romanos centraron progresivamente la escultura en dos campos: los relieves públicos exaltando las glorias, sobre todo militares, del Estado romano; y el retrato, campo que es el que me interesa hoy por todo lo que vengo comentando de que el retrato privado se centró a su vez en representar los personajes de forma naturalista, evitando toda idealización del representado. 

   Debido a ello, frente a los escasos retratos escultóricos griegos, parcialmente idealizados y bastante genéricos




   los escultores romanos alcanzaron una gran pericia en la plasmación de los rasgos individuales de cada rostro.

Por eso para comprender la estatuaria romana hay que entender que si bien los artistas griegos aportaron su técnica, los romanos impusieron su gusto por el retrato fisonómico descriptivo y sobre todo veraz. Una obsesión por el realismo que los romanos habían heredado de los etruscos.

Y es que los romanos tuvieron en común con los etruscos la gran importancia que le dieron al culto a los muertos. Por ello ya desde tiempos de la República los patricios romanos solían guardar imágenes de sus antepasados notables (“imagenes maiorum”) para honrarles recordando los méritos de su carrera política y militar así como para hacer honor de las virtudes del fallecido. Eso se hacía básicamente a través de mascarillas de cera o barro que luego se reproducían en arcilla pintada, e incluso bronce o mármol policromado. De esta forma surgió una tendencia a producir efigies en las cuales se recogían los rasgos faciales de personas diversas mediante un estilo sobrio, mostrando los defectos físicos del homenajeado sin ocultarlos ni suavizarlos.

En línea con lo anterior durante una primera etapa, que llega prácticamente hasta el final del período republicano, el retrato escultórico más frecuente consistía en bustos que mostraban sólo hasta el cuello, dando el máximo realce a la cabeza. Como podemos comprobar más abajo, en estas representaciones de Julio César, Cleopatra y Cicerón, por entonces el pelo se llevaba corto y casi sin peinar (e incluso los peinados femeninos eran relativamente simples en comparación con los que se volvieron habituales más adelante).




No obstante tras derrumbarse el sistema republicano, e imponerse en el Imperio la costumbre de elaborar efigies representando al Emperador (así como a los miembros de su familia) para luego enviar a las provincias copias de dichos retratos, los escultores romanos se encontraron con el problema de que el Emperador no debía ser presentado al público como un ciudadano más. Y a partir de esa paradoja comenzó una tensión entre la innata tendencia al realismo propia de la tradición escultórica romana y el idealismo de influencia griega que parecía adaptarse mejor a las necesidades concretas suscitadas por el nuevo poder imperial. 

Es así como poco a poco se fue imponiendo un nuevo tipo de retrato que servía de homenaje al Emperador y su familia así como expresión de su autoridad. En el mismo se aprecia habitualmente una tendencia idealizante al suavizar los escultores los defectos más acusados del retratado, en el caso del Emperador (como podemos observar en la imagen de más abajo representando a Claudio), mientras que por el contrario esos mismos artistas cuando representaban a personajes de menor rango, ajenos a la estirpe en el poder, siguieron manteniendo un enfoque plenamente realista.


La tensión entre esas dos concepciones de la representación no hizo sino aumentar a medida que el poder de los emperadores fue derivando en divinización. Resultado de todo esto fue la creación de un tipo nuevo de retrato en el que se representó al emperador desnudo o semidesnudo y coronado con laurel, o bien rodeado de atributos divinos como el águila de Júpiter, el padre de todas las divinidades. No obstante, para aumentar la indefinición creciente en que empezaron a vivir por entonces los escultores romanos, junto a estas estatuas apoteósicas del emperador divinizado a modo de los dioses griegos continuaron realizándose representaciones de éste con armadura militar, caracterizado como pontífice, o retratado como un ciudadano "corriente" vestido con la toga de la clase patricia romana.


Por su parte en lo que respecta a las mujeres la idealización de las matronas de la familia imperial no siguió exactamente los mismos parámetros que los de las figuras masculinas. En el caso de las mujeres de la familia imperial lo que ocurrió sobre todo a partir de Octavio Augusto fue la aparición de una tendencia encaminada a convertir sus representaciones públicas en piedra en imágenes donde la retratada pasaba a convertirse en emblema de las cualidades femeninas romanas: madre abnegada a la vez que casta y sufrida esposa.


La anterior evolución estilística no fue lineal ya que las tendencias generales que he resumido hasta aquí sufrieron ciertos momentos de zozobra con los cambios de dinastía. Por ejemplo con la caída de la dinastía Julio-Claudia y el advenimiento de los Flavios (a partir del año 69 de nuestra era), en pleno período de caos, el retrato imperial recobró algo de realismo ya que en muchas de sus representaciones los emperadores de esa dinastía muestran aspectos de hombres corrientes. En lo técnico en esos momentos se introdujo además en algunas estatuas un giro lateral de la cabeza que rompía con la frontalidad habitual en ese tipo de esculturas, las cuales en general aumentaron de tamaño. Por ejemplo, los típicos bustos conteniendo la imagen del representado empezaron a incluir también el pecho, los hombros y el comienzo de los brazos, al contrario que en épocas anteriores donde, salvo excepciones, apenas se mostraban la cabeza y el cuello, como ya comenté.


Más adelante llegaron los Antoninos (en el poder entre el año 96 y el 192). Con ellos la corriente realista pareció imponerse completamente. A destacar el particular tratamiento del pelo que se hizo habitual en las esculturas de la época, con la cabellera siempre abundante y rizada, muy diferente de los típicos peinados romanos lisos y cortos de época republicana. Además con los Antoninos irrumpió también la tendencia a portar largas y voluminosas barbas.





  Unos rasgos que se conservaron durante la dinastía de los Severos (193-235).



Mientras tanto los peinados femeninos se volvieron con el tiempo progresivamente más sofisticados y complicados (más abajo podemos ver a: Octavia, la hermana de Augusto; Popea, esposa de Nerón; Natidia, nieta de Trajano; y Julia Donna, esposa de Septimio Severo).  





   Pero tras la crisis del s. III y la llegada de la época Bajoimperial todo cambió. En ese período, sobre todo a partir del s. IV, el retrato, como toda la cultura romana en general, comenzó a evolucionar de un modo digamos anticlásico. El fino modelado desapareció, se empezaron a acentuar la simplicidad y el hieratismo, el sentido de la proporción y el gusto por el detalle comenzaron un rápido declive y, con el proceso de divinización de los emperadores completamente desbocado, se impusieron la deshumanización, la monumentalidad, la rigidez y la esquematización en las representaciones públicas del poder. Rasgos que heredó posteriormente el mundo cristiano que se impuso sobre las cenizas de un imperio agonizante. 



En ese momento de transición entre el mundo antiguo y el medieval se perdió definitivamente la preocupación por hacer retratos que mostrasen al espectador la realidad del representado. La tendencia realista de la estatuaria romana original quedó sepultada y se impuso la idealización, pero de una forma demasiado tosca para lo que era habitual en los griegos ya que se escogió la vía de una esquematización nada hermosa en términos estéticos. Por tanto la escultura del período se puede considerar ya “anti-clásica”. Comenzaba así por entonces la evolución hacia un nuevo tipo de arte que, con sus distintas variantes, llegó hasta los prolegómenos del Renacimiento. Momento durante el cual en Occidente se recuperaron postulados y técnicas propios de la antigüedad, en parte gracias al redescubrimiento por parte de diversos artistas de las esculturas "antiguas" y con ellas la obsesión por la belleza (y el movimiento) de los griegos así como el notable verismo fisonómico de los romanos. 

En resumen. Al contaros aquí una breve trayectoria de la escultura en el mundo romano he querido resaltar la existencia de diversas “ideologías” en el seno de la misma. Sobre todo a partir del s. II a.n.e. la admiración de las clases aristocráticas por la cultura helénica, y el hecho de que la mayor parte de los escultores que trabajaban en Roma por entonces fuesen de origen griego, generó una corriente de mimetismo hacia todo lo procedente de dicha cultura. Y dado que la estatuaria griega poseía un fuerte componente de idealización de la belleza eso tuvo sus efectos. No obstante esa tendencia hubo de coexistir con otra corriente de naturaleza realista propiamente latina, la cual evidenciaba la influencia etrusca durante las primeras etapas de formación de la civilización romana.

De tal forma durante la República predominaron los bustos muy realistas. Sin embargo en los primeros años del Imperio fueron frecuentes las representaciones escultóricas que combinaron ya la realidad (individualización del rostro) con cierta idealización (que se aprecia sobre todo en los cuerpos y la iconografía), si bien esa idealización del retratado no se orientaba a una finalidad puramente estética como en el caso griego. El pragmatismo romano perseguía el dar así más realce a la figura del representado y con ello prestigiar a las autoridades que detentaban el poder político. En ese sentido los romanos fueron profundamente modernos: al hacer más bonita, digna y omnipresente en espacios públicos la representación del poderoso sus artistas creaban una corriente de atracción o simpatía hacia las élites que gobernaban el Estado de cara a que a éstas les resultase más fácil imponer su autoridad sobre los gobernados.

Finalmente la convivencia forzada de retratos de tono realista con otros de trasfondo idealizado se mantuvo hasta que esta última tendencia se impuso en época Bajoimperial, derivando rápidamente en una simple esquematización ante la pérdida de pericia técnica de los artesanos y el declive de la cultura romana tradicional debido a la mezcla con el cristianismo y otros elementos externos a la misma. Es así como durante los siguiente siglos la legitimidad del poder pasó a dependen en gran medida de la (supuesta) proximidad a Dios (y a sus autoproclamados representantes en la tierra) de la estirpe gobernante y en cambio se desvinculó en gran medida de la propaganda organizada a través de grandes construcciones públicas, como había sido habitual en los momentos de plenitud del Estado romano.

Explicando esto hoy he pretendido mostrar que dentro de un mismo período artístico o de un estilo concreto existen diferencias de matiz que se sitúan muy por encima de los autores individuales. Asimismo hemos visto que el arte romano poseía un importante trasfondo político (aunque quizás esto sea más evidente si atendemos a los relieves en piedra o a las obras de ingeniería pública) y que a veces, en caso de duda, detalles como la evolución de los peinados y las modas nos pueden servir para datar esculturas antiguas y a través de ellas incluso todo el contexto arquitectónico en el seno del que aparecen ubicadas. 

sábado, 28 de enero de 2017

Si yo fuera rico


Para entender hacia dónde vamos no hace falta fijarse en la política sino en el arte.

Ryszard Kapuscinski




Con el nuevo año me siento obligado a publicar una de mis tradicionales entradas sobre el mercado del arte para echar un ojo a las cosas llamativas que a mi juicio han ocurrido en él durante los últimos meses.

En general se identifican tendencias de las que ya os he hablado en anteriores entradas. En primer lugar continúa o al menos se sostiene la elevada cotización otorgada a las grandes obras de un puñado de autores, sobre todo contemporáneos y más en concreto de la postguerra mundial, a mi juicio aumento casi constante de los precios ligado a procesos especulativos y a la burbuja que se ha incubado en el mercado del arte desde hace una década más o menos. Es la consecuencia de analizar el arte como un activo financiero y las grandes subastas como un campo de batalla entre fondos de inversión, los cuales llevan unos años adquiriendo obras de arte basándose en algunos casos en puros algoritmos matemáticos para predecir la posible revalorización de determinadas obras y artistas a varios años vista.

No obstante ya desde 2015 las cifras del mercado de subastas se han estancado, de hecho en ese año el volumen de ventas fue un 7% menor que en 2014 y a falta de conocer las cifras definitivas de 2016 (siempre se van haciendo públicos con retraso los datos de cada temporada) esa tendencia al enfriamiento parece consolidarse. Los problemas económicos en Rusia y China o la bajada de los precios del petróleo están afectando a algunos bolsillos privilegiados de esos países y de Oriente Medio y esto ha ralentizado de alguna forma el ritmo de grandes pujas en subastas. Si bien existen tendencias que compensan lo anterior, como es el caso del crecimiento constante desde hace unos años de las transacciones privadas, al margen de dichas casas de subastas públicas, para ahorrarse así las comisiones pagadas a intermediarios. Y también el aumento sostenido de las ventas por Internet, ya más de 4.000 millones de euros al año; todavía una parte pequeña del pastel, pero que seguramente crecerá en importancia en el futuro.

Otro proceso que me interesa mucho desde hace algún tiempo es la expansión del coleccionismo inversor/especulativo hacia otros campos. Ya no solo se aprecia una inflación en el mercado de obras de arte sino también en el mercado de antigüedades, supuestamente otro depósito de valor seguro (o eso piensan las grandes fortunas y sus asesores financieros).

Teniendo todo esto en cuenta es como uno puede analizar algunas de las grandes ventas llevadas a cabo a lo largo de los últimos tiempos.

Por ejemplo, Las chicas del puente, de Edvard Munch, se vendió hace un par de meses por 50,7 millones de euros (se había vendido en 1996 por 7,7 millones y en 2008 por 30,8).


Unos meses antes, en mayo, La eterna primavera, una escultura de Aguste Rodin realizada en un bloque de mármol blanco entre 1901 y 1903, se vendió en Sotheby's por 18 millones de euros. Récord para obras de Rodin.


Ese mismo mes One Ball total equilibrium tank, de Jeff Koons, una “escultura” que consiste en una pelota de baloncesto flotando en un tanque de agua, fue adjudicada por más de 13 millones.


y una figura de cera, realizada por el italiano Maurizio Cattelan, representando a Hitler con cuerpo de niño y las manos cruzadas en actitud de rezo, se vendió por 15 millones de euros. 
                                  
                              
Unos días antes, a finales de abril, se pagó más de un millón de euros por los originales de las dos últimas páginas del cómic de Tintín titulado El Cetro de Ottokar. Y el pasado mes de noviembre una plancha de una página suelta del cómic de Tintín Aterrizaje en la luna alcanzó el millón y medio de euros.


También en noviembre se vendió en Sotheby´s el manuscrito de la Segunda Sinfonía del compositor Gustav Mahler, por más de cinco millones de euros. 


Todo un récord para un mercado, el de las partituras antiguas, que está por explotar. Hasta ahora, en cuanto a grandes ventas en ese sector, un puñado de sinfonías de Mozart se habían vendido por algo menos de 3 millones en 1987 y en 1994 se pagaron 1,7 millones por la Segunda Sinfonía de Robert Schumann. 

Por otro lado en abril dos pistolas regalo del Marques de Lafayette a Simón Bolívar y fabricadas en París en 1825 se vendieron por aproximadamente 1,7 millones de euros.


En noviembre un mosquete que perteneció al emperador chino Qianlong (1711-1799) se subastó por casi dos millones y medio de euros, nuevamente en Sotheby´s.


Ese mismo mes se vendió también la pistola con la que en 1872 Paul Verlaine intentó asesinar a su amante Arthur Rimbaud. El precio alcanzado fue de 435.000 euros.


Y hace unas semanas, a mediados del mes pasado, una de las más o menos 80 copias “continentales” existentes de la primera edición de los Principia de Isaac Newton publicados en Londres en 1687 se vendió por tres millones y medio de euros.  


Vivimos sin duda en una época excitante, sobre todo si tienes dinero para comprar las cosas que necesitas y después de eso aún te sobra un buen montón para dedicarlo a comprar las cosas que deseas.

                       

sábado, 21 de enero de 2017

Gran problema en la pequeña España (Ya llega. Se acerca... Es la PUTA VENGANZA DE HONG)


    Todas las religiones son una respuesta estúpida a una pregunta estúpida.

“Peaky Blinders”, capítulo tercero de la tercera temporada.




A lo largo de este blog he dedicado algunas entradas a intentar explicaros una intuición personal. A saber, que lo que está ocurriendo en España de un tiempo a esta parte posee inquietantes conexiones con China y que debido a ello sin duda es la población china la que mejor puede comprender nuestra realidad presente. Lo cierto es que cuanto más lo pienso más me doy cuenta de que esos cabrones nos tienen calados. Y a raíz de la última entrada que he escrito, dedicada a los problemas del sistema educativo español, dicha idea no ha hecho más que reforzarse.  

¿Por qué digo esto último?. Veamos, antes de nada tenéis que saber que el sistema de oposiciones más antiguo encaminado a seleccionar a gran escala personal para una burocracia estatal apareció, o al menos se generalizó, en China durante la dinastía Tang, en torno a los siglos VII y VIII de nuestra era. En una época en la que en Europa apenas algunos abades de monasterios sabían leer en China miles de escolares se postulaban cada cierto tiempo para ocupar puestos en la administración imperial a través de un primitivo sistema de exámenes que medían principalmente los conocimientos de los aspirantes sobre literatura clásica china y caligrafía. 

Incluso, con el transcurso de los siglos, dicho sistema se fue haciendo más y más exigente obligando a los candidatos a superar sucesivas pruebas a nivel local y regional hasta acceder a los exámenes imperiales, los cuales podían llegar a durar varios días en los que el candidato permanecía aislado en un cubículo poniendo por escrito sin parar sus conocimientos.



De tal forma en tierras chinas se desarrolló y consolidó una amplia clase de intelectuales que compartía una cultura y unos ideales comunes, así como un cierto sentido de la meritocracia. Merced a lo anterior esa casta de burócratas fue la que nutrió y mantuvo en funcionamiento durante más de un milenio la estructura administrativa sobre la que varias dinastías diferentes asentaron sucesivamente su poder sobre extensos territorios. 

   Como no podía ser de otra manera además todo ello dejó su rastro incluso en la literatura y en el folklore popular. De tal forma resultan muy habituales los cuentos y leyendas chinos que tienen como protagonista a un estudiante que, mientras se desplaza a través de alguna zona inhóspita para acudir a los exámenes imperiales, vive diversas aventuras y en ocasiones se enamora de alguna misteriosa mujer que normalmente es la hija de un dragón, un espíritu bondadoso, o quizás malvado, un fantasma, etc.

Ahora bien, aunque tal sistema de oposiciones había sido un logro de una modernidad extraordinaria en tiempos de nuestro medievo, pasados los siglos ese factor de modernidad se fue diluyendo hasta llegar un momento, quizás a partir del s. XVI o XVII, en que empezó a convertirse en un serio lastre para el progreso y la modernización del país. De hecho una de las novelas chinas más importantes del s. XVIII escrita por Wu Jingzi y cuyo título sería algo así como Los estudiosos en parte satiriza el sistema y los personajes que pululaban por entonces en torno al mismo. 

A fin de cuentas trabajar para la administración se había convertido en un medio de promoción social sin parangón en China y pronto la práctica totalidad de las mentes más cultivadas de todo el territorio chino empezaron a dedicar buena parte de su tiempo a prepararse para las exigencias de dichos exámenes. El problema es que tales exámenes se quedaron anclados en el pasado, limitados a calificar la capacidad memorística de los estudiantes y sus conocimientos sobre antiguos manuscritos confucianos, totalmente al margen de cualquier saber con sentido práctico realmente útil para la gestión del imperio o encaminado a fomentar el progreso tecnológico. Pero, en cualquier caso, como eso era lo que se exigía saber a los aspirantes, resulta que a aprender tales "tonterías" es a lo que dedicaban los mejores años de su vida la mayoría de los estudiantes chinos más brillantes. Con las consecuencias que uno puede esperarse de tal desperdicio de talento colectivo (básicamente algo parecido a lo que había ocurrido en Europa durante los siglos álgidos del período feudal, durante los cuales la mayor parte de los intelectuales europeos ocupaban su tiempo en el análisis obsesivo de la Biblia).

De hecho es posible que el sistema de exámenes imperiales fuese una de las causas para explicar el estancamiento de la cultura y la economía de un país como China que era mucho más avanzado y próspero que todos los reinos de Occidente juntos allá por el s. XV y sin embargo llegados a finales del s. XVIII se empezó a ver completamente superado por el progreso de los "bárbaros occidentales" en todos los órdenes del conocimiento teórico y muy especialmente en todo lo que respecta a la generación de tecnología y la mejora de los mecanismos de producción.

Aunque llegados a ese punto el sistema de oposiciones chino aún estaba por generar su más negativa consecuencia.

En 1814 en una familia pobre de la provincia de Guangzhou en el Sur de China nació un niño al que sus padres pusieron por nombre Hong Huoxiu. El pequeño Hong pronto mostró ciertas dotes intelectuales debido a lo cual sus progenitores dedicaron enormes esfuerzos en darle una educación, con la vista puesta en que algún día pudiese aprobar los exámenes imperiales, obtener así una buena posición social y en última instancia sacar a la familia de la pobreza.

Imaginad la presión que sufrió aquel chaval, la responsabilidad que sintió recaer sobre sí mismo y que le llevó a dedicar toda su juventud al febril estudio con la esperanza de obtener un buen trabajo tras aprobar las consabidas oposiciones. De cara a ello Hong llegó a aprenderse de memoria todas las obras de Confucio, pero sin embargo nunca consiguió superar las malditas oposiciones imperiales, por entonces ya un vivero de corruptelas, trampas y subjetividad, debido a lo cual fracasó en cuatro intentos sucesivos de aprobarlas.

  Por culpa de esos reveses el pobre Hong sufrió un colapso nervioso del cual emergió convencido de ser el hermano pequeño de Jesucristo (sí, el de la Biblia; "nuestro" Jesús) y tras ello inició un movimiento inicialmente religioso, pero que más adelante se convirtió también en militar, para asentar el poder de “su” Reino Celestial en toda China.

Si bien lo anterior puede parecernos ligeramente delirante (pero quienes somos nosotros para juzgar) lo cierto es que la revuelta de tintes místicos y milenaristas iniciada por Hong tuvo bastante éxito al principio (promovía cambios por entonces revolucionarios y muy progresistas como el reparto equitativo de la tierra o una cierta igualdad de sexos con la consiguiente admisión de las mujeres en las oposiciones) lo cual desembocó en el estallido de una guerra civil que se extendió por todo el Sur de China y que nosotros en Europa conocemos historiográficamente como la “rebelión Taiping”. Dicha revolución supuso en un conflicto a gran escala con tintes de exterminio que se prolongó durante casi dos décadas y causó, según las estimaciones más conservadoras, unos 15 millones de muertos (otras cifras oscilan entre los 25 y los 100 millones de muertos, la mayor parte población civil). Tal es así que dicha revuelta puede considerarse uno de los conflictos más sangrientos de la historia en fechas previas a las Guerras Mundiales, aunque en Occidente sea prácticamente desconocida e ignorada. De hecho sus consecuencias fueron bastante importantes puesto que la rebelión Taiping contribuyó a debilitar de forma decisiva al poder imperial en China, producto de las pérdidas demográficas y militares que el Estado central sufrió pese a vencer el conflicto, lo cual dejó definitivamente China a merced de las cada vez más agresivas potencias occidentales en la llamada “época de los tratados desiguales”.

Pero lo que a mí me interesa resaltar de todo esto es su valor profético, porque a fin de cuentas algo parecido se está incubando en España. Tal y como intenté explicar en la anterior entrada del blog el sistema de oposiciones para el acceso a la función pública en España no funciona. Está carcomido por la corrupción y por sus mecanismos subjetivos, profundamente aleatorios, así como por el enfoque eminentemente memorístico de todo el proceso. Al igual que en la antigua China en la España de hoy buena parte de las mentes más brillantes formadas en nuestro sistema de instrucción público pierden largos años de su vida estudiando temarios antiguos y que no poseen más utilidad que la de servir para superar un azaroso examen en la esperanza de acceder a un puesto de trabajo digno. Como en la administración del Estado no hay sitio para todos, ni siquiera para una mayoría de todas esas personas, y por su parte la iniciativa privada no es capaz ni tampoco desea ofrecer una alternativa viable, cada año el país desaprovecha así el tiempo de cientos de miles de estudiantes jóvenes y capaces, los cuales por tanto canalizan sus esfuerzos hacia algo igual de provechoso para el conjunto de la sociedad que estudiarse de memoria las obras de Confucio.

              

Me pongo a pensar y llego a la conclusión de que de ahí solo puede salir un nuevo Hong. Porque es exactamente lo que España se merece y porque además, si Jesucristo ha de tener un hermano pequeño, qué menos que sea español. 

Así que no puedo dejar de maravillarme una vez más de lo bien que nos conocen los chinos. 

Lo dicho, esos cabrones nos tienen calados. 



viernes, 30 de diciembre de 2016

Los que te fockan


Hay que extender la sensación de dominancia eliminando sin escrúpulos a todo aquel que no piense como nosotros.

(General Mola citado por Hugh Thomas) 


                   



Supongo que casi todos mis fieles lectores os habréis enterado del reciente revuelo mediático que se ha montado en torno a Fernando Suárez, rector de la Universidad pública Rey Juan Carlos de Madrid. Todo empezó cuando hace unas semanas salió a la luz pública que él, máxima autoridad de dicha institución académica, había cometido plagio en varios textos presentados como propios. La cuestión es que a raíz del mencionado escándalo se ha ido descubriendo, mediante sucesivas revelaciones, que en realidad casi todo el currículum de ese individuo había sido construido mediante trampas semejantes. La última vez que consulté noticias al respecto ya eran más de diez las publicaciones firmadas por él en las que había recurrido a la copia de trabajos pertenecientes a otras personas.

Pero en realidad dicho “escándalo” por el que todo el mundo se rasga las vestiduras no es tal en la medida en que, en primer lugar, aunque no se puede decir alto y en público, lo que Suárez ha hecho es práctica común sotto voce en muchas altas instituciones educativas, políticas y culturales de nuestro país. En parte porque en términos legales no tiene consecuencias prácticas en forma de sanción punible. 

                   

   Además, en segundo lugar, y me parece lo más importante del asunto, en realidad todo el que estuviera metido en el mundillo educativo conocía muy bien quien era este señor desde hace bastante tiempo. Por lo cual puede decirse que muchos de los que ahora se cubren la cabeza de ceniza y despotrican indignados de cara a la galería sabían perfectamente que estas cosas, y otras mucho peores, sazonan la trayectoria vital de este personaje.

Si no me creéis os recomiendo dar un buen vistazo a este artículo por ejemplo. Porque el caso es que hace seis años a Fernandito lo grabaron en una reunión chantajeando a un profesor de su universidad bajo la amenaza de represaliarlo a él y a todo su departamento si, literalmente, no aceptaban la consigna de amargarle la vida a uno de sus compañeros, el cual había cometido la osadía de oponerse a Pedro González-Trevijano por entonces patrón de Suárez y omnipotente rector de la Universidad Rey Juan Carlos. La cosa acabó en juicio y el juicio en agua de borrajas como suele suceder en estos casos. De hecho resulta irónico el desenlace porque el señor González-Trevijano con el tiempo terminó, a través de la consabida patada hacia arriba, nada menos que formando parte del Tribunal Constitucional (para que nos hagamos una idea de cómo está el país) y legó “su” puesto de rector a su fiel sicario, nuestro amigo Fernando Suárez, que es así como accedió a la función de rector, no por sus méritos académicos, que como ahora algunos han descubierto nunca fueron reseñables, sino mediante el uso de los auténticos mecanismos de promoción internos en la Universidad española. A saber, mediante el ejercicio de una fidelidad a toda prueba al señor feudal adecuado y una crueldad implacable a la hora de eliminar a los disidentes y librepensadores que se interponen en el continuo girar de los engranajes de ese sistema secular. De hecho bajo la batuta de Suárez el departamento de Estadística de "su" Universidad, del cual había salido la voz disidente que tanto trabajo le supuso silenciar en la época de la grabación antes mencionada, pasó de tener más de veinte profesores a apenas media docena de ellos, malviviendo sin asignaturas, sin fondos y acosados sin tregua por las fieles huestes a las órdenes de Fernando Suárez.

Esto es lo primero que hay que tener en cuenta para entender la trayectoria de ese personaje y contextualizarla, porque además su figura es muy interesante y explicativa de lo que son los problemas de la Universidad española actual y no solo por el plagio. De hecho el plagio es quizás lo menos interesante de su carrera. Insisto que deis un vistazo al enlace que os recomendé unos párrafos más atrás y os detengáis en escuchar el audio del comienzo. No tiene desperdicio la conversación que se da entre dos “intelectuales” de nuestro sistema académico la cual en realidad no desentonaría para nada en una reunión de la mafia siciliana si no fuese porque los mafiosos por lo menos de vez en cuando fingen respetar ciertos códigos de honor.

En ese sentido Fernando Suárez no solo ejemplifica el ordenamiento feudal y las vendettas políticas que carcomen la universidad en España, sino también el brutal nepotismo en el seno de la misma, sobre todo en los departamentos ligados a Humanidades y Ciencias Sociales. A fin de cuentas Fernandito no deja de ser un hijo de su padre, Luis Suárez Fernández, premio Nacional de Historia (entre otras cosas gracias a sus fuertes vínculos con la familia de Francisco Franco), quien (sorpresa) ya fue a su vez también rector, en su caso de la Universidad de Valladolid.

Como se trata de una saga familiar universitaria con orígenes asturianos a mí esta cuestión me toca muy de cerca porque yo también soy asturiano y he tenido el “privilegio” de observar de cerca y en primera persona el desempeño de otras poderosas sagas familiares universitarias vinculadas de alguna forma a esa región: caso de los Uría, los Ruíz de la Peña o los Alarcos. Por eso he decidido que hoy voy a hablaros un poco del problema de la educación en España, o al menos de algunos aspectos tangenciales al mismo que no suelen ser mencionados en los frecuentes debates al respecto. Debates donde se abordan en cambio cuestiones bastante trilladas, como el evidente problema que supone el continuo cambio de las leyes educativas en vigor respecto a la enseñanza Secundaria, el aumento del número de alumnos por clase, la reducción de las partidas presupuestarias dedicadas a educación, o los siempre polémicos datos del último informe PISA de turno (habitualmente malos en el caso español, sin que eso en sí mismo sea particularmente significativo). 

A mi juicio detenerse una y otra vez en esos puntos, así como temas lingüísticos relacionados con Cataluña y otras cuestiones similares, impide apreciar realmente la dimensión del problema al abordarlo siempre desde una perspectiva sectorial (se discuten por un lado los problemas en los colegios e institutos y por otro, de forma separada y con menor frecuencia, los problemas del mundo universitario) cuando en realidad el tan manido problema de la enseñanza en España es en realidad un todo indisoluble que se incuba en la educación Secundaria pero que luego se perpetua debido a los también tremendos problemas del sistema universitario español (a fin de cuentas no sirve de nada tener una excelente enseñanza Secundaria si luego las instituciones que deben recoger ese trabajo e insertar laboralmente en la sociedad a esos alumnos –es decir las universidades- están profundamente podridas hasta el tuétano).

Posteriormente todo el asunto se agrava aún más debido asimismo con la inexistente voluntad de los sucesivos gobiernos de España de dedicar esfuerzos y partidas presupuestarias importantes a la investigación (desaprovechando de esa forma las mejores mentes que el sistema universitario, no se sabe cómo, aún produce).

Y a todo lo anterior hay que añadirle asimismo, por un lado la incómoda realidad de un sistema económico que en nuestro país tiende a privilegiar sectores como el turismo, la construcción o la captación de rentas a través de la banca, dando lugar a un tejido empresarial que en su mayor parte no necesita en grandes cantidades (así como suena) personal altamente culto y cualificado (más bien precisa de mano de obra barata y sumisa sin muchas expectativas vitales). Y por otro lado hemos de considerar también los efectos en los estudiantes de una sociedad con unos horarios laborales delirantes debido a los cuales los padres cada vez pasan más horas fuera de casa explotados en sus trabajos de mierda o sus negocios precarios y donde, como consecuencia, los niños y adolescentes no reciben ni a través de la familia ni de los mass media (otro factor a añadir a todo esto) refuerzo positivo alguno que inculque en sus cerebros la falsa pero muy conveniente idea de que el trabajo duro, el esfuerzo, la honradez y el estudio, resultan imprescindibles para triunfar en la vida o al menos otorgan una justa recompensa. A fin de cuentas cualquier adolescente no completamente retrasado que encienda su televisor o simplemente analice con un poco de detenimiento a sus ojerosos padres y profesores puede extraer la conclusión de que algo falla en el discurso buenrollista, vacío de contenido, que de vez en cuando les sueltan esas personas.

Porque lo cierto es que si bien es mejor tener estudios que no tenerlos hoy en día en España no está tan claro que eso suponga una ventaja decisiva en la vida o que recompense de forma diferencial el esfuerzo. En 2012 (que es el año en que he encontrado datos), en el conjunto de España la tasa de paro era del 25% y “solo” del 15% entre la población con educación superior. En este último caso un año después de haberse titulado, el 48% de los licenciados ocupaba un puesto de trabajo cuyo requisito específico era poseer un título universitario. Pero habría que aclarar qué tipo de puesto laboral. De hecho el 49% de los recién titulados tiene al año siguiente de acabar la carrera una base de cotización inferior a los 1.500 euros (algo que en nuestro país nos parece normal pero que no lo es). Y centrándome en las carreras de Humanidades (que es lo que conozco de primera mano) y en menor medida los estudios de Ciencias Sociales en general, el porcentaje de egresados que encuentra un trabajo relacionado con sus estudios es francamente reducido. Por norma ese tipo de licenciados acaban hallando trabajos de camarero, comercial, de ayudante en un negocio de la familia, o de cajera en un supermercado, ocupaciones que sirven para enmascarar las desastrosas estadísticas pero sin que esté completamente claro que ese acceso al mercado laboral se deba en alguna medida a tener estudios universitarios o no tenerlos. Incluso tales estudios pueden valorarse como una desventaja en algunos casos al retrasar durante muchos años, a veces una década, el ingreso en el mundo del trabajo para luego pasar a ocupar trabajos inseguros, mal pagados y poco cualificados, que se podrían haber cubierto igualmente sin haber invertido cinco, ocho o diez años y mucho dinero y esfuerzo en cursos, másteres y a veces infructuosos intentos de obtener una plaza de profesor mediante una oposición, tras lo cual esa persona de 28 o 30 años que ha vivido en una burbuja todo ese tiempo tiene que dar marcha atrás, resetearse, volver a estudiar un módulo de formación profesional o simplemente buscarse la vida madurando a marchas forzadas para encontrar una ocupación remunerada del tipo que sea.

Todo esto hace que ningún cambio de gobierno, de leyes educativas o de partidas presupuestarias, dotando de más o menos pizarras digitales o de ordenadores a los colegios, o aumentando el número de profesores, vaya a cambiar absolutamente ningún aspecto realmente decisivo de lo que es ahora mismo un desastre colectivo con unas potenciales consecuencias de futuro monstruosas y que por ello constituye quizás el principal problema al que se enfrenta España. A la altura del paro o el envejecimiento de la población y muy por encima de otras cuestiones que ocupan mucho más espacio en el debate colectivo a nivel de calle.

La originalidad del punto de vista que pretendo desgranar a continuación consiste en que voy a partir de una idea muy simple, pero un tanto inquietante: dado que resulta imposible que por algún misterio genético los niños españoles sean más tontos o tengan una mayor predisposición innata hacia la violencia o la vagancia que los niños de otros países de nuestro entorno, la esencia del problema del sistema educativo español estriba en su filosofía de fondo y sobre todo en la gente que lo gestiona.

Y en relación con lo anterior conviene recordar que el sistema educativo no está solo en manos de los políticos profesionales. Ellos pilotan el barco, sin duda en la dirección equivocada, pero les resultaría literalmente imposible hacerlo sin la colaboración o en todo caso la pasividad cómplice de los miles de profesores que, cual funcionarios alemanes de la época nazi durante los años del Holocausto, permiten que un sistema absurdo siga funcionando mientras, eso sí, despotrican del mismo en privado cada vez que tienen tiempo para tomarse un café al ser los primeros que conocen al detalle las sombras del mismo. Pero claro, esas personas también tienen facturas que pagar y por ello obedecen fielmente las directrices que les llegan, por muy absurdas y negativas que sean, salvo quizás en el caso de algunas honrosas pero insignificantes excepciones, los típicos héroes solitarios cuyo destino, una vez que la ilusión inicial va siendo sepultada poco a poco por la realidad, es una baja indefinida por depresión en torno a los 45 o 50 años. 

   Oposita que algo queda

Cuentan que en la España de los años 40 un pariente lejano le pidió trabajo al líder falangista Girón de Velasco. Tras proponerle éste ocupar la jefatura de una dirección general, una secretaría de Estado o algún otro puesto similar, el pariente, llevándose las manos a la cabeza, le contestó que aquello era demasiado para él, que todos esos cargos le venían muy grandes ya que apenas sabía leer y escribir, por lo que a continuación le preguntó si no tendría un puesto de oficinista, o de peón, o algo así. A lo cual Girón, impasible, le respondió: “para eso tienes que hacer oposiciones”.

Esa es una verdad que sigue siendo válida en la España actual. El caso es que pese a su evidente dureza muchos de los problemas del “sistema administrativo” (en general) en España comienzan por sus peculiares mecanismos de selección de personal que en el caso concreto de la enseñanza Secundaria consisten en un sistema de oposiciones subdividido a su vez en una amalgama de taifas autonómicas en cada una de las cuales operan criterios de puntuación y selección de profesores aparentemente similares pero sibilinamente diferenciados y que se orientan, entre otras cosas, a favorecer a los opositores “locales” frente a los de “fuera”.

Hay comunidades donde el examen es corregido directamente por escrito, otras donde se redacta pero luego el opositor es llamado a “leerlo” delante del tribunal. Comunidades donde la parte práctica puntúa un poco más o se dispone de media hora más para desarrollarla, otras donde puntúa un poco menos... Y así otras docenas de pequeños detalles. A partir de ellos se introduce un elemento azaroso y subjetivo que posee una importancia exponencial en el acceso a la función pública en general, muy especialmente en el acceso a una plaza de profesorado, y aún más en disciplinas tan difíciles de evaluar como la enseñanza de Arte, Historia, Geografía, Literatura o Filosofía, campos donde los evaluadores pueden suspender a un opositor simplemente porque tienen una opinión distinta sobre cuál es la respuesta correcta a una pregunta, o les molesta ideológicamente la visión que el opositor tiene acerca de un determinado tema. 

Esto es difícil de comprender para las personas que no hayan pasado por ello pero actualmente la obtención de una plaza fija de profesor en Secundaria depende de un mecanismo cuya justica se parece mucho a la de la lotería de Navidad en la medida en que lo que dictamina el resultado del proceso va a ser en gran parte la suerte del opositor de turno durante los sucesivos sorteos de “bolas”.

De tal forma para obtener una plaza de profesor es necesario acertar en primer lugar con la decisión de presentarse en una Comunidad Autónoma en un año en que esta convoque abundantes plazas (porque no existe nada parecido a una oposición única para todo el territorio del Estado), luego en relación con el apellido se te asignará aleatoriamente un tribunal y un orden dentro del mismo. Si por una mala casualidad el opositor debido a su apellido cae en un “mal” tribunal, dirigido por varios miembros particularmente duros o desganados (quizás porque han sido obligados a formar parte del mismo y no quieren estar allí) obtener una plaza ya se hace muy complicado.

Luego importa muchísimo la suerte en el sorteo de temas. Si no sale entre los tres o cinco sorteados uno de los que dominas, o al menos un tema en el que es posible “lucirse”, tus posibilidades son nulas. Esto es así sobre todo en Comunidades donde no se hace un único sorteo para todos los tribunales sino que se hace un sorteo independiente para cada tribunal, porque en este último caso el opositor de turno se enfrenta a unos temas aburridos y/o complicados mientras en la sala de al lado o de encima hay otras cien personas examinándose de temas distintos, más fáciles para ellos o más atractivos para las personas que corrigen y que, por consiguiente y por pura lógica, van a derivar en que esos opositores lleguen a la siguiente parte de la oposición con mejor nota.

Si además el opositor de turno se encuentra en una Comunidad donde el examen se “lee”, en función del día y la hora que por azar le sea asignada sus posibilidades de nuevo crecen o disminuyen. A fin de cuentas si en un determinado tribunal que ha de corregir a cien opositores (y del que por pura lógica solo las ocho o diez mejores notas van a tener posibilidades de trabajar) eres llamado a leer digamos el número 72 un jueves por la mañana antes de “la hora de una pausa para el café”, o el número 95 un viernes por la tarde a la hora de la siesta, tus posibilidades disminuyen de forma exponencial independientemente de que tus conocimientos sean extensos y todas tus respuestas correctas porque a esas alturas "todo el pescado está vendido" y además los miembros del tribunal están agotados y no prestan apenas atención a la hora de evaluar.

Y todavía no he hablado del sorteo de bolas para decidir qué Unidad Didáctica de una programación se defenderá ante el tribunal en la siguiente fase de la oposición. La cual cuenta de nuevo con un potente elemento subjetivo pues, más allá de los supuestos criterios "objetivos" de calificación que se esgrimen, en buena medida la nota en esa parte deriva de caerle “bien” o mal a las cinco personas que te van a puntuar.

Todo ello para desembocar luego en una delirante fase de méritos donde se suman puntos por las más variadas cuestiones y donde según la Comunidad y la convocatoria se pueden valorar muchísimas cosas contando más, menos, o incluso nada, la experiencia docente en colegios privados, como becario de Universidades, los premios recibidos, las calificaciones universitarias, los doctorados, los másteres, cursos de diverso tipo, el conocimiento de idiomas y muchos otros posibles criterios que como digo van variando en el tiempo y el espacio según qué año y en qué Comunidad Autónoma te presentes.

El resultado de lo anterior es que salvo casos afortunados lo más habitual es que el profesor de Secundaria tipo en España sea el producto, en primer lugar, de largos años de estudio en la Universidad, no solo para obtener una Licenciatura sino también luego el obligatorio Master de profesorado. El cual, por cierto, es público y notorio para todo el que haya pasado por el mismo que no sirve para nada ni tiene la más mínima relación con la realidad educativa de campo en España, ya que en muchos casos lo imparten profesores universitarios que nunca han trabajado con niños, siguiendo a su vez las teorías abstractas de pedagogos extranjeros que sí han trabajado con niños pero hace décadas o en sistemas educativos distintos al español.

Luego quizás el futuro profesor de Secundaria curse un doctorado y una beca postdoctoral pero tras varios años dudando entre la pedagogía y la carrera investigadora resulte que al final por variadas razones (básicamente porque no encuentre un sitio en la Universidad) decida entrar en el maravilloso mundo de las oposiciones de profesorado. Tras lo cual descubre que le será necesario estudiar casi de cero, durante uno o dos años más, el temario de su disciplina pues el mismo no tiene relación alguna con lo que se estudia en la Universidad y sí con lo que se enseña teóricamente en Secundaria (en realidad con lo que se enseñaba, por ejemplo actualmente las oposiciones para profesor de Historia, Arte o Geografía se realizan en base a un temario concebido en 1993 y hoy totalmente desfasado, promulgado cuando además existía para esos estudios una licenciatura universitaria común que hoy ya no existe).

Como además el mecanismo de las oposiciones presenta interesantes componentes aleatorios a los que antes hice mención, resulta que al opositor de turno le va a resultar casi imprescindible presentarse varias veces sucesivas a la oposición hasta que los astros se alineen y se tope con un sorteo de temas y un tribunal propicios para obtener una buena nota. Esto, insisto, es casi independiente del nivel de conocimientos que se poseen. Obviamente si eres tonto por simple casualidad no apruebas una oposición de profesorado. Pero sabiendo mucho y siendo un genio necesitas además, obligatoriamente, un mínimo de suerte y que una serie de factores coincidan en tu favor de cara a obtener una plaza (además de poseer puntos por experiencia docente, la cual solo se obtiene trabajando de interino... tras aprobar una o dos veces previamente las oposiciones).

Teniendo en cuenta que en el mejor de los casos se convocará una oposición cada dos años (en el caso de disciplinas de Humanidades es posible que pasen el doble de años o más) resulta que para poder presentarse por segunda o tercera vez al proceso hagan ustedes la cuenta de los años de espera necesarios.

Así hasta que al final de esa rueda el Estado concede su anhelada plaza fija a una persona que por entonces ya ronda unos 35-45 años y que lleva en ese momento unos quince años de su vida estudiando muchas horas al día la mayor parte de las veces dedicadas a memorizar cosas que objetivamente no le van a servir nunca para nada (ni a él a título personal ni a sus futuros alumnos) porque se trata de datos desfasados o sin plasmación práctica en la materia que va a dedicarse a enseñar. Aunque, eso sí, al final de tanto esfuerzo absurdo esa persona tiene una plaza de la cual nadie puede desalojarlo aunque en adelante se dedique a rascarse la barriga. 

Y ahora hagamos un esfuerzo de introspección. Esa persona sagaz que inevitablemente tras recorrer todo ese proceso delirante tiene que haber perdido un poco de fe en el concepto del conocimiento como panacea y la educación como algo divertido. Esa persona que además ha terminado como opositor a profesor de Secundaria no siempre porque le encanten los adolescentes sino porque en ocasiones simplemente no obtuvo plaza en una Universidad o una salida salarialmente digna en la empresa privada. Bueno pues esa persona se supone que en adelante, tras la consecución de su plaza, ha de exhalar ilusión, alegría, amor por el estudio y por la enseñanza y convertir cada una de sus clases en una experiencia única y divertida, por supuesto preparándolas en su tiempo libre y por tanto quitando ese tiempo a su vida personal y familiar (la cual a esas alturas ya se habrá deteriorado un tanto debido a las exigencias de los últimos años de carrera, la tesis, el master o el estudio necesario en vistas a la oposición). Obviamente la realidad es que llegados a ese punto al profesor-tipo su cuerpo y su mente le piden más bien descansar por fin y emplear el relativamente sustancioso salario que va a obtener en planificar abundantes viajes con Ryanair para todos los puentes del año, despreocupándose entre ellos de cualquier otra cosa. 

                  

Pero es que además se supone que esa persona, ese futuro profesor ha de poseer carisma y una gran capacidad de hablar en público o de manejar emocionalmente a otras personas. Precisamente cosas que nadie le ha enseñado ni evaluado nunca. Y por último, para rizar el rizo, sería adecuado que cuando sus alumnos lo escuchen cantarles las bondades del estudio deberían notar que habla en serio, que es un triunfador, una persona exitosa, satisfecha de sus decisiones, que realmente está a gusto con su vida y con el camino lleno de mierda que le ha llevado hasta allí (en un país que valora bastante más a los futbolistas y los concursantes de Gran Hermano que a los profesores) y que además sinceramente cree que los contenidos que imparte a sus alumnos, en el seno del sistema socioeconómico español actual, resultan no solo útiles sino incluso imprescindibles para tener una vida adulta plena, feliz y exitosa.

Buena suerte con eso porque a mi juicio, salvo unas pocas excepciones, la persona que realmente se cree eso es tonta o fan de Paulo Coelho.

Como los párrafos anteriores pueden parecer el simple desahogo de un amargado, vamos a darles algo de consistencia.

Lo que intento exponer hablando de las lindezas del proceso de selección de profesorado de Humanidades para la Secundaria es un aspecto de un problema más general ligado al propio sistema de oposiciones de acceso a la función pública en España en su conjunto. El cual no está orientado a escoger personas que luego vayan a desempeñar bien su función sino que escoge a gente con buenas capacidades memorísticas aplicadas al estudio de un temario que en general tiene poco que ver con la realidad del futuro trabajo para el que se oposita. Por tanto de ahí se deriva que el sistema para escoger al profesorado de enseñanza Secundaria en España se basa en analizar en los candidatos destrezas y conocimientos que en muchos casos no tienen relación con la función que luego van a desempeñar. Y por ello nuestro sistema de oposiciones, contra lo que mucha gente piensa, no es para nada un modelo universal, en realidad no tiene demasiado que ver con los mecanismos seguidos en otros países del mundo de cara a la contratación de personal para el aparato del Estado. De lo anterior se deduce que debates como el de la hipotética aplicación del “modelo educativo finlandés” en España resultan absurdos porque no basta para ello cambiar los contenidos evaluables, las prácticas educativas, o la dotación de recursos de los centros de estudio, sino (sobre todo) la forma en que se escoge al personal encargado de llevar a cabo la educación de los estudiantes. Ya que ese procedimiento en España es simple y llanamente delirante y no sirve para seleccionar de forma eficiente y rápida a buenos profesores jóvenes e ilusionados. 

Por el contrario en España el sistema de oposiciones actual es un sistema que demanda varios años dedicados exclusivamente a preparar la oposición una vez terminados los estudios digamos “oficiales”. E incluso después el sistema de oposiciones en España de modo general casi exige presentarse varias veces a la oposición hasta que se conocen los complicados entresijos de la misma y se alinean unas serie de factores ya que, insisto, el sistema es muy poco meritocrático al ponderar en exceso componentes subjetivos y aleatorios.

Pero esto no lo digo solo yo. En España la persona que mejor ha estudiado la cuestión de la aleatoridad y subjetividad de los tribunales de oposición es quizás Manuel Bagüés. Del cual podéis consultar en especial este demoledor artículo. Y también tenéis abundantes datos en su página web. Es cierto que él ha estudiado de modo general los mecanismos del proceso opositor en España, pero no se ha centrado específicamente en la contratación de profesorado. No obstante lo que me interesa resaltar es que las peculiaridades y problemas generales del sistema afectan también los mecanismos concretos relativos a la selección de profesorado en la medida en que, al margen de todo lo comentado, por ejemplo las oposiciones de ese tipo en España ni son anónimas, ni cuentan con órganos independientes de supervisión del proceso de evaluación.

Se trata además de un sistema que ni siquiera garantiza la igualdad de oportunidades ya que cada vez en mayor medida se exige a los candidatos una importante solvencia económica para afrontar esos años de estudio, así como el pago del inevitable Master de Profesorado y luego de una serie de “cursos” que otorgan bonus y puntos para la oposición (cursillos que no sirven nunca para nada y que normalmente son impartidos por academias y sindicatos como forma de extraer plusvalías de los opositores a través de ese pequeño nicho de corrupción tangencial a las oposiciones en sí mismas).

Algunas propuestas en el sentido de limitar o mejorar esto. Aquí.

Y todo esto que he comentado no es sino el obstáculo de fondo para una realidad educativa a nivel de escuelas e institutos donde luego los problemas estructurales son muchos más. Empezando por la influencia que una institución medieval como la Iglesia aún mantiene en la educación (no solo por la presencia de la asignatura de religión sino a través de muchos colegios privados y concertados), hasta la que ostenta ANELE un poderoso lobby formado por las principales editoriales del país (Santillana, vinculada al grupo PRISA, o Anaya, entre otras), interesado en imponer el uso de sus materiales por parte del sistema.  

   Tierra de mandarines

Pero si ese es el sombrío panorama de la educación Secundaria, falta aún por describir el tétrico decorado que envuelve la posterior enseñanza universitaria en España.

Un sistema que en primer lugar está totalmente podrido, una vez más, debido antes que nada al pésimo sistema de contratación de profesorado. Podrido por los amiguismos, los chanchullos y la contratación de parientes o discípulos y el bloqueo sistemático de los “venidos de fuera” o de personas que piensan distinto de la línea oficial mantenida en cada Área y de modo más general en cada Departamento universitario. Según datos del año 2006, en el 95% de los casos el docente que ganó una plaza para enseñar en una Universidad española ya trabajaba en el centro donde logró un puesto fijo; y el 70% de ellos no tuvo ningún contrincante en la convocatoria de selección “abierta” (es habitual que las concursos públicos para cubrir una plaza sean auténticas emboscadas pensadas para mantener las apariencias, mientras que la realidad es que prácticamente toda plaza de profesor que se oferta nace “reservada” para alguien, normalmente debido a su amistad, parentesco o pacto de lealtad y fidelidad inquebrantable firmado con sangre ante el director de tesis de turno). De hecho en el curso 2013/2014 el porcentaje del cuerpo docente de la universidad pública que había estudiado en el mismo centro en el que luego fue contratado seguía ascendiendo a un 73% cuando en las universidades punteras de países avanzados ese porcentaje no suele superar el 10%.

La Universidad española es una de las más endogámicas y, por tanto, de las más corruptas y poco meritocráticas de toda la UE. Y no solo por el método directo de contratación de sus profesores sino porque todo el “sistema” hasta llegar a ese momento está pensado para que sea así.

Por ejemplo para poder acceder a las plazas universitarias primero has de pasar por una etapa de investigador. Y hasta para eso el propio sistema no es realmente meritocrático aunque por supuesto lo disimula muy bien al tener las partidas de becas como eje. Pero en los criterios de selección para las mismas no es el expediente académico del solicitante o el interés de su proyecto de investigación lo decisivo sino que son el currículum de su director de tesis (el cual tiene la potestad para escoger a dedo a qué persona patrocina y a cual no) o el “historial científico de los últimos cinco años del grupo investigador receptor” los criterios realmente decisivos. Eso al margen de diversos apartados bastante oscuros y de calificación libre dentro del proceso. Sobre estos aspectos consultar por ejemplo “Becas FPU y carrera docente universitaria: vestigios de un sistema feudal” de Vicente Soto Lozano, en Cuadernos Críticos del Derecho, año 2007.

Otro dato a considerar es el tradicional “mamoneo” en las calificaciones de los trabajos de investigación. Por ejemplo de las 379 tesis leídas en 2009 en la Universidad de Granada, 366 fueron calificadas sobresaliente cum laude. Sin duda una tierra de genios de no ser porque, como digo, lo anterior es práctica frecuente en todo tipo de universidades en España donde no solo la mayoría de las contrataciones están pactadas de antemano sino también las notas de los trabajos de investigación de las personas que luego con el tiempo gracias a ellos acabarán siendo contratadas.

A esto hay que unir el envejecimiento del profesorado. En las universidades españolas dos tercios de los funcionarios docentes tiene más de cincuenta años, con una edad media de los catedráticos de cincuenta y ocho. Como consecuencia la realidad es que la investigación y la docencia de élite en España están en manos de gente bastante vieja, carca y en general en declive.

Por eso no extraña a nadie que históricamente muy pocas universidades españolas hayan logrado aparecer alguna vez entre las mejor valoradas según las clasificaciones internacionales más reconocidas dentro del mundo especializado. Tal es así que resultan muy escasas las que han conseguido figurar alguna vez entre las 200 mejor valoradas por el ranking que periódicamente elabora la Universidad Jiao Tong de Shanghái o entre las 400 reconocidas por la publicación británica Times Higher Education. De hecho hace un par de años en el primer ranking mundial de universidades elaborado por la propia Unión Europea no aparecía ningún campus español entre los cien con mayor impacto investigador en el mundo. Hasta tal punto que la OCDE manifestó hace un par de años su preocupación por el bajo nivel de formación proporcionado por las universidades hispanas. 

En concreto España es el segundo país de Europa con menos universidades de prestigio en relación a su PIB. Todo un logro para un país con más de 80 universidades en funcionamiento (cincuenta de ellas sostenidas con dinero público).

Y claro, todo esto tiene sus consecuencias tangibles. España no ha tenido un premio Nobel científico desde hace más de un siglo si exceptuamos el caso de Severo Ochoa que trabajó en los EE.UU. Por comparación el Trinity College de Cambridge (que ni siquiera es una Universidad sino solo parte de una) ha producido por sí mismo treinta y dos en este tiempo. Otro dato: en 2010 el sistema universitario público español en su conjunto produjo 401 patentes, cuando hay profesores de instituciones como el MIT estadounidense que poseen en solitario más del doble registradas a su nombre.

Y aun así España es el sexto país más caro de la UE para estudiar un máster sólo por detrás del Reino Unido, Eslovenia, Irlanda, Hungría y Letonia.

Además en nuestro país la enseñanza universitaria no solo manifiesta problemas propios y peculiares sino que también refleja a gran escala problemas presentes en otros países. Por ejemplo las desastrosas consecuencias de la mentalidad basada en el “publica o muere”, aquí exacerbadas por nuestro peculiar modelo de organización feudal.

El “publica o muere” consiste en que desde hace tiempo a los profesores universitarios de todo el mundo se les evalúa y valora fundamentalmente en función de la cantidad de trabajos que logran publicar en las llamadas revistas de “alto impacto”. La consecuencia es que para el profesorado universitario pasa a ser una prioridad absoluta elaborar y publicar este tipo de artículos y todo lo demás se subordina a esa tarea. Se da a así la paradoja de que aquello por lo que teóricamente cobran, es decir impartir docencia y en definitiva formar a futuros profesionales de su campo de conocimiento, deja de tener valor e interés alguno. De hecho la tarea de enseñar pasa a ser para los profesionales universitarios una molestia que resta horas de cara a hacer lo que realmente les puede proporcionar prestigio: escribir artículos que casi nadie va a leer nunca.

Es así como, en mi campo particularmente, el intelectual crítico de antaño ha sido sustituido por el investigador hiperespecializado en alguna abstrusa cuestión que no sirve realmente para nada al resto de la sociedad y que dedica todo su tiempo y esfuerzo a publicar y publicar más y más páginas sobre dicha temática en revistas especializadas ignoradas fuera del propio colectivo académico. Los alumnos quedan excluidos de la ecuación y por ello se da la paradoja de que el profesor universitario que realmente dedique su tiempo a preparar sus clases y a preocuparse por sus alumnos se verá pronto excluido de las mejores promociones, ya que inevitablemente “publica poco”, cuando no acabará arrinconada por sus propios compañeros al generar en los alumnos unas lógicas expectativas que el resto de profesores no pueden, o más bien no quieren, cumplir.  

Esta enfermedad hace estragos especialmente dentro de la enseñanza de las Humanidades porque al menos en cuestiones de ciencia la hiperespecialización es buena y necesaria de cara a generar descubrimientos y patentes útiles, pero en el campo de las Humanidades el verdadero patrimonio ha sido siempre la formación de mentes con capacidad de relacionar información diversa a gran escala, de pensar en conjunto, de realizar diagnósticos globales, críticos, sobre la sociedad en que vivimos, y luego transmitir esa manera de pensar a cuanta más gente mejor. Debido a ello en el campo de las Humanidades y las Ciencias Sociales el burócrata ilustrado que se centra en imprimir páginas y páginas sobre cuestiones menores de cara a círculos muy reducidos de personas no tiene la menor utilidad social. Es un simple erudito, es decir un intelectual "capado". Podría decirse que en esos casos la sociedad en su conjunto lo que hace es nutrir un parásito cuando subvenciona el sueldo de este tipo de profesores en Universidades públicas, pues no solo su esfuerzo no aporta nada positivo al resto de la población, sino que genera resultados negativos al dedicarse a formar año tras año nuevas promociones de futuros parados sin perspectivas de futuro.

Además esa tendencia, como digo ahora mismo internacional, se ve agravada en España por nuestras peculiaridades propias, como es por ejemplo, y aquí regreso al comienzo de esta larga entrada, el estimular el plagio y las trampas de cara a minimizar el esfuerzo a la hora de producir los anhelados artículos con que sazonar el currículum de turno. Es ahí donde la red feudal que abarca prácticamente todo el sistema universitario patrio rinde sus beneficios en forma de hordas de becarios vasallos trabajando como negros literarios de sus señores con plaza fija con la vana esperanza de así acumular méritos para llegar a ser ellos a su vez promocionados un día a la categoría de señor feudal si se muestran suficientemente dóciles.

Todo esto posee sus causas digamos socioculturales y luego una dimensión legal en la medida en que nuestro sistema hace que en la cúspide de esos pequeños señoríos feudales los rectores no respondan ante los ciudadanos que son los que realmente sufragan mediante sus impuestos la mayor parte del presupuesto de las universidades (públicas), es decir son quienes pagan los sueldos de los profesores y en ocasiones sus delirios investigadores. Y tampoco depende realmente ningún rector de quienes, con el pago de tasas de matrícula, cubren el resto de dicho presupuesto, es decir de los estudiantes.

En realidad cada rector depende  en esencia del resto del personal docente de cada universidad con el que suele establecer un gran pacto clientelar basado en satisfacer las necesidades personales de esos profesionales a cambio de sus votos. Algo que puede acabar desembocando en líneas de actuación totalmente al margen de los intereses de los propios estudiantes, de la sociedad, o de la promoción del conocimiento en sí misma.

Hablamos de un sistema feudal en el que los intereses de los campesinos no cuentan, solo los del señor y sus vasallos. Y no existen mecanismos de control o represalia por parte de ningún poder externo a la cúspide de esas burbujas autónomas dentro del sistema educativo estatal. Las universidades públicas se convierten así en una aspiradora de dinero y subvenciones en favor de una casta académica (unida por vínculos familiares o de lealtad) que no tiene obligación alguna de devolver al resto de la sociedad esa inversión colectiva bajo forma alguna. En realidad todo ese flujo de capital se deriva hacia la única tarea que interesa a los profesionales universitarios: estudiar las cosas que a ellos les gustan (aunque no sirvan para nada) y de paso agrandar su currículum de la forma que sea. El medio convertido en un fin en sí mismo y los intelectuales convertidos en hormigas dedicadas a construir superestructuras de papel cuya utilidad nadie conoce, pero que tampoco nadie se para a preguntar.

El resultado final de todos estos males, empezando por la endogamia y el nepotismo, hasta llegar a la desconexión absoluta de muchas Facultades (particularmente dedicadas a la enseñanza de Humanidades) respecto a los intereses del resto de la sociedad, y más en concreto las tendencias y necesidades del tejido empresarial, es desgraciadamente la corrupción.

Y de ahí todo lo demás. En el momento en que parte de los mejores y más cultos pensadores disponibles para una sociedad, en este caso la española, pasan años revolcándose en el amiguismo, las conspiraciones, los pequeños chanchullos (tú me invitas a tu congreso y así cobro dietas a cargo de mi Universidad y luego yo te invito al mío y cobras las dietas tú, etc.) y la servidumbre (tú vienes a la lectura de tesis de mi becario y le pones la máxima nota y luego cuando llegue el momento yo voy como tribunal a la del tuyo y hago lo mismo) el resultado no puede ser otro que la putrefacción de los valores, de la ética colectiva y, en última instancia, el olvido de todo proyecto de mejorar la sociedad para pasar a concentrarse en objetivos menores y más tangibles como llenarse los bolsillos o simplemente ir tirando y no complicarse la vida.

Es en parte debido a ello como se explica, por ejemplo, la proliferación en los últimos años de másteres y cursos de postgrado dedicados a materias como la Homeopatía impartidos en universidades supuestamente serias (desde la U. Francisco de Vitoria, a la de Zaragoza, pasando por la Universidad Internacional de La Rioja, la Universidad Jaume I o incluso la UNED). Y también se explica así que la “libertad de cátedra” se use en muchas universidades españolas para el lavado de cerebro de los alumnos y la pura propaganda ideológica. Observad este impagable vídeo de una clase, precisamente en la Universidad Rey Juan Carlos regida por el eximio Fernando Suárez, donde un profesor explica a sus alumnos cómo la próspera “economía liberal de mercado” del Imperio romano se derrumbó como consecuencia “del socialismo”, evitando con ello que “el hombre llegase a la Luna en el año 800”.

                   

Resulta que estáis pagando estas cosas con vuestros impuestos y con el dinero que dais a vuestros hijos para que estudien.

En la media en que el sistema feudal universitario conlleva que son los profesores de cada Área académica los que tienen la voz cantante a la hora de elegir al nuevo personal, la endogamia familiar y también intelectual se impone y en cada Universidad e instituto de investigación se forman así verdaderas sectas del pensamiento dedicadas a perpetuar su propaganda entre el alumnado y a expulsar sistemáticamente de sus dominios señoriales a todo investigador que no comulgue con sus ideas. No resulta extraño por tanto que buena parte del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en España sea conocido por estar controlado por personas próximas al Opus Dei, igual que la Universidad de Navarra, por cierto. Mientras que ESADE y Deusto mantienen vínculos con la Compañia de Jesús. Informaos también un poco de la nauseabunda trastienda de la celebérrima UCAM murciana, famosa de un tiempo a esta parte por su refulgente programa deportivo. En definitiva la Universidad, supuestamente el lugar de trabajo de los mejores intelectuales de un país, convertida en reducto corrupto y conservador y nido de una casta dedicada a succionar recursos al resto de la sociedad, como ya lo son en España la Iglesia, el Ejército, los sindicatos o los grandes partidos políticos y muchas otras instituciones y organizaciones españolas que supuestamente deberían velar por el bien y el progreso colectivo pero que se están pudriendo desde dentro al desviarse de su fin original para limitarse a velar por sus propios intereses.

A mi juicio ese es el problema central del asunto y por ello todo debate que se pueda organizar en torno a la próxima ley educativa de Secundaria o la dotación presupuestaria para tal o cual colegio o instituto de investigación no sirve para nada en tanto que existe un problema de corrupción central en todo el sistema. Un problema tan grande que impide que cualquier transformación epidérmica y coyuntural que se decida llevar a cabo sobre una parte del todo funcione ya que la realidad profunda es que las personas encargadas de administrar con éxito esa medicina están en su mayoría profundamente desmotivadas, humilladas, cansadas, jodidas o directamente no tienen interés en cambiar las cosas porque no les conviene.

Y así, hasta que no se haga limpieza ahí dentro, pues no se puede hacer nada. Y da la casualidad de que hoy en día en España ni existen iniciativas en ese sentido por parte de la propia comunidad de profesores y académicos, ni los grandes partidos políticos de antaño proponen nada verdaderamente radical al respecto (faltaría más), ni tampoco lo hacen los nuevos partidos “del cambio”, las élites de uno de los cuales han salido en su mayoría precisamente de una de las múltiples pocilgas de sectarismo universitario existentes en España. Refugio en el que crecieron y se desarrollaron en paz durante años, previsiblemente porque supieron amoldarse muy bien a lo que se estila en esos lugares. 

   Feliz Navidad y próspero año nuevo. Recordad que, después de todo, hay método en mi locura