lunes, 5 de diciembre de 2016

La última cena


- A diferencia del señor Medici yo no pretendo entender el arte… o la mente de un escultor sodomita como Donatello. ¿Es verdad que tenía la intención de representar Florencia con su David?.

- Sí. El joven que venció a Goliat podría ser asimilable al triunfo de nuestra República.

- Pero, ¿dónde dice la Biblia que Goliat fue vencido por un chico desnudo que parece una chica?.

“Medici, masters of Florence”, episodio octavo de la primera temporada.


                       


A comienzos del mes pasado ocurrió algo interesante y no quiero dejar correr más el tiempo sin contarlo.

Todo el que alguna vez haya estudiado un poco de Historia del Arte occidental conoce a Giorgio Vasari (1511-1574) autor de uno de los libros más destacados a ese respecto: Le Vite de' più eccellenti pittori, scultori, e architettori da Cimabue insino a' tempi nostri, una especie de “quien es quien” en el mundillo del arte italiano de la época publicado en torno a 1550 y que desde entonces se ha convertido en una fuente de información fundamental para conocer algunas interioridades del Renacimiento italiano. 

Tal es su influencia (de hecho durante mucho tiempo los artistas no citados por Vasari es como si no hubiesen existido) que dicha obra también ha sido asimismo la base de docenas de mitos, errores, anécdotas poco fiables atribuidas a diversos artistas y en general de una interpretación tendenciosa del Renacimiento con la ciudad de Florencia como centro, visión que tal vez ha pecado de minusvalorar otros grandes centros artísticos del período, como por ejemplo Venecia, debido a que por entonces la Serenísima no se encontraba en buenos términos con la urbe Toscana, o con Roma, las dos ciudades favoritas de Vasari y en las que desarrolló la mayor parte de su carrera y su vida. Pero sin duda también a través de esos errores y defectos se puede reconocer la influencia monstruosa que el libro de Vasari ha tenido durante siglos en cientos de bibliófilos y autores especializados.

Sin embargo Vasari no se limitó a escribir, fue también un respetado arquitecto y un pintor cuanto menos competente que, como muchos otros en su época, pintó escenas típicas de los Evangelios, muy en especial una en concreto: La última cena. Su versión, originalmente creada por petición de un convento benedictino, vio la luz en 1546 y, si bien es mucho menos famosa que la realizada por Leonardo da Vinci medio siglo antes, era considerada en Florencia como una obra cuanto menos relevante.

Y digo “era” porque hace cincuenta años, el 4 de noviembre de 1966, ocurrió un drama no muy recordado fuera de Italia, pero con importantes implicaciones en el campo de la Historia y la Historia del Arte. Ese día las fuertes lluvias ocurridas en la zona de los Apeninos durante las semanas previas hicieron que el río Arno, el cual nace en dichos montes, se desbordase a su paso por Florencia. De las ocho grandes inundaciones sufridas por la ciudad desde que existen referencias escritas (en concreto desde el año 1333) esa de 1966 fue la peor de todas ya que la crecida arrastró miles de toneladas de fango y provocó daños en la estructura eléctrica y las canalizaciones de gas de la ciudad, lo cual contribuyó a agravar el desastre.


Como consecuencia murieron ahogadas unas cuarenta personas y siendo la ciudad de Florencia una especie de archivo de obras de arte urbanizado, inevitablemente los cuantiosos daños que sufrió la ciudad afectaron a su patrimonio artístico. Se calcula que se perdieron o resultaron gravemente dañadas más de 10.000 obras de arte (sobre todo libros antiguos). Entre ellas también diversos cuadros, algunos incluso obras maestras de la pintura.

El caso es que la pintura de Vasari de la que hablé al principio del texto había sido realizada en lienzo sobre unos paneles de madera los cuales fueron trasladados a la basílica de la Santa Croce en 1865, para finalmente acabar siendo reubicados en una estancia especial de la misma, usada como museo, ya en los años 50 del siglo pasado. Y ocurre que precisamente ese edificio, entonces muy rico en patrimonio histórico cándidamente desprotegido, fue uno de los más afectados por la inundación de 1966.


Por ejemplo allí se encontraba expuesto el famoso crucifijo de madera pintado por Cimabue a mediados del s. XIII y que es una de las obras maestras de la pintura gótica. El cual perdió dos tercios de sus colores por efecto de los daños sufridos durante la crecida.



Mientras que en el caso de la pintura de Vasari los desperfectos resultaron masivos y aparentemente irreparables.


Afortunadamente con el tiempo tal desastre tuvo consecuencias positivas en tanto que impulsó entre otras cosas la reorganización de diversas instituciones ubicadas en Florencia y dedicadas total o parcialmente por entonces a la restauración de obras de arte. En particular interesa una de ellas: un taller fundado por Fernando de Medici en 1588, originalmente dedicado a la incrustación de piedras preciosas. En torno a los restos de dicha manufactura se agruparon poco a poco los mejores artesanos restauradores y especialistas en historia del Arte de Florencia para dar lugar a mediados de los años 70 al moderno Opificio delle Pietre Dure. Entidad destinada a convertirse con el paso del tiempo en una de las principales instituciones existentes en el planeta en todo lo tocante a conservación y restauración de obras de arte. 


Todo ello con el objetivo, entre otros muchos, de intentar reparar los daños del desastre de 1966. Por ejemplo este es ahora el famoso crucifijo de Cimabue tras una polémica restauración. 


De hecho el motivo de la entrada de hoy es que toda esa titánica tarea de reparación y recuperación de cuadros y otras piezas afectadas por el desastre de 1966 ha culminado simbólicamente hace unas semanas, en el cincuenta aniversario de la crecida del río Arno, con la presentación pública de los resultados de una de las ultimas restauraciones que quedaban por realizar, quizás también una de las más complicadas de llevar a cabo: precisamente la de La última cena de Vasari. 




Es una muy buena noticia aunque, armado de mi cinismo habitual, no quiero dejar pasar la oportunidad de recordaros que, en realidad, muy poco queda en nuestro mundo de las épocas precedentes. Casi todos los restos del pasado que contemplamos y fotografiamos con entusiasmo en el transcurso de alguna excursión en realidad son simples híbridos, el resultado de trabajosas reconstrucciones para paliar los daños de tal o cual incendio, robo, inundación, explosión... o lo que sea. En la mayoría de los casos buena parte de la pintura, las piedras o la madera que hoy podemos tocar o admirar a unos metros de distancia no tiene miles de años ni ha contemplado el paso de las épocas, sino que consiste en realidad en una mezcla de materiales viejos con otros tan contemporáneos como nosotros. Pero bueno, por lo menos tenemos la garantía de los expertos de que tales materiales son casi idénticos a lo que se supone que había allí antes. 

La parte positiva es que nada de todo esto parece importarle mucho a las nuevas generaciones, más preocupadas por el futuro que por el pasado, a diferencia de nosotros o de nuestros abuelos. Quizás sea algo bueno. O quizás no. A fin de cuentas la mayoría no estaremos aquí el tiempo suficiente como para comprobarlo.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Soy un ciudadano romano


Tengo la convicción profunda de que las desigualdades proceden de Dios, que son propias de nuestra naturaleza, y creo, supuesta esta diferencia en la actividad, en la inteligencia y hasta en la moralidad, que las minorías inteligentes gobernarán siempre el mundo.

   A. Cánovas del Castillo. Citado en el Libro Mundo Hispánico, 3º de BUP, Geografía e Historia, 1989, reimpreso en 1991, Ediciones SM.


La política es el arte de impedir a las gentes inmiscuirse en lo que les atañe.

Paul Verlaine





Vais a perdonarme que posponga unas semanas la prometida continuación de la última entrada, relativa a la conquista de América, para dar salida a diversos pensamientos informales que me han venido a la cabeza a raíz de una pequeña conversación que he tenido esta tarde.

De cara a resumir el paisaje de la misma voy a recurrir a una anécdota que suelo contar de vez en cuando por su potencial digamos metafórico.

Gaio Licinio Verres era un joven oficial en las legiones de Mario que en torno al año 87 antes de nuestra era desertó para unirse al bando de Sila llevándose consigo la paga de la legión a la que estaba asignado. Es así como empezó un imparable ascenso político plagado de traiciones, corruptelas y sobornos, el cual le llevó catorce años más tarde, en el 73 a.n.e., a ser nombrado gobernador de la próspera provincia de Sicilia.

Por entonces el mundo romano se encontraba –como casi siempre- atravesando un período tormentoso. En Hispania aún resistía la revuelta de uno de los últimos fieles de Mario, el celebérrimo Sertorio, mientras que en territorio itálico se produjo la importante sublevación de esclavos y gladiadores capitaneada por “Espartaco”, la cual se extendió a lo largo de casi dos años.

Por ello durante su mandato en Sicilia, amparándose en el caos que experimentaron la propia Roma y los territorios limítrofes debido a los sucesos citados, Verres gozó de una gran autonomía de acción, lo que aprovechó para llevar a cabo impunemente todo tipo de corruptelas.

En particular su estrategia favorita era ordenar la confiscación de barcos que arribaban a los puertos sicilianos portando cargas particularmente valiosas. Los pasajeros y la tripulación de tales embarcaciones resultaban a continuación acusados de transportar contrabando a favor de los rebeldes de Sertorio en Hispania y consiguientemente eran inmediatamente encarcelados sin juicio en las Latomías, unas insalubres cuevas habilitadas como prisión en tiempos del tirano Dionisio de Siracusa.

Desde luego tales cargos de traición y contrabando resultaban un tanto inverosímiles y no se sostendrían en un eventual litigio jurídico, pero daba igual, si por un casual los detenidos sobrevivían demasiado tiempo a los rigores del encierro simplemente se les ejecutaba sin mediar proceso alguno. Mientras tanto Verres y sus amigos y sicarios se lucraban vendiendo las mercancías incautadas a través de terceras personas.

Eso es en esencia lo que le ocurrió a Publius Gavius un ciudadano romano residente en la región de Campania cerca de la actual ciudad de Avellino a unos 50 km. al Este de Nápoles. Gavius había adquirido un cargamento de púrpura en Oriente y lo transportaba a Italia, pero cuando su barco navegaba cerca de las aguas de Siracusa fue interceptado por una nave a las órdenes de Verres. De esa forma el buque en el que viajaba Gavius se vio obligado a entrar en el puerto de la mencionada ciudad, lugar donde el cargamento propiedad de Gavius fue rápidamente confiscado bajo la consabida acusación de piratería y espionaje. A continuación Gavius y sus hombres fueron encerrados en las infames Latomías para que se murieran allí, como había ocurrido previamente con muchos otros pobres desgraciados. Sin embargo Gavius era un hombre de una voluntad y una fortaleza física a toda prueba gracias a lo cual, contra todo pronóstico, consiguió lo imposible: escapó de dicha prisión y tras deambular durante días por los montes de la isla logró llegar hasta Mesina, desde donde intentó a su vez cruzar el estrecho para pasar a Reghio ciudad en la que esperaba poder denunciar a Verres.

Es en ese momento cuando Gavius cometió un grave error. De cara a atravesar las aguas del estrecho que separa Sicilia de la Península Itálica confió en un mercader que creía amigo suyo para que lo transportase clandestinamente. Pero claro, en aquel tiempo prácticamente todo mercader o comerciante de Sicilia estaba en la nómina de la red mafiosa tejida por Verres, quien de forma directa o indirecta controlaba todo y a todos en la isla. Así que Gavius fue delatado y de nuevo cayó en manos de los hombres de Verres. Incluso el propio Verres se desplazó luego hasta la ciudad para supervisar la “solución” a su pequeño “problema”. Valiéndose de su autoridad como gobernador al cargo de la provincia, sin juicio y contraviniendo todas las normas legales del momento, Verres ordenó que Gavius fuese atado a una columna y azotado públicamente, para acto seguido crucificarlo. Todo ello transcurrió en medio del foro de Mesina y ante la patética inacción de buena parte de los magistrados y los habitantes de la ciudad reunidos allí, mientras Gavius gritaba incansablemente una y otra vez: “Soy un ciudadano romano, no podéis hacerme esto”. Así hasta que murió.

Ahora bien, con tal exhibición de desfachatez y poder Verres se había extralimitado quizás en demasía. Tal vez debería haber hecho ejecutar a Gavius en privado, discretamente. Así en el año 70 a.n.e. un ambicioso abogado que había ejercido de cuestor en Sicilia cinco años atrás se enteró del asunto, olió sangre, y decidió acusar públicamente a Verres de corrupción. El hombre en cuestión era Marco Tulio “Cicerón” y el juicio subsiguiente pasó a la historia cimentando su posterior carrera política.

Verres contrató para defenderlo a uno de los más renombrados abogados del momento, Quinto Hortensio Hortalus, pero gracias a que había cometido un crimen evidente saltándose toda la jurisprudencia en vigor delante de cientos de personas Cicerón puedo encontrar un puñado de individuos dispuestos a testificar, particularmente uno llamado Stelio que tenía todas las razones del mundo para ello porque había sido condenado a muerte por el propio Verres. Asimismo dio la casualidad de que el presidente del jurado designado para juzgar el caso era Manius Acilius Glabrio cuyo hijo no había podido acceder al cargo de cuestor debido a un encontronazo con Verres unos meses antes.

Gracias a esa afortunada confluencia de factores el abogado de Verres no pudo enterrar la causa y finalmente éste tuvo que exiliarse a Massilia, la actual Marsella.

Y ya. Ese fue quizás uno de los mayores triunfos del “imperio de la ley” dentro de la civilización de la antigüedad donde la jurisprudencia alcanzó su primera madurez.

Vamos a repetirlo. Dentro del supuestamente ordenado mundo romano, hablamos de uno de los escasos juicios famosos que conocemos en detalle, el cual fue puesto como ejemplo por sus contemporáneos de que ni siquiera los poderosos podían escapar de las consecuencias de sus actos. En dicho juicio resulta que uno de esos poderosos que había causado la muerte de docenas, quizás cientos de personas, confiscado ilegalmente miles de esclavos a sus propietarios, así como cargamentos navales enteros, e incluso los bienes de diversos templos, esquilmado una provincia entera próxima a Roma durante años, tras cometer un crimen horrendo, delante de los ojos de cientos de testigos, al final gracias a que se produjo una conjunción de factores en su contra y que chocó con los intereses de otros personajes poderosos como Cicerón (que deseaba hacer despegar su popularidad para tener una carrera política) y Glabrio (que simplemente quería vengarse de Verres)... resulta, digo, que tras todo eso el político en cuestión tuvo que abandonar del primer plano para exiliarse a una ciudad “de provincias”. Cicerón exigió en todo caso que fuese multado con cien millones de sextercios, aunque al final la multa quedó en cuarenta millones de los cuales Verres se las arregló para pagar apenas tres. Así hasta que casi treinta años después Verres murió no por la justicia del Estado sino, como casi todos los potentados de su tiempo, por encontrarse en el bando equivocado en una pelea entre poderosos, al sucumbir a las purgas ocurridas durante el Segundo Triunvirato.

Sin duda todo un éxito del “imperio de la ley”.

Y cito esta anécdota porque a raíz de una conversación entre amigos ocurrida esta tarde he pensado que, al final, uno encuentra extraños paralelismos en la historia. Por un momento, hablando de la actualidad política en la España actual, verdadero paraíso del realismo mágico, (pero también de la de Italia, China, Gran Bretaña, o los EE.UU., tanto da) me ha venido a la cabeza la historia de Verres y Gavius.

Y claro, ¿cómo es posible que dotados como estamos de una elevada educación y un acendrado orgullo, en el fondo la imagen que proyectan muchos de los ciudadanos de las más democráticas y avanzadas naciones de nuestro tiempo siga siendo la de un intenso patetismo? ¿Qué diablos falla, con lo listos y guapos que somos todos?

Por un lado podemos recurrir a un enfoque crítico con respecto al “activismo” a través de redes sociales, el cual se ha expandido como un reguero de pólvora a lo largo de la última década. Hablamos de la utilidad anestesiante de la web social, auténtica Matrix de nuestro mundo actual. Así como de la naturaleza a veces un tanto ridícula del clicktivismo que difunde, basado en patalear dándole al botón de “No me gusta” o subiendo ocurrentes y mordaces comentarios a Twitter.

Por supuesto también hay quienes ven todo lo anterior como algo positivo o niegan el potencial paralizante de la red. Muchos incluso continúan valorando Internet en general como una herramienta movilizadora y no como el nuevo y actualizado opio del pueblo. A fin de cuentas pese a mi visión negativa de la red es a través de ella como intento interactuar con vosotros. Igual que muchas otras personas que la usan para difundir ideas subversivas de todo tipo. O al menos lo intentan.

Quizás por tanto el papel de la web no sea tan negativo, pero entonces si no nos hemos desmovilizado lo que ocurre al menos es que no tenemos muy claro cómo o contra qué canalizar nuestra frustración. Da la sensación de que la sociedad civil de los países occidentales se ha convertido en un gigante ciego, privado de voluntad. O tal vez siempre lo ha sido. 

Por muy mal que suene decirlo la “masa” siempre ha necesitado líderes y gente que piense por ella. Y en ese sentido da la sensación de que en el mundo global posterior a la caída de la URSS la mayor parte de los intelectuales profesionales o han dejado de ser abiertamente críticos o bien han perdido toda conexión e influencia sobre el “populacho”.

A ese respecto el concepto de cognitariado surgió hace décadas para definir una transición en el modelo de trabajo imperante. El declive del sector industrial en las sociedades del antiguo primer mundo, la “deslocalización” del trabajo más físico y fabril hacia países no demasiado desarrollados y el consiguiente crecimiento en los países más ricos de las burocracias, los servicios y en general del trabajo de “cuello blanco”, de oficina, las profesiones liberales, etc., llevó en un determinado momento a algunos pensadores a dejar de hablar de proletariado para empezar a hablar de cognitariado. Es decir la marabunta de trabajadores que mantienen en funcionamiento el “sistema” económico ya no tanto en base a su fuerza física o su trabajo manual en fábricas y minas como a través de exprimir su capital humano, en suma mediante el esfuerzo psicológico e intelectual desarrollado en oficinas y comercios.

No obstante ese término de cognitariado tiene un matiz interesante y es que puede usarse asimismo para englobar la realidad presente del grupo formado por lo que usualmente denominamos como intelectuales. A través de ello se resaltaría que, frente a la visión idealizada del intelectual o el artista como un pensador esencialmente libre e independiente, en última instancia la mayoría de los teóricos y educadores del presente son casi tan parte del “sistema” como lo eran sus predecesores de hace décadas o incluso un siglo en la medida en que para mantener su modo de vida y para llegar a las grandes audiencias dependen, cómo no, de una rama de la administración de turno, o bien de los grandes conglomerados de medios. Por ello los "intelectuales" de nuestro tiempo en última instancia continúan trabajando, antes que para el "público" de forma directa, al servicio de unos patrones e intermediarios que son los que deciden realmente qué es lo que se va a exponer a las grandes audiencias... y qué NO.  

De esta forma se puede argumentar que muchos prestigiosos intelectuales son en realidad poco menos que simple cognitariado. Miembros de una cadena de producción invisible que trabaja a destajo al servicio de una "industria cultural" cuya finalidad no deja de ser el beneficio y por tanto está, al margen de algunas excepciones, más orientada al ocio que a la auténtica educación. Todo ello encauzado dentro de unos límites de pensamiento concretos, al menos en lo tocante a lo que se puede difundir a gran escala.

Desde luego nunca una sociedad humana había producido antes tal volumen de pensamiento a un ritmo tan vertiginoso como la presente. Pero ese hecho concreto ha contribuido a su vez a desvirtuar el propio concepto de cultura como un bien escaso e igual o más valioso que el dinero. Y cuando hablo de cultura no me refiero a instrucción académica con la finalidad de encontrar una ocupación laboral. Me refiero en cambio a la posesión de conocimiento por sí mismo, de una visión crítica, personal y original sobre el mundo que nos rodea.

Vivimos en un mundo por el que pululan ejércitos de becarios hípster que se creen revolucionarios por llevar camisetas con slogan. Adolescentes de treinta y cinco años que se engañan considerándose "clase media" al tomar café en un Starbucks y comprar billetes de avión a Praga con su iPhone. Todo ello mientras no son capaces apenas de cotizar para tener una jubilación digna porque carecen igualmente de la capacidad adquisitiva para comprarse un coche o una vivienda en propiedad debido a sus trabajos temporales malpagados. Entre ellos ha calado la falsa idea de que saber mucho sobre cómics de Alan Moore, discos de Chimo Bayo, los orígenes de Nintendo, anécdotas del rodaje de Star Wars, o la lista de los mejores boxeadores libra por libra de todos los tiempos, es algo maravilloso.

Y va a ser que no, porque al final todo eso no sirve para dotar a nadie de una mejor capacidad para entender los mecanismos profundos de la sociedad que le rodea. Que es el meollo del asunto. 

   De la generación anterior en España, esa que protagonizó -o simplemente contempló desde su balcón- el inigualable espectáculo de ilusionismo denominado Transición y aún hoy sigue intentando convencerse a sí misma de que no la estafaron (mientras ahoga sus penas en partidos de la Selección y programas de telerrealidad) mejor ni hablo. 

domingo, 30 de octubre de 2016

Cuando despertó, el negro todavía estaba allí



No somos responsables de la historia, pero sí de cómo la recordamos.

Noel E. Wellis



                       



Como todos los años el pasado día 12 de Octubre se celebró en España la fiesta nacional. Fiesta que además de sus matices militares sirve para conmemorar el descubrimiento de América. Por ello, también como todos los años, se reprodujo en torno a dicha celebración un debate bastante absurdo y cíclico en cuyo trasfondo no voy a entrar. Pero lo que sí voy a hacer a continuación es dedicar un par de entradas de este blog a plantear algunas cuestiones no demasiado conocidas sobre la conquista de América y en concreto sobre la visión que se tiene de los hombres que la llevaron a cabo: los conquistadores.

De hecho acerca de ese tipo de personajes, al igual que ocurre respecto al proceso general de descubrimiento y conquista del continente americano, existen esencialmente dos visiones, una positiva y otra negativa.

La visión digamos positiva se da sobre todo en España, como no podía ser de otra forma. En ese país la mayoría de libros de texto y novelas históricas publicadas al respecto presentan a los principales exploradores, aventureros y conquistadores españoles del s. XVI como figuras heroicas. Y, aún en los casos en que supuestamente mencionan los claroscuros de dichas figuras, en el fondo son bastante benignos con dichos personajes al omitir intencionadamente muchos aspectos que podrían sorprender y disgustar al lector medio.


Por ejemplo. La vuelta al mundo de Juan Sebastián Elcano adquiere tintes mucho menos propios del heroísmo clásico si consideramos que Elcano era un personaje que se embarcó en la expedición de Magallanes básicamente para huir de la justicia, no por ningún afán de exploración o aventura, y que luego participó en un motín contra el propio Magallanes cerca de las costas americanas, pese a lo cual fue perdonado por este último (quizás un error que le acabó costando la vida). Consiguientemente Elcano tenía todas las razones del mundo para desear la muerte de su odiado capitán, algo que compartía con otros ambiciosos oficiales embarcados a desgana en la expedición. Por ese motivo la conveniente muerte de Magallanes durante una extraña reyerta ocurrida en una isla insignificante no está del todo clara más allá de los testimonios interesados de los escasos supervivientes. A la impericia y errores de los cuales habría que atribuir en parte, además, la desastrosa y penosa travesía de regreso. 

  Lo anterior puede argumentarse que son conjeturas (que en todo caso habría que hacerse con más frecuencia) pero desde luego en cuanto a su desempeño posterior resulta intrigante que la Corona no le concediese a Elcano el mando de la expedición que unos años después partió nuevamente de la Península para reeditar la ruta del anterior viaje hasta las Molucas y en la que pese a todo tomó parte. Dicha expedición, durante la cual murió, fue un fracaso entre otras cosas porque una vez llegados a las inmediaciones del Estrecho de Magallanes, por el cual ya había navegado, Elcano se mostró incapaz de identificar con precisión la ruta a seguir y acabó embarrancando su propio barco. Un epílogo nada glorioso y que no encaja demasiado con la aureola de héroe y genio de la navegación que algunas biografías el atribuyen.

No obstante, ese tipo de claroscuros de la época, como pueda serlo también la controvertida y extraña muerte de la primera esposa de Hernán Cortés, no dejan de ser detalles discutidos apenas por biógrafos y especialistas. En general para el ciudadano medio español prevalece la visión de la conquista como una aventura épica de rasgos fundamentalmente positivos llevada a cabo por individuos dotados de caracteres heroicos. 


Y no es para menos. 

El mito del conquistador

Lo cierto es que la construcción del Imperio “español” (más bien castellano) en América se produjo esencialmente en un período de tiempo muy corto. Desde luego conocemos el nombre de múltiples capitanes de fortuna que encabezaron esfuerzos diversos más o menos exitosos. Pero en general la América hispana se conquistó de forma extraordinariamente rápida a través de dos campañas fulgurantes muy concretas: la de Hernán Cortés contra el Imperio azteca (Cem Anáhuac), llevada a cabo entre 1519 y 1521; y la de Francisco Pizarro quién completó lo esencial de la conquista del Imperio inca (Tahuantinsuyu) en apenas unos pocos meses entre 1532 y 1533. Algunos manuales y autores extienden la duración de las operaciones de Pizarro hasta 1535 pero en general puede decirse que en apenas tres años afortunados, a caballo entre 1519 y 1535, diversos aventureros se hicieron con la posesión de las ciudades clave, las riquezas y los principales yacimientos de mineral que estructuraron el núcleo del imperio español en América durante los tres siglos siguientes. 



Sorprende aún más que estas dos iniciativas fueron llevadas a cabo por un volumen muy reducido de soldados. Se maneja la cifra de unas 200.000 personas que viajaron de la Península a América durante el s. XVI, fundamentalmente población castellana. Pero entre toda esa gente muy pocos individuos tuvieron participación en los episodios de exploración y conquista. La mayoría de los colonos que llegaban al Nuevo Mundo eran funcionarios, mujeres o eclesiásticos, todos ellos con la intención de asentarse en las zonas ya controladas de manera efectiva. Por consiguiente fueron apenas unas 3.000-4.000 personas las que integraron las expediciones que resultaron exitosas y auténticamente claves para la conquista de la mayor parte de "las Indias".

De tal forma Cortés contó de partida apenas con un contingente de unos 700 hombres (si bien, de forma no muy ortodoxa logró obtener refuerzos para reemplazar las pérdidas sufridas a lo largo de su peripecia, por lo cual es posible que en su aventura mexicana acabasen participando en torno a unos 1.500 hombres) mientras que Pizarro inició su conquista del Perú con menos de 170 soldados bajo su mando. Con esos “ejércitos” ambos líderes lograron subyugar territorios de millones de kilómetros cuadrados en los que las estimaciones más conservadoras ubican unos 4-5 millones de habitantes, cuando no el doble en el caso de los cálculos más optimistas.

Este hecho de por sí no deja de maravillar. Más aún si tenemos en cuenta un detalle. Tradicionalmente se ha justificado el éxito militar de Cortés y Pizarro en base a la teórica superioridad que les confería el uso de armas de fuego y el empleo de caballos. Pero hoy sabemos que las armas de fuego y los cañones usados en aquella época, a comienzos del s. XVI, constituían todavía un armamento muy primitivo (arcabuces que solo podían realizar un disparo y tardaban mucho en recargar, cañones de muy escaso calibre…), mientras que por otro lado ambos conquistadores contaron con apenas unos treinta caballos a su disposición (si bien se suele infravalorar en cambio la importancia del uso de perros adiestrados durante aquella aventura).

Sin duda las corazas y espadas de acero suponían una ventaja tecnológica evidente frente a las puntas de obsidiana, los escudos de piel o madera y en general frente al rudimentario armamento de los ejércitos precolombinos, pero dicha ventaja no explica por sí sola cómo grupos muy reducidos de conquistadores lograron imponerse a miles de enemigos.

Desde luego la superior disciplina de los soldados castellanos jugó un papel. Ellos conocían un tipo de guerra basado en el exterminio de enemigo a través de una estrategia de batalla elaborada, mientras que en la América de la época las tácticas de combate eran muy primitivas y basadas en luchas individuales de tipo "homérico" buscando prisioneros y gloria. Teniendo eso en cuenta los terribles guerreros aztecas parecen en el fondo unos aprendices inocentes enfrentados como estaban a una tropa reducida pero enormemente curtida (muchos integrantes de las partidas de conquista eran a su vez veteranos de las guerras de Italia) y que en el campo de batalla resultaba mucho más despiadada y eficiente a la hora de matar que cualquier horda de nativos. 

Aun así en la mente del público tiende a formarse una imagen de un componente épico insuperable cuando se evocan los relatos de la conquista americana:

Un grupo de unas pocas docenas o cientos de españoles con sus corazas relucientes y sus morriones, esos cascos tan típicos con cresta asociados a la iconografía de la época. Todos apretujados entre sí. Hombro contra hombro. Rodeados de cientos de miles de indígenas hostiles prestos a sacrificarlos en lo alto de alguna pirámide en honor a unos dioses vengativos y crueles de nombre ininteligible.


Admitamos que dicha imagen resulta imposible de borrar de la mente del ciudadano medio por su potencial evocador. De tal forma en España se ensalza el valor y la capacidad de sufrimiento, así como la pericia en combate de aquellos soldados. Aquellos tipos duros, pendencieros, violentos y mujeriegos, desde luego no muy cultos ni sensibles, tampoco honestos o generosos, pero que en último término son vistos como héroes por parte de una gran mayoría de españoles actuales. 


Frente a lo anterior, la visión negativa de los conquistadores españoles se da sobre todo entre el grueso de la población de los actuales países latinoamericanos y en el mundo anglosajón, si bien tal punto de vista ha calado en otras partes del mundo. De tal forma en esos lugares prevalece una visión partidaria de retratar a los conquistadores hispanos como personajes violentos, brutales, soldados de fortuna obsesionados con el oro que se convirtieron en asesinos de masas. 


Eso cuando no se les presenta directamente como locos violentos. 


Todo lo anterior además ha impregnado no solo el discurso académico sino, lo que es mucho más importante en el fondo, también la imagen del período plasmada a través de las artes visuales.

Ocurre con los cómics (os pongo un par de ejemplos pertenecientes a la bande dessinée francófona y la industria del fumetto italiano respectivamente, en los cuales se transmite una visión digamos "crítica" de la conquista de América).



Y también con las películas. Observad a partir del minuto siete la recreación de la captura de Atahualpa que se hace en este film del cineasta británico Irving Lerner rodado en 1969.

                   

No obstante ninguna de estas dos visiones es totalmente cierta o exacta, ni la positiva, asentada entre sectores conservadores en España, ni tampoco la puramente negativa, propia del mundo latinoamericano y los países anglosajones. En realidad ambas visiones se basan en un análisis bastante superficial de las complejidades y puntos oscuros del proceso de conquista. Un proceso del cual realmente no sabemos demasiado.  

   Exploradores y comerciantes

Mientras que otros países que también poseyeron imperios en el pasado han logrado asociar a sus propios “conquistadores” con una visión diferente, más positiva (los portugueses son vistos como excelentes navegantes, los ingleses como geógrafos y exploradores y los holandeses como grandes comerciantes) al conquistador español prototípico se le relaciona siempre con la figura de un militar que viajaba buscando riquezas. No obstante, fuese por casualidad, improvisando, o incluso obligados por las circunstancias y contra su voluntad, lo cierto es que a comienzos de la Edad Moderna muchos de los capitanes de fortuna al servicio del reino de Castilla llevaron a cabo una labor de exploración encomiable.


Como todos sabemos el descubrimiento y posterior cartografía de buena parte de la costa americana fue obra de dichos hombres. No obstante una vez llevado a cabo el grueso de la conquista de América siguieron enviándose expediciones que poco a poco contribuyeron a conocer mejor también muchas zonas del continente que no resultaron anexionadas. A destacar la exploración de parte del Amazonas, así como del centro-sur de los actuales EE.UU., la zona de California o la costa del Pacífico.


En particular lo ocurrido en ese océano interesa mucho y sin embargo es un aspecto bastante olvidado de la historia moderna ibérica.

Recordemos que Colón llegó al Caribe buscando en realidad una ruta hacia las “Indias”, es decir hacia el Extremo Oriente. Y una vez asegurado su dominio del Nuevo Mundo los capitanes y cartógrafos al servicio de Castilla recuperaron dicho empeño.

Eso dio lugar al descubrimiento del estrecho de Magallanes, también del Océano Pacífico y en último término derivó en múltiples viajes de exploración a lo largo y ancho de ese océano que, no por casualidad, llegó a ser conocido durante algún tiempo como “el lago español”. A fin de cuentas esa inmensa masa de agua fue incorporada a la navegación mundial por marinos hispanos como Ruy López de Villalobos o Alonso de Arellano, los cuales descubrieron gran parte de sus islas, así como las mejores corrientes y rutas para atravesarla. 


Asimismo en la otra punta del Pacífico la Corona de Castilla se hizo pronto con diversas posesiones, la más destacada de ellas las islas Filipinas, y por ello no conviene olvidar que el “imperio español” si bien poseía un núcleo americano también tuvo presencia en Asia donde incluso realizó algunos tímidos intentos de penetración en el continente.

Todo eso conllevó importantes consecuencias. Antes de las navegaciones castellanas y portuguesas el planeta era un lugar compartimentado en el que las diversas culturas y reinos de cada región del mundo comerciaban apenas con los territorios próximos a sus fronteras y en general ignoraban la existencia de otros continentes o civilizaciones alejadas en el espacio. Por supuesto, según períodos, existían excepciones a esta tendencia, como la representada durante época antigua y medieval por la “Ruta de la Seda”, pero dicha vía de comunicación entre el Extremo Oriente y el mundo mediterráneo europeo fue demasiado discontinua en el tiempo, por culpa de las guerras y los cambios políticos a lo largo de Asia Central. Además, en último término, el volumen de mercancías que se podían transportar por vía terrestre en aquella época resultaba muy limitado.

El descubrimiento de América, la apertura de rutas a través del Pacífico y la circunnavegación de África por parte de los portugueses (los cuales abrieron a su vez el Índico a la navegación occidental), unió por primera vez la mayor parte del mundo conocido a través de los océanos. En adelante solo el interior de África y algunas zonas marginales aún aisladas o demasiado poco habitadas, como Australia, permanecieron al margen de la nueva economía-mundo surgida tras esos cambios. Es así como por primera vez a lo largo de la Historia humana la mayor parte de los territorios y los Estados del planeta empezaron a intercambiar productos y conocimientos entre sí, principalmente a través de los mares. A pequeña escala, por supuesto. La velocidad de los transportes era muy reducida por entonces, con lo cual a larga distancia solo se desplazaban mercancías muy valiosas, en volúmenes de unas pocas toneladas y aún así tardaban meses o años en llegar a su destino. Pero todo ello fue el comienzo del proceso imparable que desembocó a finales del pasado siglo en el fenómeno de la Globalización. De hecho, siglos antes de la Inglaterra victoriana, el Imperio nacido de la unión entre España y Portugal en 1580 fue el primer Imperio genuinamente global de la historia. 


Y mientras todo eso sucedía la Península se convirtió en "las Indias de Europa". En América los españoles encontraron sobre todo plata. No oro. Y en adelante esos metales preciosos empezaron a llegar a raudales hasta el puerto de Sevilla. Solo en el s. XVI fueron desembarcados allí en torno a 150.000 kilos de oro y la increíble cifra de 16.000.000 de kilos de plata (o lo que es lo mismo, 16.000 toneladas), hasta arrojar un total de 82.000 toneladas llegada la época de la independencia de los países iberoamericanos a comienzos del s. XIX. Un auténtico río de metales preciosos que benefició a múltiples economías salvo la española. De hecho en ese s. XVI la monarquía de los Austrias se las arregló para declararse tres veces en bancarrota. A las cuales se sumaron otras cinco quiebras a lo largo del siglo siguiente.

A fin de cuentas los grandes beneficiados de la conquista americana fueron los mercaderes y banqueros del resto del continente, no los de Castilla y ni mucho menos los del Reino de Aragón. Así la riqueza arrancada al subsuelo americano llegaba a Sevilla solo para viajar rápidamente hasta Austria, Génova o Amberes y desde allí distribuirse por el resto del centro y Norte de Europa. De igual forma, como ya comenté en su día, desde Filipinas se organizó otro flujo menor, pero nada despreciable, de plata americana hacia manos chinas principalmente y, en menor medida, japonesas. El resultado es que Castilla "lubricó" durante sus dos primeros siglos esa economía-mundo recién surgida proporcionando los medios de pago para que en algunas partes de Europa se acumulasen inmensos capitales.

Hay que sumar a todo eso la llegada de nuevos cultivos más productivos procedentes de América, sobre todo la patata y el maíz, lo cual desembocó en una mejora de la agricultura del continente europeo. En adelante con el mismo espacio de tierra resultaba posible obtener más comida trabajando lo mismo. Y eso a su vez sostuvo un importante aumento demográfico en Europa occidental.

En cambio los reinos de los Austrias no se beneficiaron de prácticamente nada de todo lo anterior, como ya he dicho. Mientras la población del resto de grandes reinos de Europa no dejaba de aumentar la de Castilla se estancó. Mientras en Ámsterdam o Londres se iban acumulando inmensos capitales listos para la inversión productiva la mayor parte de la población española, así como las arcas de la Corona, no dejaron de endeudarse, todo ello a la vez que los artesanos o comerciantes eran incapaces de prosperar en la Península de la misma forma que hacían sus homólogos en los países protestantes. 

   Aún así en ocasiones conviene recordar que la “revolución industrial” apadrinada por Inglaterra en los siglos XVIII y XIX bebió en gran medida de la economía-mundo construida por España y Portugal y de las rutas abiertas por sus navegantes, luego perfeccionadas y usurpadas por los propios británicos o los holandeses. Debido a ello el propio despegue del capitalismo como sistema económico en Europa comenzó en el s. XVI, no en el XVIII o el XIX, por mucho que tardase varios siglos en afianzarse y destruir los cimientos de la mentalidad y la economía feudal previas. Y en último término los capitales y los medios de pago de los que se sirvió el capitalismo industrial del s. XIX se acumularon en Europa durante los siglos precedentes en gran medida gracias a las ganancias de los comerciantes y banqueros que se beneficiaron de una forma u otra del tráfico de plata, mercancías o esclavos a lo largo de los imperios español y portugués, o simplemente de las rutas comerciales que estos abrieron hacia la India y China. 

   Mujeres, extranjeros y esclavos

Ahora bien. Llega el momento de revisar en profundidad la auténtica naturaleza de los personajes de leyenda que hicieron todo esto posible: los citados conquistadores. Y a ese respecto hay cosas que no encajan con la imagen tópica habitual. 

Para empezar hay que recordar la presencia de mujeres entre sus rangos. De forma minoritaria y a veces casual, cierto, pero allí estaban. Lo más habitual en un principio es que se tratase de mujeres que simplemente se unieron a partidas de conquista o exploración siguiendo a sus maridos. Es el caso de Ana de Ayala, esposa de Francisco de Orellana, a quien acompañó en su segundo y último viaje a la zona.  
  
Lo que ocurre es que luego en muchas ocasiones la muerte violenta o por enfermedad del marido dejaba a dichas féminas en una posición inesperada, incluso a la cabeza de la expedición o tropa de turno. Es lo que ocurrió con Isabel Barreto (imagen de encima), quien por efecto de ese tipo de avatares acabó dirigiendo una expedición que atravesó el océano Pacífico con cuatro barcos entre 1595 y 1596. O con Inés Suárez, la amante de Valdivia, la cual acabó jugando un papel decisivo en la conquista del Norte de Chile y la fundación de la ciudad de Santiago, actual capital de aquel país. 

Al margen de los casos anteriores diversos cronistas del s. XVI como Bernal Díaz o Diego Muñoz Camargo mencionan a una mujer llamada María de Estrada que combatió, espada y rodela en mano, al lado de las tropas de Cortés durante diversos episodios de la campaña de conquista del Imperio azteca. Por no hablar de la peculiar figura de Catalina Erauso, la cual aparentemente participó en sucesos de armas, ya a principios del s. XVII, en Chile.  

Pero no solo la presencia y el papel relevante jugado en la conquista por ciertas mujeres hispanas suele ser poco conocido, sino que ocurre lo mismo con sus opuestos entre las tribus conquistadas. Obviamente los nombres de algunas mujeres que colaboraron con los españoles son más o menos célebres, es lo que ocurre con la Malinche. Pero yo me refiero más bien a mujeres como Anacaona o Gaitana que de una forma u otra intentaron resistirse en algún momento a la dominación española, aunque fuese con magros resultados. 


Y si la presencia de las mujeres ha sido hurtada del relato público, qué decir del juego de despiste en torno a la presencia de extranjeros en busca de fortuna enrolados en las filas “españolas”. Mercenarios y aventureros a sueldo de diversa procedencia a los que hoy mucha gente confunde con castellanos de pura cepa. A fin de cuentas es bien sabido que las dos figuras más importantes en el descubrimiento de América, Cristóbal Colón y Américo Vespuccio, eran italianos. Pero es que también lo era el veneciano Sebastián (en realidad Sebastiano) Caboto que exploró la desembocadura del Río de la Plata y luego fue piloto mayor de la Casa de Contratación de Sevilla. Así como Antonio Pigafetta, el verdadero intelectual en la sombra de la expedición Magallanes-Elcano. Por su parte Fernando de Magallanes (en realidad Fernao de Magalhaes) era portugués, igual que el también navegante Pedro Fernandéz de Quirós (en realidad Fernandes de Queirós), mientras que Pedro de Candía, uno de los principales actores en la conquista de Perú, había nacido en Creta.

Entre esos extranjeros enrolados en las filas “españolas” hay sin embargo un tipo muy particular en el que deseo centrarme: los esclavos africanos empleados como porteadores, exploradores y, en general, como “carne de cañón”.  

En la primera vuelta al mundo fue instrumental un esclavo indonesio propiedad de Magallanes al que denominaban "Henrique de Malacca". Dicho esclavo fue adquirido por Magallanes en 1511 cuando este último formaba parte de una expedición dirigida por Alfonso de Albuquerque y luego traído a la Península como una suerte de "as en la manga". Así durante la definitiva expedición iniciada en 1519 fue embarcado como intérprete oficial, tarea a cambio de la que se le había prometido la libertad. Por el contrario, una vez muerto Magallanes, el resto de capitanes de la expedición lo obligaron a seguir a su servicio y tiempo después desapareció tras una escaramuza con los nativos en Cebú (quizás se encontraba entre los fallecidos, o quizás simplemente desertó cansado de miserias y abusos). Técnicamente él fue con toda probabilidad el primer hombre en dar la vuelta al mundo ya que al ser nativo de aquellos lugares y regresar luego a ellos, acompañando a las naves castellanas a través del Atlántico y el Pacífico, completó antes que nadie de la expedición el viaje a lo largo y ancho del globo terráqueo. Pero en su momento a nadie le importó ese detalle.

Como es un tema polémico empecemos por constatar que la huella de la esclavitud aparece en muchos otros sucesos importantes de la época ocurridos en la Península. Por ejemplo en 1487, cuando los Reyes Católicos reconquistaron Málaga al reino de Granada, se esclavizó a toda la población de la ciudad, unas 12.000 personas, y en parte fue a través de su venta como la Corona sufragó el coste de la campaña. Casi un siglo después el famoso Juan de Escobedo, cuya muerte tanto revuelo habría de causar, sufrió un intento de asesinato con veneno en la Navidad del año de 1577 por parte de una "esclava morisca" de su servicio doméstico, la cual fue luego juzgada y ejecutada.

Eran tiempos en que a las hijas de las grandes familias nobiliarias se las ingresaba en conventos para una vida pía acompañadas siempre, eso sí, por una o dos esclavas a su servicio. También eran tiempos en que los grandes pintores como Velázquez o Murillo se hacían ayudar en sus talleres por esclavos negros. Siendo muy conocido el caso de Juan de Pareja, esclavo de Velázquez.

En algunos de los cuadros de dichos artistas (como los que acompañan estos párrafos), si uno se fija aparece ante nuestros ojos una realidad bastante más multiracial de lo que uno puede tener en mente cuando evoca el Siglo de Oro. Eran asimismo tiempos donde por Sevilla pululaban mendigos y mozos de caballerizas de colores y culturas un tanto particulares, si bien el origen de ese tipo de personas podía ser muy variado.

De hecho resulta sorprendente la historia de Squanto (1585-1622) un indio norteamericano que pasó a la posteridad por ayudar a peregrinos británicos a asentarse en Massachusetts y que antes de eso había llegado a Europa prisionero para ser vendido como esclavo precisamente en Málaga.

Como nos interesa especialmente el caso americano pasaré ahora a recordar que en una entrada anterior ya había mencionado el caso del Estebanico, un esclavo probablemente marroquí (“negro alárabe natural de Azamor”) que fue uno de los escasos supervivientes de la expedición de Cabeza de Vaca por el Sur de los EE.UU. y que luego también formó parte de otra organizada por Antonio de Mendoza.

Antes de todo eso existe un decreto Real de 1501 aprobando el traslado a la isla antillana de La Española (actual Santo Domingo) de esclavos negros nacidos en cautiverio entre los cristianos. En 1508 en una capitulación Real concedida a Alonso de Ojeda (el cual operaba en la zona de los actuales Panamá y Colombia) se le autoriza específicamente la posesión de cuarenta esclavos. Asimismo, años después, a comienzos de 1510, se permitió el transporte de cincuenta esclavos negros “los mejores y los más fuertes disponibles”, para las minas ubicadas, una vez más, en La Española. Y menos de un mes después se pidió a la Casa de Contratación el envío de otros doscientos.

Sabemos también por su testamento que Américo Vespuccio tenía en el momento de su muerte, en 1512, cinco esclavos: un varón y cuatro mujeres, entre ellas una “negra de Guinea” llamada "Anica" y otra esclava llamada “Leonor” procedente del actual Marruecos. Por su parte el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo dejó escrito el relato de una sublevación de esclavos en Santo Domingo en tiempos de Diego Colón, hijo del famoso navegante.  

Además, en junio de 1520, estando Narváez herido, una caravana de su expedición compuesta por unas 550 personas entre españoles, negros y mestizos, cayó en manos de guerreros del reino de Texcoco. Todos los hombres, mujeres y niños terminaron sacrificados en rituales mexicas. Se ha logrado identificar entre quienes fueron ejecutados a unos veinte peninsulares (ocho mujeres y doce hombres), pero también a siete negros y dos mulatas según estudios realizados por Carlos Serrano. Aunque en el conjunto de la partida debieron ser muchos más.  

En cuanto al núcleo de la campaña propiamente mexicana de Cortés ya Bernal Díaz o Bernardino de Sahagún mencionaron en sus famosas crónicas, sin dar nombres, la presencia de “decenas” de siervos negros entre la hueste. Sabemos también que en una posterior expedición a la Baja California que Cortés realizó tras la conquista del Imperio azteca llevó con él, como porteadores, a centenares de esos negros esclavos. Y lo que es más, entre la tropa se encontraban personajes tan extraños como Juan Garrido, que no era negro sino un musulmán bereber convertido al cristianismo en Portugal para así escapar de la esclavitud y que había combatido para Ponce de León y al servicio del propio Cortés durante la conquista de Tenochtitlán.

Es más, José María González Ochoa, en su libro Protagonistas desconocidos de la conquista de América refiere en uno de los capítulos algunos casos muy interesantes, como el de un esclavo negro al que llamaban Juan Cortés y que batalló contra los aztecas. Otro esclavo negro llamado Sebastián Toral recibió de la Corona una vez liberado una pensión por sus heridas de guerra durante la conquista del Yucatán. Mientras que Juan Bardales, también esclavo africano, solicitó una ayuda a la Corona tras participar en una campaña en tierras de la actual Honduras.

Sabemos asimismo que Pedro de Alvarado usó unos doscientos africanos en un fallido intento de expedición al Perú. Y el cronista Pedro de Cieza alude repetidas veces a la presencia de auxiliares africanos en las huestes de Pizarro y luego en las tropas que Almagro llevó a Chile.

A ese respecto durante la captura de Atahualpa resultó fallecido un tal Jerónimo de Aliaga, una vez más un esclavo negro. Igual que Juan Valiente, un esclavo capturado en 1530 en algún lugar de África occidental por negreros portugueses. Juan fue más tarde comprado por Alonso Valiente un vecino de Puebla que lo bautizó, le puso su apellido y lo envió a combatir en su provecho. De esta forma acabó sirviendo sucesivamente a las órdenes de Pedro Alvarado y de Almagro en su expedición a Chile, luego se unió a Valdivia en su lucha contra los araucanos, para acabar finalmente casado con Juana de Valdivia, una esclava negra del gobernador. Y también de padre africano era Juan Beltrán otro “conquistador” de que combatió en la zona, en su caso contra los mapuches, en palabras del cronista Antonio Vázquez de Espinosa.

Libres eran en cambio Juan García Pizarro y Miguel Ruíz que aparecen citados más adelante acompañando a Pizarro en Cajamarca. Juan era un negro libre nacido en Cáceres que con treinta y cuatro años se unió a Pizarro y fue uno de los responsables de pesar el oro entregado como rescate por Atahualpa. Luego ejerció de pregonero y de gaitero y con las ganancias sabemos que incluso compró a otro conquistador una india capturada en la zona de la actual Nicaragua. 

¿Cómo es posible por tanto que el relato oficial sobre la España de los Austrias en general y la conquista de América en particular haya ocultado sistemáticamente hasta el día de hoy el peculiar color de piel de toda esa gente y muy en especial la presencia de esclavos entre las huestes de los conquistadores cuando lo cierto es que España fue uno de los últimos países del planeta en abolir la esclavitud (a finales del s. XIX)?

Sin duda hay dos o tres hechos que contribuyeron a la confusión. Por un lado la práctica de la época de poner nombres típicamente castellanos a todos los esclavos (de ahí que fuese tan habitual entre ellos el nombre de "Juan"), lo que hoy dificulta distinguir la presencia de este tipo de sujetos a través de las crónicas escritas. Crónicas que, además, en muchos casos directamente ignoran toda esta cuestión contribuyendo a dejarla en la oscuridad. Por otro lado hay que tener en cuenta que, debido a diversas razones, la esclavitud negra no dejó prácticamente huella genética apreciable en la Península. 

De tal forma es normal que haya calado entre el grueso de la población española del presente la idea de que no existía la esclavitud en la España imperial, tampoco en América. Además la falsa impresión anterior se ve reforzada por el hecho cierto de que no se esclavizó de forma directa a la población india de aquel continente. De hecho, en relación con esto último, se halla muy extendida la creencia de que entre los conquistadores y misioneros españoles era corriente una actitud hacia la población nativa supuestamente más positiva que la mantenida por otros pueblos de la época, en especial los ingleses. Ahora bien, hay muchas cosas que matizar a este último respecto y en general sobre las más bien oscuras y cínicas razones de la Corona hispana para “proteger” a los nativos americanos. 

   Geopolítica

En cuanto a lo anterior hay que partir de una idea muy concreta. La exploración y conquista de América se hizo dentro de un cierto orden jurídico. Un orden primitivo, maniqueo, ridículo a nuestros ojos, pero perfectamente válido para los dignatarios del período. A su vez dicha legalidad emanaba entre otras cosas de una serie de bulas negociadas con la Santa Sede (Primera Inter caetera, Piis Fidelium, Segunda Inter Caetera, Eximiae Devotionis, Dudum siquidem y Ea quae pro bono pacis), así como diversos tratados complementarios firmados con el vecino reino de Portugal entre los años 1479 y 1529 (Alcacovas, Tordesillas y Zaragoza sucesivamente).

El resultado de todo ello fue que Castilla y Portugal vieron reconocido su domino de amplias regiones del planeta bajo una "pequeña" condición. Si hoy en día entendemos como lícitas las operaciones militares para “defender y extender la democracia”, en el s. XV y XVI un casus belli que se entendía como válido era el “defender y extender la fe” (por supuesto la única verdadera, es decir la cristiana). Eso implicaba que los Reyes Católicos lograron la aceptación del supuesto dominio castellano exclusivo sobre el continente americano en base a la divina misión de alejar de la idolatría a los pueblos paganos de aquella parte del mundo. Pueblos que, eso sí, en adelante pasaban a ser súbditos de la Corona. De esa forma la población nativa americana, una vez realizada la conquista, pasó a convertirse en una masa de ciudadanos de segundo orden. Ahora bien se trataba de población sometida pero no esclavizable porque eso pondría en cuestión la legitimidad de la propia conquista en virtud de todo lo dicho. A fin de cuentas ésta no se había realizado con el vulgar propósito de buscar metales preciosos (igual que hoy en día las intervenciones militares internacionales no tienen nada que ver con el petróleo), sino que se había llevado a cabo, entre otras cosas, con el elevado propósito de liberar a los pueblos amerindios de la barbarie y la superstición para incluirlos en el orbe católico.

Dicho de otra forma, la donación de los derechos de propiedad sobre el nuevo continente realizada por el Papado a la Corona castellana se fundamentaba en torno a la labor evangelizadora. No obstante, en relación con la misma, los indios del nuevo continente pasaban a ser de facto vasallos del monarca castellano, por tanto individuos con algunos derechos reconocidos. En consecuencia el negar esos derechos suponía poner en cuestión las precarias bases de la conquista en cuanto al incipiente “derecho internacional” de la época. 

Además a todo eso se unían otras consideraciones. Esencialmente dos.

A partir de 1540 aproximadamente quedó claro que la principal riqueza de los nuevos virreinatos americanos (o al menos la fuente de beneficios más fácil de explotar que encontraron los conquistadores hispanos) era la minería de plata, la cual se concentraba esencialmente en unas pocas minas de la cordillera andina (Bolivia y Perú fundamentalmente) y el centro de México, casi todas ellas ubicadas a más de 2.000 metros de altitud. En esas condiciones muy especiales solo la población autóctona acostumbrada a vivir y trabajar a esas alturas, con poco oxígeno, servía como mano de obra. Los colonos llegados desde la Península no tenían la menor intención de realizar un trabajo tan duro y peligroso y la población negra esclava traída de África, si bien se adaptaba a zonas como las islas del Caribe o la costa, no lo hacía de igual manera a grandes altitudes sobre el nivel del mar. Por eso en muchas zonas resultaba necesario, sobre todo para los intereses de la Corona, el preservar a la población amerindia como mano de obra indispensable e insustituible. 

En cambio en las zonas costeras del Caribe, en condiciones tropicales y de economía de plantación, de minas de oro lacustres, o incluso en zonas aptas para la ganadería, los indios no eran en gran medida necesarios ya que estaban en desventaja frente a las más robusta, disciplinada y resistente mano de obra negra que fue importada por millones sobre todo a partir del s. XVII cuando el desarrollo económico en esas zonas empezó a demandarlo.

Claro que en lo tocante a esto último había un problema nuevamente de tipo geopolítico y no tanto moral. Como menciona José Antonio Piqueras en La esclavitud en las Españas y La Corona española y el tráfico de negros, España no practicó la trata de esclavos africanos de forma importante durante las primeras décadas de la modernidad no por una opción ética, sino sencillamente porque no tenía acceso a los grandes centros proveedores de esclavos (ubicados en la costa occidental africana y el Golfo de Guinea) en virtud de la prohibición contenida en el tratado de Tordesillas de 1494.

Por tanto, la necesidad de un suministro constante de esclavos africanos para América fue atendida mayoritariamente por comerciantes pertenecientes a otras potencias, primero Portugal y más adelante la propia Inglaterra, muchas veces a través del puro contrabando. Esto último en cierta forma permitió a su vez que dicha actividad quedase un tanto oculta incluso para los contemporáneos y por supuesto para los primeros historiadores del período, obnubilados por las grandes batallas de los tercios o las hazañas de Cortés y Pizarro.

   Por el interés te quiero, Andrés

Volviendo al hilo de la narración hay otro hecho a considerar. Hasta aquí he intentado explicar cómo la supuesta protección de la que gozó la población indígena americana tras la conquista en muchos casos era debida al puro interés político y económico, no a una consideración moral. En función de lo anterior en algunas zonas donde ese interés no era tan claro, como la región de el Caribe, se recurrió a la introducción de mano de obra esclava procedente de África. Sin embargo, en los primeros momentos tras la conquista, el aprovisionamiento de esclavos africanos en grandes cantidades no resultaba fácil por la razón que he mencionado en los párrafos previos.  

Pues bien, de lo anterior se derivaron fórmulas para reducir a una suerte de esclavitud a la población indígena americana… pero sin que tal cosa resultase evidente. Es decir en el continente se experimentó con diversas estrategias de sometimiento de la población nativa teniendo siempre mucho cuidado en salvar las apariencias ya que, como he comentado, reducir a esa población a una esclavitud descarada no resultaba jurídica ni políticamente conveniente.

Debido a ello se llegó, por ejemplo, a la implantación de la encomienda. La cual consistía en que los integrantes de partidas de conquista exitosas y los grandes propietarios de terrenos recibían el control de docenas o incluso cientos de nativos (en adelante obligados a trabajar gratuitamente para ellos) a cambio de que dichos “encomenderos” se encargasen de “evangelizarlos”. Estamos hablando de puro y simple feudalismo llevado a cabo, eso sí, por medios diferentes de los habituales en Europa durante los siglos precedentes.

Así cuando el conquistador recibía tierras obtenía también con ellas un cierto número de indios para que las trabajasen en pago de "protección" y de una supuesta “instrucción religiosa”, pero claro, todo esto era en muchas ocasiones una mera excusa porque el trato que recibían los indios era de facto parecido al de siervos de la gleba medievales.

Otro de los sistemas más importantes de explotación del trabajo indígena fue el repartimiento. El cual consistía en atribuir contingentes de indios a los colonos hispanos para desempeñar un trabajo durante un tiempo determinado. Se trataba de un sistema parecido a la encomienda, aunque más favorable, porque se llevaba a  cabo bajo la teórica supervisión de funcionarios de la Corona y estipulaba un salario para los trabajadores. Al menos en teoría

Para el trabajo en las minas en concreto se adoptó sobre todo un sistema ya practicado por los incas en la zona Andina: la mita. Cada comunidad indígena estaba obligada a proporcionar un número determinado de trabajadores unos meses al año. En teoría la atribución de trabajadores era provisional, se llevaba a cabo a través de agentes del rey, se hallaba sometida a un control y el trabajo estaba acompañado de un pequeño salario. Pero también aquí la realidad fue distinta a la ley: malas condiciones laborales, jornada prolongada, castigos corporales... con lo que el trabajo en las minas se convertía así en una condena a muerte a medio plazo, sobre todo porque la "amalgamación" del mineral de plata una vez extraído requería el empleo de mercurio, muy tóxico.

Además hay que tener en cuenta que al margen de esos sistemas, que son los más conocidos, existieron otras muchas formas de trabajo indígena obligatorio como el llamado porteo, al que eran obligados los indios para el aprovisionamiento de mercancías. De esa forma comunidades indígenas ubicadas en rutas estratégicas de aprovisionamiento o comercio se veían obligadas a ejercer de facto como mulos de carga al servicio de los colonos hispanos mientras estos últimos lo juzgasen necesario.  

Llegados aquí en el debate siempre interviene en la discusión alguna persona que procede a repetir rítmicamente el famoso argumento de que en realidad la Corona castellana fue una de las primeras en el mundo en preocuparse por la suerte de poblaciones sometidas y en función de ello promulgó un andamiaje jurídico encargado de proteger a la población nativa americana: empezando por la Real Provisión de 1503 firmada por Isabel “la Católica”, hasta llegar a las Leyes Nuevas de 1542, pasando por las Leyes de Burgos de 1512.

Para no extenderme voy a limitarme a matizar dos cuestiones a ese respecto. En primer lugar hay que entender que una cosa son las ideas contenidas en los Corpus legales y otra, muy distinta en ocasiones, la realidad de su aplicación práctica. Porque si nos atenemos únicamente al estudio de los ordenamientos jurídicos, al margen de la realidad, muy bien podría resultar que eso nos llevase a juzgar que Irak, Afganistán, o Corea del Norte son actualmente poco menos que paraísos en la tierra. De igual forma, volviendo al caso de la América hispana, el problema es que todas esas iniciativas jurídicas a las que se alude, producto de un fértil debate llevado a cabo en la Península, apenas tuvieron plasmación práctica sobre el terreno del Nuevo Mundo, es decir en las haciendas ubicadas en lo profundo del continente americano a veces a cientos o miles de kilómetros de la burocracia oficial.

Por otro lado lo anterior se relaciona con un segundo matiz igual de perverso. En muchos casos dichas medidas no fueron defendidas por la Corona, siquiera en el plano teórico, por la grandeza de corazón y los elevados estándares morales de sus majestades Católicas o sus herederos Austrias sino que, una vez más, tuvieron mucho que ver con fríos cálculos políticos.

A finales del s. XV la Corona castellana venía de salir de un largo período de guerras civiles de cuño feudal. La causa de las mismas había sido precisamente el enfrentamiento entre la nobleza y la Corona y tal disputa habían finalizado con el triunfo de los intereses monárquicos. Poco después la exitosa conquista americana proporcionó a la Corona castellana el dominio de unas tierras inmensas ubicadas a miles de kilómetros de la Península. Hablamos de una época durante la cual en Europa las monarquías comenzaban a hacerse más autoritarias gracias a una burocracia regia cada vez más sofisticada y extendida. Sin embargo los territorios americanos eran demasiado extensos y estaban demasiado alejados. Allí resultaba imposible en la práctica imponer la autoridad de la Monarquía de forma efectiva y uniforme con la misma fuerza que en la Península debido a la lentitud de los transportes y las comunicaciones disponibles en aquellos tiempos. Surgía por tanto el peligro de ver renacer el problema de las revueltas nobiliarias, en este caso en el seno de las nuevas y alejadas tierras americanas.

A fin de cuentas, como ya he insinuado, instituciones como la encomienda poseían inquietantes parecidos con formas de servidumbre feudales. Y si las familias de los principales conquistadores del continente americano lograban perpetuar luego su poder a lo largo de grandes extensiones de terreno y hacerse con el control completo de los indios que vivían en ellas… Bueno, en la práctica eso convertía a dichos conquistadores en nobles feudales con un poder aún mayor del que había tenido en su día la nobleza peninsular y encima en este caso a miles de kilómetros de distancia de la Corte.

En otras palabras dejar el campo libre a conquistadores y encomenderos suponía una amenaza para la Corona porque se crearían en América (es decir en un lugar lejano a donde resultaba muy difícil y caro enviar tropas) poderes demasiado grandes que podían hacer sombra a la institución regia. Y recordemos que para la Corona resultaban vitales los ingresos procedentes de las minas americanas, en las cuales la mano de obra clave era la proporcionada por la comunidades indígenas que malvivían en condiciones de semiesclavitud cerca de las grandes zonas mineras. Es por ello que a la Corona le interesaba como mínimo limitar la capacidad de los conquistadores y grandes potentados del continente americano para disponer a voluntad de los nativos. Así se aseguraba la continuidad de la estratégica actividad minera, a la vez que dificultaba el estallido de posibles revueltas instigadas por señores demasiado ricos y poderosos.

Asimismo, a todo lo anterior hay que sumar el papel jugado por la Iglesia. Su protección de los nativos tenía mucho que ver con cuestiones morales, pero también con cálculos. A fin de cuentas el control  de las masas de nativos suponía inmensos ingresos potenciales y en última instancia un instrumento de poder nada despreciable, como acabaron siendo durante el s. XVIII las reducciones jesuitas del Paraguay, por ejemplo.

De tal forma analizar toda esta cuestión a través únicamente de la hermosa legislación oficial y presuponiendo una profunda altura y coherencia moral para los protagonistas resulta ingenuo. Por ejemplo, conviene recordar a ese respecto que uno de los principales defensores de la esclavitud de los negros en América fue un tal… Bartolomé de las Casas, gran defensor de los indios por el contrario.

En el tablero de juego americano se llevó a cabo una partida donde Corona, Iglesia y grandes conquistadores se disputaron los despojos del continente y el control de los nativos para ver quien lograba hacerse con una mayor base de poder. Es en función de ello como hay que, a mi juicio, interpretar los movimientos tácticos de unos y otros. De esa forma en 1532 se llegó a un acuerdo entre la Corona y los colonos para abolir la encomienda de servicios, que exigía trabajo forzado del indígena, de cara a ser sustituida por la encomienda de tributos basada en la entrega por parte de los indios de algunos productos en concepto precisamente de tributo. Tras ello enseguida los conquistadores y sus familias intentaron convertir en hereditario ese tipo de privilegio mientras que la voluntad de los monarcas era que esos derechos sólo durasen una generación, para evitar algo que ya se ha mencionado, es decir posibles problemas en los territorios americanos debidos al “contagio” del feudalismo hacia América justo cuando se estaba produciendo su desaparición en Europa. De esta forma las encomiendas fueron fugazmente abolidas en las Leyes Nuevas de 1542 provocando la rebelión de Gonzalo Pizarro, hermano pequeño de Francisco Pizarro, lo que con el tiempo obligó a su vez a dejar en suspenso la ley en 1547. Dinámica de acción-reacción-reajuste que afectó a la historia de muchas otras medidas muy bonitas y progresistas sobre el papel.

En consecuencia todo el análisis que se haga en base a tomarse al pie de la letra el arsenal legislativo redactado en la Península es incapaz de plasmar la realidad sobre el terreno. Un terreno donde funcionó la “inobservancia de la ley” por parte de los potentados suficientemente poderosos como para desafiar la autoridad de los fugaces virreyes. Así mientras en teoría los indios americanos eran libres y muy bien tratados gracias a la preocupación que por ellos sentían la Corona y la Iglesia, lo cierto es que en la zona andina funcionó durante toda la Edad Moderna una práctica tan salvaje como la mita, a todos los efectos muy parecida a una suerte de esclavitud aleatoria de una parte de la población. En 1719 Felipe V intentó abolirla pero dicho decreto jamás fue enviado a las Indias y siguió en funcionamiento (aunque en crisis por el agotamiento de las minas y el estancamiento de la población indígena) hasta la época de las Cortes de Cádiz.

   Mestizaje

Por otro lado argumentar, como a veces se hace, una supuesta ausencia de prejuicios o una mayor sensibilidad multicultural entre la población que llegó desde la Península a América durante el s. XVI, todo ello en contraposición al proceder de los colonos llegados a Norteamérica en el siglo siguiente, tampoco se sostiene demasiado.

Se suele razonar que el amplio mestizaje llevado a cabo en Hispanoamérica sería una muestra de que las barreras raciales y culturales no importaban tanto para la población llegada desde la Península, por oposición a lo ocurrido en los actuales EE.UU. con los colonos británicos quienes apenas se mezclaron con la población india.

Pero lo anterior no tiene el menor sentido porque obvia los distintos contextos. En un primer momento desde la Península Ibérica llegaron al continente americano sobre todo militares, hombres solteros o que habían dejado atrás a sus familias. Muchos de ellos personas no especialmente piadosas. Se trataba en cambio de hombres que buscaban fortuna y estaban dispuestos a lo que fuera con tal de conseguirla. Es así como, sin el menor escrúpulo, una parte de ellos rápidamente se hizo con el control de verdaderos harenes formados por mujeres nativas. Todo ello por pura diversión, sin que lo anterior sirva para argumentar a favor de su hipotética sensibilidad multirracial.

Sabemos que durante la conquista de México un soldado de Palos de la Frontera, de apellido Álvarez, tuvo en tres años treinta hijos de mujeres indígenas. Asimismo las huestes al mando de Álvaro de Luna, apenas un centenar de hombres, desarrollaron tal actividad sexual durante la conquista de Chile que en su campamento según las crónicas “hubo semanas en que parieron sesenta indias de las que estaban al servicio”. El propio Hernán Cortés mantenía un harén regular de unas cuarenta indias para su placer sexual en una mansión de Cuernavaca.

¿Todo eso habla positivamente de la supuesta carencia de racismo entre los conquistadores?.  Para nada.

El comportamiento de los primeros colonos ingleses en Norteamérica fue muy distinto básicamente porque a aquel territorio emigraron inicialmente sobre todo fanáticos religiosos, no soldados. Y lo hicieron acompañados de sus familias, de sus mujeres y sus hijos. Y además no se encontraron con amplias poblaciones de nativos sino regiones con mucha menor densidad de población, con distinta geografía, distinto clima, distintas estructuras económicas, etc. Por ello su comportamiento respecto a los nativos fue diferente (querían sus tierras no su fuerza de trabajo). Igual que lo fue el de los franceses en el Canadá, zona en la que los escasos colonos nunca alcanzaron proporciones importantes respecto a la población nativa a la que, por tanto, hubieron de tratar con mucho más respeto del que le profesaban tanto españoles como ingleses.

Asimismo los colonos hispanos no se comportaron de la misma forma en América frente a la población indígena de origen precolombino que en Filipinas, donde su posición fue siempre muy precaria y donde no se mezclaron demasiado con la población nativa.

La situación coyuntural marcaba el comportamiento concreto que los europeos desarrollaban fuera de su continente ante otro tipo de poblaciones. Por ello, salvo excepciones puntuales, lo más que se puede decir es que probablemente casi todos los europeos entre el s. XVI y quizás las postrimerías del XIX, independientemente del país del que hablemos, pensaban más o menos lo mismo de los no europeos. Si bien, según las circunstancias precisas, la actitud derivada de lo anterior cambiaba para adaptarse a la situación, las necesidades concretas del momento y las relaciones de poder en cada lugar.

Aclarado eso, termino esta primera entrada dedicada a la compleja cuestión de la conquista de América y el controvertido papel de los conquistadores durante la misma.

En este punto la imagen épica de los conquistadores de la que hablaba al comienzo del texto (unos cientos de hombres plenos de virilidad y potencia testicular hispana, rodeados de miles y miles de indígenas hostiles) ha comenzado a resquebrajarse siquiera un poco. Resulta que al “posado” en cuestión hay que añadirle quizás la presencia de algunas mujeres y desde luego la de grupos enteros de esclavos negros usados como porteadores y carne de cañón. Hasta ahora todos ellos resultaban invisibles, pero eso está cambiando. Por tanto la representación mental que podemos hacernos de la conquista de América empieza a modificarse en nuestra cabeza. Sin embargo en el fondo todo lo que he contado hoy resulta apenas un detalle menor en espera de introducir la cuestión verdaderamente central. La que puede cambiar por completo la “fotografía” de lo que realmente sucedió.