domingo, 26 de febrero de 2017

Crimen y castigo


Los motivos de esta cerrada adhesión a regímenes que han llevado la tiranía y la muerte a millones de individuos por parte de personas cultas e inteligentes -que ingenuamente cabía suponer que apoyarían ideales ilustrados- han sido objeto de profundos análisis.

“El opio de los intelectuales” de Raymond Aron


Lo que Edwards y otras personas de su tipo no pueden aceptar es la gran validez del movimiento eugenésico. Estados como California e Indiana ya están viendo los beneficios de una sociedad purificada y consideran introducirla en sus legislaciones. Este movimiento está creciendo más rápido que ningún otro en la medicina moderna.

The Knick, 2x09, “¿Do You Remember Moon Flower?”


               


Hoy pienso hablar del totalitarismo fascista que se extendió por Europa en el período de entreguerras del s. XX. O más bien de su legado. Al respecto voy a intentar resumiros tres ideas bastante incómodas de las cuales las dos primeras son relativamente conocidas mientras que la tercera es en cambio una pequeña contribución personal. 

Primera idea: tantos cabrones y tan pocas balas.

Aunque en su momento fue un secreto, desde hace décadas se sabe que tras el final de la II Guerra Mundial muchos nazis de segundo orden fueron rehabilitados y protegidos por las potencias occidentales, sobre todo los EE.UU. De esa forma escaparon a posibles represalias y con el tiempo fueron reintegrados a posiciones de poder.

Lo cierto es que tras el colapso del III Reich y la derrota de Alemania solo las grandes personalidades públicas del nazismo alemán y del fascismo italiano pagaron con su vida o con largas penas de cárcel su implicación en la catástrofe que desencadenaron. Realmente hoy podemos considerar los juicios de Nuremberg, así como algunos otros procesos relacionados, más como una operación propagandística, un exorcismo público antes de pasar página, que otra cosa. La triste realidad es que incluso diversas personalidades de primera fila que habían apoyado a los nazis salieron bastante bien paradas de tales eventos, desde Albert Speer a Walther Darré. Y por debajo de ellos os podéis imaginar.

   A fin de cuentas de haberse impartido una justicia real tras el final de la guerra hubiese sido necesario represaliar a un porcentaje significativo de toda la población de Alemania, Italia y Austria e incluso también a cientos de miles de ciudadanos de muchos países ocupados, caso de Francia. así como a diversos líderes militares de los propios países vencedores del conflicto por sus decisiones durante el mismo, empezando por las vergonzosas purgas y matanzas llevadas a cabo por los soviéticos contra las élites polacas, hasta llegar a diversos bombardeos de población civil a gran escala efectuados por británicos o estadounidenses.

Pensando solo en el caso de Alemania la verdad es que, por ejemplo, la captura, delación, transporte y finalmente el exterminio de judíos, gitanos u homosexuales, o disidentes políticos de diverso pelaje, llevado a cabo por los nazis en sus campos de concentración, lejos de ser producto de operaciones secretas semiclandestinas desarrolladas por apenas un puñado de hombres fue la punta del iceberg de un proceso de acoso social que contó con la aquiescencia pero también incluso la participación activa en un grado u otro de cientos de miles de ciudadanos.  

Pero claro, incluso desde la perspectiva de las potencias vencedoras resultaba implanteable encarcelar o ejecutar a toda esa población. No había recursos materiales ni humanos para llevar a cabo tal purga con las garantías debidas y además hacerlo habría comprometido seriamente la reconstrucción de los territorios ocupados.

Por todo ello se impuso lo inevitable, es decir un gran proceso de olvido colectivo que, insisto, no se desarrolló solo en Alemania sino también en menor medida en muchos otros países.

Además en este punto hay que tomar en consideración el peculiar contexto posterior al final de la II Guerra Mundial. Un momento de calma tensa, recuperación y rearme de los dos grandes bloques ideológicos que habían vencido en la guerra y se preparaban para el posterior enfrentamiento entre ellos de cara a repartirse el mundo.

Y en medio de esa coyuntura, tanto para estadounidenses como para británicos, franceses o soviéticos, pronto resultó evidente que la escoria superviviente del bando vencido podía resultar muy útil en los tiempos venideros.

Es así como se desarrollaron diversas operaciones de “captación de talento” por parte de las potencias vencedoras, siendo los EE.UU. como grandes triunfadores de la guerra, los que se hicieron con las mejores “piezas”. Merced a lo anterior, y de forma opuesta a la retórica oficial que negaba cualquier contemporización con nazis, los EE.UU. pasaron a encubrir y proteger a muchos criminales de guerra de cara a favorecer sus propios intereses en política exterior (y en menor medida debido a la existencia dentro de los EE.UU. de corrientes de pensamiento en el fondo afines al fascismo e incluso a algunas de las ideas defendidas por los nazis respecto a la cuestión racial; por ejemplo, a la derecha podemos ver a Henry Ford recibiendo orgulloso una condecoración ofrecida por el Gobierno de la Alemania nazi en 1938, en unos años en que dicho gobierno tenía en los EE.UU. defensores y admiradores como Charles Lindbergh o Joseph P. Kennedy).

Debido a ello no cuento nada nuevo ni sorprendente si me limito a recordar que pronto la mayor parte de los mejores científicos que habían trabajado para el régimen nazi fueron reempleados por los EE.UU., sobre todo en su naciente programa espacial, mediante la famosa operación Paperclip de la cual se beneficiaron el celebérrimo y controvertido Wernher von Braun (1912-1977) así como otras personalidades notables entre las que destacan Walter Robert Dornberger (1895-1990), Arthur Rudolph (1906-1996) o Kurt Debus (1908-1983), casi todos ellos individuos con trayectorias muy controvertidas (por decirlo de alguna forma) en lo que respecta a sus años de trabajo al servicio de la maquinaria bélica alemana


La extensión de ese programa fue tal que se reclutó a más de 1.600 personas, no solo científicos expertos en física o cohetería, como normalmente se supone sin ahondar más, sino también otro tipo de individuos que aportaron sus oscuros conocimientos relativos a la producción de agentes químicos o los efectos de los mismos en humanos (datos obtenidos en muchos casos gracias a diversos experimentos totalmente amorales llevados a cabo con prisioneros). Luego volveré sobre estos aspectos y daré nombres. 

   No hay que olvidar tampoco que algo parecido a todo lo anterior ocurrió a su vez con diversos físicos alemanes de alto nivel, los cuales habían colaborado en su día con el fallido programa nuclear nazi y que al final de la guerra fueron captados por la URSS. Gente como Manfred von Ardenne (1907-1997) o Peter Adolf Thiessen (1899-1990) quienes acabaron colaborando activamente con los esfuerzos rusos para hacerse con una bomba atómica. Con el tiempo gracias a ello ese tipo de especialistas obtuvieron diversos galardones y premios en la Rusia comunista y finalmente pudieron regresar a Alemania, normalmente a la RDA, para montar laboratorios privados o enseñar en la Universidad. 

  Por otro lado buena parte de los servicios secretos y de seguridad nazis pasaron a integrar las por entonces embrionarias redes de espionaje de los EE.UU. en Europa del Este (así como las redes de espionaje soviéticas sobre todo en territorio de la antigua RDA, aunque este es un tema mucho menos estudiado salvo por trabajos como el de la imagen anexa). Eso permitió así a individuos tan sospechosos como Reinhard Gehlen (1902-1979) o “Klaus” Barbie (1913-1991), alias “el carnicero de Lyon”, reciclarse profesionalmente y escapar a toda represalia por su trayectoria durante el conflicto mundial a cambio de compartir información, contactos y conocimientos de métodos de tortura e interrogación.

Un ejemplo perfecto de lo anterior es el de Otto von Bolschwing (1909-1982) mentor y ayudante de Adolf Eichmann. Después de la guerra el espionaje estadounidense no solo le contrató como informante sino que en 1954 le fijó residencia junto a su familia en Nueva York y en 1959 le concedió la ciudadanía estadounidense tras lo cual emprendió una exitosa carrera en el mundo empresarial.

Parecida biografía tiene el lituano Aleksandras Lileikis (1907-2000) colaboracionista nazi envuelto en masivas matanzas de judíos en su país que luego se convirtió en ciudadano estadounidense y exitoso hombre de negocios.

O el croata Jakob Frank Denzinger (1924-2016) quien fue sucesivamente guarda de hasta cinco campos de prisioneros en la Alemania nazi (entre ellos Auschwitz, Mauthausen y Buchenwald) nada de lo cual le impidió obtener la ciudadanía estadounidense. Con el tiempo, cuando la "Guerra Fría" terminó y él, y otros muchos como él, dejaron de resultar útiles, emigró a Alemania Federal y luego a la naciente Croacia donde vivió con un alto nivel de vida hasta su muerte. De hecho se hizo famoso en 2014 cuando se descubrió que la Seguridad Social estadounidense, aún a sabiendas de su pasado nazi, puntualmente le pagaba 1.500 dólares todos los meses (varias veces el salario medio en Croacia) como parte de un “acuerdo” pactado justo antes de su apresurada salida del país.

Según un reciente libro de Eric Lichtblau, ganador del premio Pulitzer y columnista del New York Times, EE.UU. cobijó a más de 10.000 antiguos nazis tras la guerra, bastantes de los cuales habrían desempeñado roles importantes en el Genocidio. Y lo hizo con pleno conocimiento de causa. La mayoría de ellos fueron protegidos hasta los años 80 momento en el que, envejecidos y con el panorama geopolítico cambiando a toda velocidad, ya no resultaban útiles y por otro lado su presencia empezaba a levantar suspicacias y amenazar con volverse embarazosa, por lo cual se estimuló la emigración a otros países de muchos de los supervivientes (para entonces ya menos de 150), eso sí, continuando en el tiempo el riguroso pago de sus salarios y pensiones a costa de los contribuyentes. A fin de cuentas toda esta gente había cumplido su parte del trato, aunque no sabemos muy bien haciendo qué, durante los años de la "Guerra Fría". 

Al margen de lo anterior, que ya es de por sí escandaloso, en general con el tiempo muchos burócratas de segundo o tercer orden que habían servido al nazismo y al fascismo italiano sin mancharse demasiado las manos acabaron ocupando importantes puestos de poder en la Alemania Federal, en Austria o en Italia. Por ejemplo, aquí en su día hablé del venerable Licio Gelli (1919-2015) quien se exilió unos años a Argentina tras el final de la contienda mundial para regresar luego a Italia y convertirse en un próspero “hombre de negocios”. Pero este tipo de cosas ocurrieron un poco por todas partes, incluso en Francia.

Os recomiendo por ejemplo dar un vistazo a la biografía de Maurice Papon (1910-2007), un militante “de izquierdas” en los años 30 que luego se reconvirtió como eficiente funcionario del régimen de Vichy y tras eso colaboró de forma entusiasta con los nazis en la deportación de judíos a los campos de concentración, muchos de ellos niños. Pese a todo, como hábil arribista, tras la guerra no tuvo ningún problema en hacer olvidar su pasado, reconvertirse como político y ocupar durante décadas altos cargos en sucesivos gobiernos franceses (llegó a ser Ministro a finales de los años 70) realizando trabajos sucios para ellos. Por ejemplo fue el responsable de la llamada masacre de París del 17 de octubre de 1961, una furibunda represión de manifestante argelinos por parte de la policía que causó docenas de muertos, tras la que fue protegido por el propio De Gaulle el cual le concedió incluso la Legión de Honor.

   Un caso muy parecido al de René Bousquet (1909-1993), un alto oficial de la policía del Régimen de Vichy que colaboró de forma entusiasta con los nazis entre otras cosas de cara a la deportación de miles de judíos hacia campos de concentración alemanes. Tras la guerra pese a todo no tuvo demasiados problemas en hacer olvidar su pasado y desarrollar durante décadas una exitosa carrera como hombre de negocios y "conseguidor" en la sombra, principalmente gracias a su amistad con un tal Francois Mitterrand.   

Por su parte Adolf Heusinger (1897-1982) fue un alto oficial de la Wehrmacht que pudo estar implicado en crímenes de guerra según un documento desclasificado por la CIA en 2006 y otros sacados a la luz en 2014, pero en su momento nada de eso se hizo público (entre otras cosas porque aceptó trabajar secretamente al servicio de los EE.UU. primero en el marco de la organización tejida por Reinhard Gehlen y luego como confidente) y por tanto no tuvo problemas en llevar a cabo una brillante carrera pública tras al final del conflicto, llegando incluso a ocupar la jefatura del comité militar de la OTAN entre 1961 y 1964.

   Algo parecido a lo que ocurrió con Hans Globke (1898-1973) un abogado y devoto católico (porque hay que ser buena persona) que ayudó a redactar buena parte del entramado legal antisemita orquestado por los nazis, lo cual contra toda lógica no le supuso ningún tipo de estigma tras la guerra. Tal es así que con el tiempo fue promovido a importantes puestos de poder en la República Federal Alemana, entre ellos el de supervisor de los servicios de inteligencia y enlace de la Cancillería con la OTAN y la CIA. 

Un último grupo de personajes que se escurrieron entre los dedos de la historia lo formarían diversos médicos y químicos que cometieron todo tipo de atrocidades al servicio de los nazis y que tras la guerra desaparecieron con sorprendente facilidad de la escena sin que nadie los volviese a encontrar jamás. Es el caso del celebérrimo Josef Mengele (1911-1979) pero también de otros personajes inquietantes precisamente por ser mucho menos conocidos, caso de August Hirt uno de los padres de la moderna microscopía de fluorescencia para la observación de tejidos vivos y monstruo en sus ratos libres. Supuestamente se suicidó al final de la guerra pero ese dato nunca ha podido ser fehacientemente verificado.

A ese respecto muchos de ellos encontraron refugio en dos países muy concretos.

Uno fue la España del general Franco donde se asentaron entre otros León Degrelle (1906-1994), Otto Skorzeny (1908-1975), Johannes Bernhardt (1897-1980), Paul María Hafner (1923-2010), Horia Sima (1907-1993) o Ante Pavelic (1889-1959), así como docenas de pequeños oficiales que habían formado parte de campos de exterminio durante la guerra o miembros de las SS temerosos de represalias. 

El otro país fue la Argentina de Perón donde también se instalaron de forma fija o provisional notorios criminales de guerra como Aribert Heim (1914-1992), Erich Priebke (1913-2013), Eduard Roschmann (1908-1977) o Ludolf von Alvensleben (1901-1970).



Curiosamente el caso de Argentina y luego las redes que desde allí diseminaron por Paraguay u otros países de la zona a esa escoria humana es relativamente conocido en España. Pero sin embargo la población española parece ignorar el papel jugado por el propio Estado español ocultando y protegiendo a múltiples personajes de parecido calado. Aunque hoy no me extenderé sobre esa desoladora cuestión.

Lo cierto es que en casi toda Europa y muy especialmente en Alemania occidental el grueso de la sociedad jamás fue desnazificado y por tanto la inmensa mayoría de los cientos de miles de maestros, profesores universitarios, periodistas, fiscales, jueces, policías o funcionarios de aduanas que habían servido fielmente las directrices nazis sin hacerse preguntas (no solo porque cumplían órdenes o tenían miedo sino en muchos casos también porque en su intimidad ellos pensaban de forma muy parecida a Hitler) jamás tuvieron problema alguno tras la guerra. Todas esas personas pasado un tiempo y finalizado el caos de la postguerra simple y llanamente se reintegraron a la vida civil, se corrió un tupido velo sobre el asunto y durante los siguientes décadas Alemania occidental se dedicó a reindustrializarse, a olvidar, y a la vez a construir bonitos monumentos para recordar a los judíos muertos y que así nadie dudase del sincero arrepentimiento de todo el mundo por “lo” que había pasado.

Igual que ocurrió en Italia y muy especialmente Japón. Ese país tan simpático. 

Segunda idea: aunque parezca un contrasentido lo cierto es que nada impide ser un idiota y a la vez un reputado científico o intelectual.  

A mi juicio una de las más erróneas impresiones que se han transmitido sobre la Historia del s. XX, no está claro si por desconocimiento, incomodidad, miedo, o corrección política, es la idea de que el movimiento nazi estaba compuesto por una maraña de idiotas e iluminados aglutinados en torno a una ideología ridícula mezcla de exoterismo y racismo y concentrada esencialmente en un único libro escrito precisamente por Adolf Hitler el cual, casi en solitario, no sabemos cómo, logró prácticamente hipnotizar/aterrorizar a buena parte de la sociedad de su época para que compartieran o al menos tolerasen sus puntos de vista.

En el peor de los casos la simplificación anterior es una estupidez conveniente para muchos. En el mejor lo anterior es cierto y sin embargo no resume toda la verdad.

   Es un hecho que el núcleo del discurso nazi se asentaba sobre múltiples elementos irracionales. Pero no es menos cierto que el movimiento nazi en particular, y la ideología fascista del período de entreguerras en general, contó con el apoyo entusiasta, o al menos la aquiescencia pasiva, de una parte significativa de los mejores pensadores de su época. Algunos por miedo, otros por conveniencia y muchos (y esto es lo más aterrador e incómodo) por puro convencimiento, contribuyeron a prestigiar y difundir el pensamiento nazi y fascista entre buena parte de la población de sus países, incluso entre las clases sociales más ilustradas entre las cuales ese tipo de ideología tuvo bastante éxito. De hecho el totalitarismo fascista en general y el nazismo en particular antes que movimientos difundidos entre pobres campesinos y obreros analfabetos fueron más bien corrientes sostenidas por las clases medias urbanas del período. Aunque hoy nos pueda parecer inexplicable el fascismo y el nazismo gozaron de un importante apoyo entre profesores, abogados, pequeños comerciantes, grandes empresarios, e incluso entre estudiantes, médicos e investigadores de diverso tipo. O bien entre sus familias. Este último fue el caso de Elisabeth Nietzsche (1846-1935), hermana del conocido filósofo y una antisemita radical que en virtud de ello fomentó la explotación del prestigio y la obra de su fallecido hermano por parte del movimiento nazi.

Es decir buena parte de las personas más educadas de los años 20 y 30 compartían las ideas de Hitler o Mussolini, sino en su totalidad al menos sí en muchos de sus aspectos, esos que hoy juzgamos ridículos pero que por entonces eran considerados "modernos".

A fin de cuentas el pensamiento xenófobo y racista que se extendió por Europa en el período de entreguerras podía citar para entonces una buena ristra de referencias previas consideradas totalmente “honorables” por entonces.

Fue un francés, sí ¡un francés¡, Joseph Arthur conde de Gobineau (1816-1882), un pacífico y ejemplar diplomático y novelista, uno de los primeros en desarrollar a mediados del s. XIX la teoría de una raza aria superior en su Essai sur l'inégalité des races humaines.

Es más, en los años de la Guerra de Secesión estadounidense sus trabajos fueron calurosamente acogidos en dicho país por supremacistas blancos partidarios de mantener la esclavitud.

Y saben ustedes ¿quién fue uno de los padres fundadores de la eugenesia como campo “científico”?, pues nada menos que un británico, en concreto  Sir Francis Galton (1822-1911) quien para más señas era primo de Charles Darwin y contó con la entusiasta ayuda de tres de los hijos de Darwin en la difusión de su movimiento.

Francis pensó en aplicar la selección artificial entre seres humanos para mejorar la "raza" y aunque muchos años después el empleo por parte de los nazis de la eugenesia hasta límites de la limpieza étnica desprestigió para siempre esta corriente convirtiéndola en tabú no conviene olvidarnos que entre finales del s. XIX y los años 30 aproximadamente contó con un enorme prestigio y el apoyo de buena parte de la comunidad académica de varios países, anglosajones y escandinavos sobre todo, a través de personalidades como el zoólogo Walter Weldon (1860-1906), el prominente matemático Karl Pearson (1857-1936), o el prestigioso médico sueco Herman Bernhard Lundborg (1868-1943).

Concretamente en los EE.UU. el movimiento ganó mucho impulso gracias a los esfuerzos de personalidades como la del inventor (más bien estafador) británico Alexander Graham Bell (1847-1922), el abogado Madison Grant (1865-1937), el biólogo Charles Benedict Davenport (1866-1944), o el psicólogo Henry Herbert Goddard (1866-1957), por cierto uno de los causantes de la obsesión de diversas instituciones estadounidenses por los test de inteligencia la cual llega a la actualidad.


Es así como ya en 1896 a lo largo de los EE.UU. se empezaron a aprobar leyes sobre el matrimonio basadas en criterios eugenésicos, prohibiendo casarse a cualquiera que fuese "epiléptico, imbécil o débil mental". De ahí se pasó a la esterilización forzosa de los “imbéciles”, la cual se mantuvo en vigor buena parte del siglo XX en diversos Estados de la Unión. Así la Corte Suprema de los EE.UU. sentenció en 1927 que el Estado de Virginia podía esterilizar a los considerados “no aptos” iniciándose un período que llegó hasta ¡¡1963¡¡ en el cual se practicaron bajo dichas leyes eugenésicas más de 60.000 esterilizaciones forzosas, incluso en regiones del país tan pujantes y aparentemente llenas de población educada como California.


De tal forma cuando tras su derrota algunos dirigentes nazis fueron juzgados por llevar a cabo esterilizaciones masivas citaron la legislación estadounidense como una de sus inspiraciones. 

De hecho en los años previos a la II Guerra Mundial leyes parecidas habían estado algún tiempo en vigor en la propia Gran Bretaña, Suiza, Dinamarca, Canadá o Suecia. La diferencia con los nazis era sobre todo cuantitativa ya que en Alemania se practicó la esterilización forzosa a casi medio millón de personas, es decir a gran escala. Además el blanco favorito de la legislación en esos países habían sido las personas declaradas “deficientes mentales” mientras que en el caso de la Alemania nazi se esterilizó también a otro tipo de colectivos.

Pero, insisto en el incómodo y aterrador dato, durante la primera mitad del s. XX la eugenesia fue vista como algo “progresista” por diversos científicos prestigiosos y reconocidos de los países más educados y ricos de la época. Entre ellos el hoy ídolo hípster Nikola Tesla. Mientras que en Inglaterra este tipo de ideas fueron defendidas por personalidades tan cultas y variadas como John Maynard Keynes o George Bernard Shaw; y hasta H.G. Wells o un joven Winston Churchill llegaron a coquetear con ellas.


Es a través de las opiniones de toda esa gente y de múltiples publicaciones al servicio de los intereses imperialistas del período como se asentó entre la opinión pública de muchos países, entre ellos Alemania, contemplar como algo más o menos normal la idea de que el mundo es un lugar dividido entre sociedades “superiores” y otras “inferiores” (a fin de cuentas cualquier súbdito británico de la época pensaba exactamente eso de la población de sus colonias en la India o Kenia), que existen razas humanas (algo de lo que estaba convencida buena parte de la población de los EE.UU.), que las fronteras entre las sociedades corresponden o deberían corresponder a su vez a límites raciales y que, por pura lógica no tiene sentido ayudar a reproducirse a los individuos “débiles” o “defectuosos”, por lo cual lo mejor sería por ejemplo esterilizar a individuos con malformaciones o déficits cognitivos y otros problemas, cuando no poner directamente fin a su existencia lo más rápidamente posible.

Pasemos ahora a otros campos del pensamiento. Da la casualidad que la Geografía como disciplina científica básicamente nació en Alemania de la mano de pensadores como Alexander von Humboldt (1769-1859) y Carl Ritter (1779-1859). Es así como a principios del s. XX una de las principales escuelas de pensamiento geográfico era el llamado “ambientalismo” determinista germano desarrollado por Friedrich Ratzel (1844-1904) aún hoy considerado como uno de los padres de la rama de la Geografía humana académica, lo cual es cierto, igual que lo es el hecho de que también fue uno de los padres de ideas como el concepto de “espacio vital” o Lebensraum.

A todos los anteriores habría que sumar además a Walter Christaller (1893-1969), otra de las vacas sagradas de la ciencia geográfica, conocido por ser el creador de la "teoría de los lugares centrales", el cual durante la II Guerra Mundial puso sus teorías y su talento al servicio de la reconfiguración de la Polonia ocupada, aunque tras el final del conflicto cambió sin problemas de camisa para pasarse al partido comunista y hacer olvidar sus relaciones con un tal Himmler en los años previos.

  De hecho durante la primera mitad del s. XX también algunas de las principales escuelas y líneas de pensamiento teórico en el campo de lo que hoy conocemos como Geopolítica estaban integradas por pensadores alemanes o escandinavos, caso del político y pensador sueco Johan Rudolf Kjellén (1864-1922) o el alemán Karl Ernst Haushofer (1869-1946) de quien por cierto fue alumno y amigo Rudolf Hess. Estos pensadores, considerados punteros en su época y que aún hoy aparecen inevitablemente en las historias de sus respectivas disciplinas ocupando un espacio preeminente, ayudaron a conceptualizar y difundir entre muchos de sus alumnos universitarios y entre las clases educadas del período diversos conceptos un tanto problemáticos sobre los que hoy esos mismos manuales pasan de puntillas, por ejemplo la articulación de los conceptos de  Reich y Volk para dar lugar a la idea de Estado-nación como una comunidad militarizada uniforme racialmente.

Igual que ocurre en cierta manera con el italiano Vilfredo Pareto uno de los padres de la teoría económica moderna, quien saludó de forma entusiasta la llegada de Mussolini al poder en su país. De la misma manera que hicieron muchos otros pensadores italianos de primer nivel en aquel momento, como el poeta Gabriele D´Annunzio o el también poeta y editor Filippo Tommaso Marinetti padre del movimiento Futurista, una de las más importantes vanguardias artísticas de la época.

   Nos hemos olvidado de que el fascismo o el nazismo no consistieron solo en unos pocos líderes estrafalarios que hoy monopolizan los papeles de villano en las películas de Spieldberg, sino que en su momento, por detrás de esa fachada rocambolesca de personalidades psicopáticas embutidas en uniformes, buena parte de los principales cerebros de Europa apoyaron dichos movimientos y sus ideas. A veces por conveniencia otras veces con plena satisfacción y conocimiento de causa. Y, lo que es más, buena parte de los que no lo hicieron en realidad se debió a que apoyaban por entonces a un tipo llamado Josef Stalin. 

   Pero esto al parecer lo hemos sepultado convenientemente en el olvido.  

¿Cómo fue posible algo así?, es decir, ¿cómo fue posible qué gente supuestamente inteligente se dejase seducir por el mal?.

Veréis. A mi modo de ver comencé a hacerme adulto no cuando perdí mi virginidad sexual sino más bien el día que descubrí que el mundo, la sociedad, no es justa, no es meritocrática, que dicha idea complaciente es una mentira y que en realidad es perfectamente posible ser estúpido y alcanzar el éxito, la felicidad o una posición de mando y responsabilidad. Bueno, de hecho no solo es posible sino incluso frecuente en según qué países, ámbitos y períodos.


Luego, con el tiempo, una vez asimilado lo anterior, me resultó quizás más fácil asumir la siguiente verdad incómoda. Esa segunda verdad incómoda es el hecho de que ser culto y ser inteligente o buena persona no son cosas tan relacionadas como cabría esperar. Resulta perfectamente posible ser un experto en una materia o un intelectual reconocido en un campo y a la vez un perfecto idiota no solo como ser humano sino incluso como pensador propiamente dicho. Con esto quiero decir que el acumular amplios conocimientos sobre un tema, o poseer cierta capacidad crítica en el ámbito de una determinada materia de estudio, no asegura para nada el que esa característica se de en otros campos del saber y, por extensión, de la vida. 

  Al final el mundo está lleno de sagaces nanotecnólogos, competentes arquitectos o creativos escritores que creen en los horóscopos, las abducciones extraterrestres, las dietas-milagro, el Feng Shui, o la homeopatía, que son miembros del Opus Dei, o la Iglesia de la Cienciología, quizás votan en secreto a partidos políticos nauseabundos y compatibilizan ser innovadores y críticos en una disciplina académica muy concreta con el hecho de ser padres y esposos penosos, o poseer en la cabeza un mejunje de ideas absurdas sobre historia, política o religión. Esto por hiriente que parezca no es una mera opinión personal, la historia de la cultura muestra que es un hecho. Lo que es una opinión personal, ya que no existe un listado definitivo o una medición estadística, es la impresión de que lo anterior no solo es posible sino, contra toda lógica, es incluso frecuente, sobre todo en períodos de guerra o crisis social. Por supuesto la educación protege contra las ideas absurdas, nos hace menos expuestos a ellas que una persona analfabeta, pero ni mucho menos inmuniza, como teóricamente debería ocurrir. 

De tal forma en el presente muchos políticos corruptos y muchas ideas injustas reciben cada día el apoyo público de múltiples pensadores, académicos o literatos, así como de muchos artistas. Y tal como ocurre en nuestro tiempo así ocurrió con el fascismo o el movimiento nazi. Lo que sucede es que por un misterioso hechizo y de cara a una explicación de la historia más digerible y simplificada en cierta medida ese aterrador dato ha caído en un conveniente olvido. 

Idea tres: había un señor en una jaula.

Resumiendo. Tras al final de la II Guerra Mundial muchos criminales comprometidos con el movimiento nazi jamás fueron perseguidos o castigados por lo anterior. Asimismo, el fascismo y el movimiento nazi contaron con el entusiasta apoyo o al menos la simpatía de muchas respetadas figuras intelectuales y académicas de su tiempo.

Y aquí llega mi pequeña contribución. Si sumamos las dos ideas anteriores eso nos lleva a una inevitable consecuencia lógica.

A saber. Si entre los espías o los militares al servicio del totalitarismo en Europa durante los años de entreguerras la inmensa mayoría jamás sufrió represalias. Si en Europa los cientos de miles de personas que un día habían delatado a una familia de judíos, otro día contribuido a condenar o detener a un disidente y a su mujer y otro día habían participado o simplemente cerrado los ojos ante la ejecución de un “enemigo del Estado” apenas tuvieron problemas, podéis imaginaros lo que sucedió con todo el aparato puramente intelectual del totalitarismo de derechas. Toda esa gente elegante, vestida con buenos trajes, todos esos individuos educados y de excelentes modales que “únicamente” habían escrito mentiras en los periódicos locales, trabajado en las escuelas enseñando odio racial y una historia manipulada, que durante años se habían ocupado de purgar bibliotecas y museos a la vez que editaban libros con ideas muy cuestionables, habían regentado clínicas donde se practicaba la “eutanasia” a enfermos, "inadaptados sociales" y personas con problemas mentales, o simplemente se dedicaron durante años a soltar sandeces desde sus púlpitos en las universidades.

El hecho es que a la inmensa mayoría de todas esas personas jamás les ocurrió nada. Igual que a muchos artistas y científicos que pusieron sus habilidades al servicio del totalitarismo, el racismo o la xenofobia. En el nuevo contexto de la “Guerra Fría” todos ellos simplemente siguieron en sus puestos o adelante con sus carreras tras refugiarse durante algunos años en un discreto segundo plano. Luego, pasado el tiempo, en el mejor de los casos, esos individuos lamentables sepultaron en el olvido sus ideas y, en el peor, simplemente continuaron difundiéndolas en la intimidad entre sus hijos o allegados.

De todo el aparato cultural, artístico y científico que había apoyado el ascenso y luego la consolidación del fascismo en Europa se purgó solo a las cabezas más visibles, pero no por ello las más destacadas. Básicamente en Alemania normalmente se citan los ejemplos de Julius Streicher (quien fue ejecutado, al margen de por su antisemitismo evidente y criminal, por el simbólico hecho de ser el cabecilla del movimiento nazi en Nuremberg y alrededores), Alfred Rosenberg (el muchas veces caracterizado como “principal ideólogo del nazismo” cuando era un pobre idiota que ni siquiera caía bien dentro del propio NSDAP) o Leni Riefenstahl, quien más que nada sufrió descrédito profesional. 

Al margen de los anteriores tal vez el caso más destacado de represalia fue el del poeta Ezra Pound (1885-1972), muy conocido y prestigioso por haber sido descubridor, amigo y editor de gente como T.S. Eliot, James Joyce o Ernst Hemingway, pero que sin embargo apoyó de forma entusiasta al régimen de Mussolini durante la guerra. Así pues al final de la misma fue procesado por traidor y encerrado en un psiquiátrico durante doce años tras los cuales básicamente se le permitió recuperar su vida. Con el tiempo recibió diversos honores y premios literarios aunque acabó sus días convertido en una figura “controvertida”.

Pero, más allá de esas pocas personalidades que se usaron como cabezas de turco, simplemente se decidió ignorar la cuestión.

A lo anterior ayudó que en los países de Europa occidental, habida cuenta de la nueva lucha que se aproximaba contra el comunismo (y la abundancia de intelectuales que simpatizaban con la URSS de Stalin o la China de Mao en la Europa de entonces), se percibía que serían necesarios los pensadores anticomunistas convencidos y no se podía negar que toda esa gente de ideas racistas o ultraconservadoras lo eran.  

Es así como se forjó el pacto de silencio entre las potencias aliadas y los científicos, artistas, académicos, escritores e intelectuales varios que habían apoyado a los nazis y al fascismo. Un pacto con el diablo que con el tiempo, insisto, se ha beneficiado del olvido colectivo.

Por eso recordemos que en Francia durante los años de la ocupación abundaron los intelectuales colaboracionistas como los prestigiosos escritores Charles Maurras (1868-1952) y Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), conocido por sus ideas antisemitas. Lo cual tiene gracia porque luego el que sí resultó ejecutado fue el periodista y escritor Robert Brasillach, básicamente por hacer y decir lo mismo que los anteriores pero siendo mucho menos famoso.  

Por su parte el celebérrimo arquitecto Le Corbusier (1887-1965), imprescindible en toda historia de la arquitectura que se precie, no solo simpatizó abiertamente con el fascismo mussoliniano sino que durante los años 20 también formó parte del círculo de Georges Valois fundador del primer partido fascista francés. Todo ello a la vez que frecuentaba ambientes de la patronal de ultraderecha gala, algo que le llevó años después a colaborar abiertamente con el régimen de Vichy. Pero nada de eso le causó ningún problema con el final de la ocupación (al contrario le llovieron los encargos). De hecho en muchos manuales y biografías esos pecadillos de su pasado destacan por la ausencia de toda mención a los mismos. Algo parecido a lo que ocurre con el inventor italiano Guglielmo Marconi quien durante los últimos catorce años de su vida apoyó de forma entusiasta el movimiento fascista italiano.

En el caso francés también convendría revisar el papel jugado por otro tipo de personalidades que salieron muy bien paradas de sus actividades durante los años 30 y 40, como una tal “Coco” Chanel o un químico de nombre Eugène Schueller (1887-1957) que os será más conocido si digo que fue el fundador de la marca L ´Oréal, actualmente la compañía de cosméticos más grande del mundo. 

En el campo del espectáculo y el entretenimiento los nazis encontraron apoyos variopintos. Por ejemplo, durante los años cuarenta, Josep Andreu i Lasserre, el que con el tiempo sería conocido como el entrañable payaso catalán “Charlie Rivel” (1896-1983). Un caso prácticamente igual de sorprendente al del dibujante belga Hergé (1907-1983), creador de Tintín, muy próximo al movimiento rexista (el movimiento homólogo al fascismo en Bélgica) en su juventud y que inició su carrera dibujando historietas para revistas antisemitas y ultracatólicas. Otro ejemplo aún más claro es el del famoso escritor George Simenon (1903-1989), creador entre otros del inspector Maigret. Simenon también simpatizó con los nazis debido a su antisemitismo, en su caso un rasgo de familia ya que su hermano Christian colaboró con las SS y participó en crímenes de guerra asesinando a civiles como represalia por acciones de resistencia contra la ocupación nazi. 

Terminada la guerra Simenon se refugió en España como muchos otros nazis y filonazis mientras su hermano se alistaba en la Legión Francesa para combatir en Indochina y hacerse olvidar. Su hermano acabó muerto pero Simenon, después de unos años de exilio autoimpuesto en Norteamérica, logró que se olvidaran sus pecados de antaño. Con el tiempo fue nombrado miembro de la Real Academia belga, recibió la Legión de Honor y acabó muriendo rico, admirado y famoso, coleccionando esposas y amantes, catolicísimo como era.

Volviendo a Alemania también muchos pensadores que habían apoyado activamente el nazismo y lo habían nutrido con sus ideas, sus publicaciones o con su esfuerzo, lograron hábilmente hacerse olvidar y no solo eso sino también en muchos casos seguir enseñando y forjando nuevos discípulos. Un ejemplo perfecto es el de Hans Friedrich Karl Günther (1891-1968) un influyente académico que había forjado su carrera en el marco de la “investigación racial”, obtenido numerosos honores del Reich y figuraba entre los pensadores de cabecera de Hitler, pero que salió bastante bien parado de los juicios de postguerra pese a sufrir un período de tres años de detención. Tras eso recibió el apoyo de la Universidad de Friburgo y pudo seguir enseñando y publicando libros donde negaba el Holocausto o defendía la esterilización de grupos de población y otras medidas eugenésicas en plenos años 50 sin sufrir el menor contratiempo.

Algo parecido puede decirse de la relativa buena prensa que lograron agenciarse diversos zoólogos y etnólogos bastante sospechosos pese a que habían medrado en la Alemania de los años 30, caso del explorador Ernst Schäfer (1910-1992) o el antropólogo Bruno Beger (1911-2009).

Asimismo, merced a las aficiones melómanas de diversos jerarcas nazis, no deberíamos olvidar la simpatía que despertó durante algún tiempo el partido nazi en el mundo de la ópera o entre reputados directores de orquesta alemanas y austríacos del período. A su vez, en el campo de la arquitectura pocos recuerdan que Mies van der Rohe (1886-1969) contemporizó con el nazismo más o menos hasta 1937 cuando le surgieron mejores oportunidades económicas, y más seguras, en los EE.UU.

Y desde luego tiene gracia que casi todo el mundo se preste a olvidar milagrosamente que quien fue según muchos manuales de filosofía uno de los principales pensadores del s. XX, el filósofo Martin Heidegger (1889-1976), colaboró activamente con el nazismo durante muchos años expurgando de judíos su universidad por ejemplo. Igual que no de los principales físicos de ese siglo, el Premio Nobel Werner Heisenberg (1901-1976). Claro está, durante la inmediata postguerra en base a su prestigio ninguno de ellos fue demasiado molestado por esos pequeños baches en su biografía y con el tiempo todo se olvida. 

  Pero es que existen casos verdaderamente sangrantes como el de los neuropatólogos Hugo Spatz (1888-1969) y Julius Hallervorden (1882-1965), en cuyo laboratorio se formaron numerosos médicos luego responsables de campos de exterminio, y que asimismo publicaron numerosos artículos en base al análisis de cerebros de niños y adolescentes asesinados en el marco de los programas eugenésicos nazis, en ocasiones bajo su supervisión directa. Por increíble que parezca nada de lo anterior impidió que tras la guerra ambos personajes pasaran a formar parte de la plantilla del prestigioso instituto Max Planck de Frankfurt. Hallervorden incluso recibió un doctorado honorario por sus trabajos mientras un discípulo de Spatz de nombre Richard Lindenberg (1911-1992) se benefició del programa Overcast/Paperclip para instalarse cómodamente en los EE.UU.

Igual de incómodo resulta el caso de Hubertus Strughold (1898-1986) uno de los “padres de la medicina espacial” de cuyos conocimientos sobre la resistencia humana a la aceleración y otros detalles útiles para programar vuelos se beneficiaron agencias como la NASA (debido a lo cual no solo fue “protegido” en los EE.UU. sino que fue colmado de honores en dicho país durante décadas) sin preocuparse demasiado de que esos conocimientos hubieran sido adquiridos durante la guerra a través de la experimentación con niños epilépticos y presos de Dachau a los que sometía a operaciones sin anestesia, inmersión en agua helada, privación de oxígeno o la exposición a todo tipo de situaciones dentro de cámaras de aire presurizadas de cara a explorar con sus cuerpos los límites de la resistencia humana. 

Por no hablar del químico Otto Ambros (1901-1990) involucrado en el desarrollo de gases venenosos que luego probó con presos de Auschwitz. Sus “valiosos” conocimientos le sirvieron para obtener una leve condena tras la guerra y luego reintegrarse exitosamente en el mundo académico y empresarial como consejero de diversas compañías del sector químico y también del Ejército estadounidense a tiempo parcial.

Otro químico que se salvó de asumir sus responsabilidades por experimentar con gases tóxicos en humanos durante la guerra gracias a la intervención de los EE.UU. fue Kurt Blome (1894-1969). En su caso igual que Ambros se supone que tal fortuna tuvo mucho que ver con el hecho de que gracias a sus conocimientos los EE.UU. comenzaron a poner al día sus programas de armamento químico, campo en el que por entonces se encontraban muy “atrasados” debido a razones obvias.

Lo mismo que ocurrió con parte del equipo de médicos y biólogos que habían puesto en marcha el embrionario programa japonés de guerra bacteriológica durante los años 30 y primeros 40. Es así como gente de la dudosa catadura moral de Masaji Kitano (1894-1986) o el tristemente célebre Shiro Ishii (1892-1959) no solo se libraron de una más que merecida ejecución por desarrollar patógenos letales y experimentar su uso con humanos, sino que además lograron ser protegidos y mantenidos en el anonimato por el nuevo superpoder estadounidense y luego ayudados a reemprender una exitosa vida normal desempeñando puestos de dirección en hospitales y grandes compañías químicas.

En Italia un ejemplo perfecto de toda esta hipocresía es el caso de Andrea Bottai (1895-1959), famoso escritor y periodista que apoyó el movimiento fascista con todas sus fuerzas y ejerció de propagandista en Italia de una cosa llamada Spazio Vitale, hasta que en torno a 1944 cambiaron las tornas, momento que aprovechó para huir del país. Posteriormente se alistó en la Legión Francesa bajo un nombre falso, de cara a hacerse olvidar, y finalmente regresó a Italia en 1948. En los años siguientes se dedicó a fundar varios periódicos de ideología “conservadora moderada”, entre ellos Il Popolo de Roma, en el que trabajó hasta su muerte, rico y admirado.

Y voy a permitirme un pequeño desahogo. Porque en parte el caso español, en el cual pese a todo no me voy a detener, resulta parecido. Nunca se habla de ello, pero se sabe que muchas élites políticas o empresariales de la España actual en realidad tienen su origen en el Franquismo o incluso el régimen de la Restauración. Es de público dominio que muchos de los que hoy gobiernan ese país moderno y soleado en realidad son los hijos de... y los nietos de... Sin embargo en ese país existe la idea de que de alguna forma eso no ocurre en el panorama cultural o académico. Y no es así. Por ejemplo cuando hace poco estalló ese famoso escándalo del plagio en la Universidad Rey Juan Carlos todos nos fijamos en el tema del  plagio, pero no tanto en el linaje del interfecto, hijo de un prestigioso medievalista que había labrado su carrera, incluso en los años posteriores a la Transición, en parte gracias a sus vínculos con la Fundación Francisco Franco o la Hermandad del Valle de los Caídos. No resulta extraño pues que con semejante currículum el padre fuese admitido en la Real Academia de la Historia, a través de la cual influyó hace unos años en el Diccionario biográfico español, redactando (él que es medievalista) una biografía de Franco un tanto "polémica". 

Estas cosas suceden mucho en ese país, aunque frecuentemente pasan inadvertidas. A veces alguien nota algo "raro" ocurriendo en el tejido de la realidad universitaria o literaria, pero no le da mucha importancia. El problema es que no son cosas "raras" al azar. Creedme, poseen toda una lógica detrás. Una lógica que se remonta en muchos casos a los años en que estaba de moda saludar como los osos polares. 

Si hoy rascáis en el pasado familiar o los vínculos entre patronatos, fundaciones, asociaciones, editoriales... vais a encontrar sorpresas y daros cuenta de en qué medida las élites culturales del período actual tan progresista y democrático sobre el papel son (como no podía ser de otra forma) en parte herederas biológicas, espirituales o administrativas de las élites del pasado. Unas élites que jamás tuvieron que pagar precio alguno por sostener en su día ideas nocivas de las cuales sus herederos hoy abominan... en público. 

Resulta fascinante cómo esa aparente contradicción se ha vuelto invisible para el grueso de la sociedad gracias a un pacto de olvido y silencio (otro más) que se ha revelado como tremendamente eficaz. 

El sentido de la vida.

Como conclusión a este breve ejercicio de memoria histórica que he pretendido llevar a cabo hoy me gustaría solo apuntar un detalle que me han llamado la atención. Quizás se trata de una tontería casual pero no puedo dejar de mencionarlo.

Cuando hacía repaso para ilustrar con nombres concretos la tesis que hoy deseaba plantear resulta que me he encontrado una constante. Casi todos los criminales de guerra, científicos e intelectuales comprometidos con el fascismo que me iba topando vivieron por encima de los setenta años, abundando los casos de personas de ese grupo que superaron los 80 y 90 años. Obviamente es solo una impresión, no he realizado un estudio estadístico, pero entre los que sobrevivieron a la guerra no me he dado de bruces con demasiados individuos que se murieran de un infarto, un cáncer, o un derrame cerebral a los 40 años. Como suele ocurrir en muchas familias de "curritos". No. La mayoría vivieron muchos años, con una salud de hierro, bendecidos con hermosas esposas y muchos hijos. Y además gozaron de fortuna en los negocios, casi ninguno pasó penuria económica alguna. La constante cada vez que se lee sobre los pasos de los últimos criminales nazis de los que se van conociendo detalles es que murieron hace poco a los 70, 80 o 90 años en Argentina, Paraguay, España o Austria, se trataba de ancianos venerables, con una satisfactoria vida familiar, excelentemente considerados en su vecindad y dueños de algún pequeño negocio relativamente lucrativo. 

No se si es una impresión real, si existe una constante ahí, si es un dato significativo. Si es el universo el que quiere decirnos algo o solo soy yo, cansado y cada vez más triste, burlado por un demonio engañador, por mis propios prejuicios, por los fantasmas que me susurran. Pero desde mi particular y ceniciento punto de vista por un momento todo está muy claro. Siempre lo ha estado.

Durante siglos en nuestra cultura se nos ha enseñado a temer a la muerte en base a la posibilidad de que no haya perdón para los pecados. Y no es así, amigos. No es así. El verdadero problema es que en realidad no hay castigo para ellos.