jueves, 20 de abril de 2017

El despertar del dragón


- Mao empezó solo con algunos miles de hombres y con el tiempo se apoderaron de medio continente...

- Mao está muerto. Al igual que su China.

“House of cards”, episodio cinco de la segunda temporada.


- Dejad dormir a China, porque el día que China despierte el mundo temblará.

 Cita apócrifa atribuida a Napoleón.





El arte es parte de la superestructura cultural de una sociedad o de una civilización y por tanto responde a las grandes transformaciones económicas y políticas que se producen en el seno de los colectivos humanos así como a los cambios de hegemonía entre naciones y de los modos de pensar entre las élites. Hoy intentaremos reflexionar sobre un ejemplo muy claro y actual de todo esto que afirmo a la vez que concluyo algunos razonamientos que inicié hace ya más de dos años en esta otra entrada del blog. 

Veamos. Hace algunas semanas una icónica imagen de arte pop, creada por el pintor Andy Warhol inspirándose en el histórico líder comunista Mao Zedong, se vendió por más de diez millones de euros en Hong Kong, en una subasta auspiciada por la firma londinense Sotheby's.

   Se trataba de uno de los veintidós Mao de una serie de retratos que el citado Warhol realizó en 1973. Como viene siendo habitual la reciente venta del cuadro al que me he referido mostró algunas de las tendencias de las que vengo hablando desde hace tiempo en mis artículos sobre el mercado del arte, entre ellas la revalorización continua de este tipo de piezas ya que ese mismo cuadro se había vendido por algo menos de 9 millones en Londres en 2014. Por otro lado vemos una vez más como en torno a este tipo de transacciones se mueve muchísimo dinero incluso de forma indirecta ya que el nuevo propietario del “Mao” en cuestión, al margen del importe de la venta propiamente dicha, se deberá dejar en torno a otro millón y medio de euros en comisiones y pagos relacionados con la operación.

Pero sin duda es el carácter simbólico de todo esto lo que me interesa. De hecho el Warhol más caro de la serie sobre Mao es un retrato a gran escala que fue adquirido en Nueva York por unos 16 millones de euros y acabó en las manos del magnate hongkonés Joseph Lau en 2006. Con la nueva venta de alguna forma se termina de cerrar el círculo. El líder comunista convertido en ridículo icono pop durante los años setenta pasa a su vez a ser objeto en la actualidad de transacciones obscenas en el seno del mercado capitalista con destino a las manos de las clases privilegiadas de un país donde la retórica oficial pretendió durante décadas haber terminado con las indecentes diferencias sociales. Esas que en el presente más que saltar a la vista te golpean en la cara.  

Más allá de lo anterior no cabe duda de que en conjunto este tipo de operaciones simbolizan asimismo un proceso de transición. Durante los últimos siglos la historia del Arte (y más en concreto la historia de la compraventa de arte que es lo importante en este caso) ha sido una historia eminentemente occidental no tanto porque en Occidente exista un especial talento artístico sino porque la revolución industrial y el imperialismo decimonónico derivado de ella dieron lugar durante los siglos XIX y XX a una gran acumulación de obras de arte y mecenas en Europa occidental y los EE.UU. Mecenas con un gusto específico que todos conocemos. Esa conjunción de factores es la que convirtió a París, Londres o Nueva York en centros neurálgicos de la producción y el comercio de arte. 

Pasado el tiempo, ya a finales del s. XX, el crecimiento en importancia de las élites no occidentales (por ejemplo en los países árabes o en Japón), todo ello en relación con procesos como la descolonización o la posterior globalización, se vio atemperado por tratarse de élites en gran parte profundamente aculturadas y por ello seducidas por los mercados del lujo ubicados en Europa y los EE.UU. Se daba así la curiosa paradoja de que las clases pudientes de esos países, igual que las de la India, África, o América Latina, sentían una irrefrenable atracción por la moda o el arte de sus antiguos dominadores. Consecuentemente ese tipo de clases pudientes dedicaban sus rentas de capital a adquirir obras de arte al gusto occidental. Obras en muchos casos producidas en Europa por pintores barrocos, renacentistas o impresionistas, casi todos de nacionalidad italiana o francesa y, en otros casos, obras abstractas contemporáneas producidas por anglosajones. 

Pero desde los años 90 el crecimiento económico y geopolítico de China tenía que acabar reflejándose en el campo del arte, o más bien del mercado de arte. Y eso ya ha ocurrido aunque no todo el mundo se ha dado cuenta.

Todavía en 2008 el volumen de las ventas de Christie´s en Hong Kong, el corazón del mercado del arte en China, suponía solo un 3% del total dentro de la contabilidad de la emblemática empresa. Sin embargo llegado 2012 y después de cuatro años de crisis en Occidente ese porcentaje se había multiplicado por diez. Además ese mismo año se construyeron 360 museos en China.

¿Cómo se llegó a esa situación? Muy sencillo. A partir prácticamente de la nada, desde comienzos de este siglo el mercado chino del arte no dejó de crecer hasta llegar a liderar las ventas de arte en el mundo en 2011. En paralelo a lo anterior durante los últimos veinte años más o menos en China se han creado en torno a 350 casas de subastas. Hasta el punto de que en la actualidad siete de las más grandes del planeta son chinas, encabezadas por Poly International posiblemente la más influyente de todas aunque es prácticamente una desconocida fuera de China debido a que solo tiene once años de existencia. 
  
Un reflejo de todo esto es que en ese año 2011 al que antes me refería un tercio de todas las ventas de obras de arte en el planeta se llevaron a cabo en China. Por si fuera poco además ese mismo año los dos artistas más cotizados en las subastas de arte, aquellos cuyas obras generaron más dinero en transacciones, fueron dos artistas chinos. En primer lugar Zhang Daqian (1899-1983), cuyas obras generaron solo ese año más de 500 millones de euros en ventas. Seguido por Qi Baishi (1864-1957), con más de 440 millones de euros en ventas. Andy Warhol y Picasso tuvieron que conformarse con posiciones honoríficas. Lo que es más, ese año de los diez artistas más cotizados en el mundo seis fueron chinos. Todos ellos perfectos desconocidos para el público occidental e incluso para muchos expertos en historia del arte.

Todo sea dicho desde ese momento, en parte debido al enfriamiento de la economía en China durante los últimos años, el impulso de ese mercado pareció atemperarse y EE.UU., el país que normalmente lidera el ranking de compraventas, recuperó al año siguiente su posición en lo alto de la clasificación mientras China ha ido alterando desde entonces la segunda y la tercera posición en pugna con Gran Bretaña dentro de un mercado que mueve a día de hoy en torno a 60.000 millones de euros al año.

Pero sigamos dándole vueltas al asunto. ¿Qué es lo que está ocurriendo realmente bajo la superficie de ese enorme subsector financiero?.

En primer lugar hay que tener en cuenta que la irrupción en el mundo de las subastas de arte de los “nuevos ricos” chinos, fortunas en la mayoría de los casos gestadas durante los últimos veinticinco años a rebufo de la apertura al capitalismo de la economía china, manifiesta algunas peculiaridades interesantes. 

Por ejemplo, como dije antes, muchos de ellos son ferozmente nacionalistas. Esto tiene como efecto que, aun cuando ocasionalmente también pujan por obras de los Manet o Picasso de rigor, a los millonarios chinos les gusta invertir su dinero preferiblemente en arte propiamente chino.

Pero claro, aunque China sobre el papel siga siendo un país “comunista” eso solo es cierto en lo referente a la retórica y simbología de su aparato político, el cual consiste básicamente en una dictadura totalitaria de camino a convertirse en puramente tecnocrática. Por lo demás China es hoy una pujante economía de mercado capitalista y en el plano de la cultura y las mentalidades hace tiempo que a las élites chinas el “realismo socialista” les repugna bastante.


Consiguientemente el mercado de arte propiamente chino se centra en la compraventa de pintura paisajista china muchas veces realizada con tinta, “tangkas” (unas pinturas religiosas sobre tela típicas del Tibet), así como de jarrones de porcelana elaborados durante las dinastías Ming o Qing. De hecho durante los últimos años los precios de las mejores piezas de porcelana china de los siglos XVII y XVIII se han disparado.

Por ejemplo en 2010 diversos jarrones de porcelana pertenecientes al reinado del emperador Qianlong (1736-1795), alcanzaron cifras monstruosas en subastas. Uno de ellos (el llamado jarrón Bainbridge) lo encontró una familia británica haciendo limpieza de su desván y acabó vendido a un comprador chino por más de 40 millones de euros. Y en 2014 la subasta de un jarrón de porcelana china en Italia (este que se puede ver en la foto de al lado) celebrada por la casa Pandolfini de Florencia estableció un récord al multiplicar 500 veces un precio en quince minutos desde su precio de salida de 15.000 euros hasta los 7,5 millones en que fue adjudicado. El nuevo propietario pasó a ser, cómo no, un anónimo comprador chino vía online.

En cuanto a objetos de jade en los últimos años un sello procedente, una vez más, del período Qianlong llegó a alcanzar los 14 millones de euros y un dibujo en papel de esa misma época mostraba al emperador pasando revista a las tropas alcanzó los 26 millones.

Ese sesgo hacia la extrema valoración de las obras procedentes de ese período tan concreto se debe por otra parte no a razones puramente artísticas sino a que esos momentos históricos fueron los últimos de un imperio chino fuerte, mientras que con los sucesores de Qianlong llegó la decadencia y la postración ante occidente, sobre todo ante los británicos a través de las Guerras del Opio en el s. XIX.

Ese nacionalismo exacerbado de los grandes compradores chino es quizás lo que los lleva asimismo a obsesionarse muchas veces en adquirir obras de arte chino que se encuentran en el extranjero porque fueron expoliadas por parte de ejércitos europeos durante la segunda mitad del s. XIX. De esta forma esos millonarios hacen gala de pretendido patriotismo ante su Gobierno al emplear parte de sus fortuna en “repatriar” piezas del patrimonio cultural chino que se creían perdidas.

Por otro lado en muchos casos los grandes compradores chinos son hombres de negocios salidos de la nada, normalmente con orígenes muy humildes, un escaso bagaje cultural y dudosa catadura moral (en ese sentido encontramos una vez más interesantes parecidos entre China y España, dos países donde buena parte del mundo financiero y empresarial debe su posición no a su agudeza para invertir en tecnología o establecer patentes o nuevos métodos de producción, sino a su determinación a la hora de exprimir a la mano de obra y su capacidad de moverse en buena sintonía con la casta política de cara a asegurarse grandes ganancias a través de “pelotazos”). Un buen ejemplo es el multimillonario Liu Yiqian, un antiguo taxista que hoy es conocido por ser uno de los mayores coleccionistas de arte del país y alguien habituado a gastar grandes sumas en las casas de subastas. Hace poco pagó 44 millones de euros por un tangka del s. XV subastado por la casa Christie’s en Hong Kong, batiendo así el récord de la obra china más cara de la historia que él mismo había establecido en abril de 2014 cuando pagó más de 30 millones de euros por la tacita de porcelana que se ve en la foto y que ahora se jacta de utilizar para tomar el té en su despacho.

Para esta gente el arte más que un elemento estético es un simple símbolo de estatus que exhibir o bien una calculada inversión financiera. Pero lo que resulta indudable es que a rebufo de los cambios sociales producidos en China, entre ellos la aparición de esta clase de nuevos ricos, el mercado del arte en el planeta está cambiando. Y no solo el propio mercado, también otras cosas relacionadas con el mismo.

Además, aunque hoy no me voy a centrar en ello no solo las transformaciones afectan a la pintura y la escultura, sino también a la arquitectura. En 2012 el arquitecto chino Wang Shu, de 48 años y que solo había trabajado en China, fue galardonado con el premio Pritzker, considerado el Nobel de la Arquitectura. El prestigioso galardón le fue otorgado gracias a obras como estas (allá cada cual para juzgar).




Wang Shu se convirtió así en el segundo chino en obtener el Pritzker, tras Ieoh Ming Pei que lo recibió en 1983. No obstante Pei poseía la nacionalidad estadounidense, se formó en Harvard y en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y era conocido en occidente por obras como la pirámide del Louvre. En cambio Wang Shu es un producto genuino de la nueva China, un profesional que ha prosperado al calor de la multitud de proyectos constructivos de todo tipo que se han llevado a cabo en ese país durante las últimas décadas en paralelo a la inmensa transformación urbanística desarrollada en China desde los años 80.



Volviendo a lo que me interesa resaltar hoy. En la actualidad de los 500 pintores y escultores más cotizados del planeta entre los nacidos a partir de 1945, nada menos que 199 son chinos. De todos ellos el artista chino vivo más cotizado es Zeng Fanzhi (1964) al cual podemos ver en estas imágenes de más abajo posando delante de una obra suya y a través de uno de sus autorretratos.



Casi puedo oler su talento solo con ver las imágenes en cuestión. 

Del resto de los artistas incluidos en la lista citada 86 son estadounidenses, 31 británicos, 27 alemanes, 14 japoneses, 9 franceses, 7 coreanos y solo tres españoles: Miquel Barceló, Juan Muñoz (fallecido en 2001) y Jaume Plensa.

Aún así varios de los pintores chinos más cotizados ya están muertos y a través de algunos apuntes sobre tres de los más valorados por los compradores voy a intentar daros mi opinión sobre algunos aspectos oscuros de todo este boom artístico. 

Por ejemplo. Muchos dicen que el Picasso chino es Qi Baishi (1864-1957). Desde luego su biografía es muy interesante.

Hablamos en primer lugar de un pintor autodidacta de orígenes muy humildes, casi sin estudios y que comenzó su vida laboral trabajando de carpintero lo que con el tiempo le sirvió para hacerse muy querido y popular.

Sin embargo el aspecto más sorprendente de su obra es su ingente producción muy probablemente debida al hecho de que una gran parte de la misma no está nada clara en términos de autoría. Lo que nos pone sobre aviso del primer problema que afecta al boom del mercado del arte en china: la sobreabundancia de falsificaciones.

Se calcula que Qi Baishi pintó en el mejor de los casos entre 10.000 y 15.000 obras a lo largo de su vida (una cantidad desde luego impensable para un pintor occidental), de las cuales unas 3.000 se encuentran actualmente depositadas en museos. Otra parte de su producción se perdió debido a la invasión de China por parte Japón a finales de los años 30, y otra más debido a los excesos de la Revolución Cultural.

Y sin embargo los registros de las casas de subastas muestran que desde 1993 se han vendido más de 18.000 obras firmadas supuestamente por Qi Baishi a través de más de 27.000 transacciones diferentes.

El ejemplo paradigmático de los problemas que supone lo anterior se dio con la subasta realizada en 2011 de una de sus supuestamente mejores pinturas. Esta de al lado.

La misma fue vendida en 2011 por más de 425 millones de yuanes (cerca de 60 millones de euros) precisamente por nuestro amigo Liu Yiqian, el taxista millonario, e inmediatamente despertó las dudas de los críticos de arte respecto a su origen.

Pero es imposible rastrear todos los posibles "fakes" con la firma de Qi Baishi que casi diariamente salen al mercado. La obra que podemos ver en la foto de más abajo se titulada algo así como “Pescado y gambas” y salió a subasta cuatro veces entre 2002 y 2012. En ese tiempo su precio se multiplicó por 38 pese a que su atribución también es como mínimo cuestionable.

Es más. Todo esto son tendencias que no afectan solo a la obra de Qi Baishi. Como digo son algo generalizado en el mercado chino, una especie de "Salvaje Este", siendo este pintor un mero ejemplo.

Hace unos años una pintura atribuida al gran maestro contemporáneo Xu Beihong (1895-1953), otro de los pintores chinos más valorados en la actualidad, se vendió por cerca de diez millones de euros en una subasta y poco después se descubrió que había sido pintada treinta años antes (es decir, décadas después de la muerte del artista) por un estudiante de una academia de pintura como parte de un trabajo académico.

De hecho en China tienen serios problemas para entender el sentido que damos en Occidente a la autoría o la originalidad. En sociedades donde el valor de la individualidad históricamente no ha sido tan importante como en Occidente, y muy especialmente en el caso chino, parecen existir problemas a la hora de entender que una copia de una gran obra, aunque sea igual que ella, no es algo de valor, ya que la antigüedad, o la originalidad, o incluso el mero hecho de ser producto del talento de alguien famoso, marcan criterios para otorgar a ese producto un precio y un reconocimiento superior a pinturas idénticas que son más recientes, son simples copias de algo ya existente, o no han sido pintadas por un artista reconocido (si bien en Occidente deberíamos también reflexionar sobre el valor desmesurado que otorgamos a algunos de estos criterios).

Tal es así que en el verano de 2013 un museo privado de Hebei tuvo que ser cerrado por las autoridades ya que se comprobó que la mayoría de los objetos que aparecían en las vitrinas del mismo no eran originales sino copias. En dicho museo resultó que había expuestas o almacenadas más de 40.000 "obras de arte".  

También hace unos años en una subasta una silla primorosamente esculpida en jade supuestamente en la época de la dinastía Han (206 a.n.e.-220) alcanzó un precio desmesurado… pese a que durante la época de la dinastía Han aún no existía la muy recomendable costumbre de usar sillas.


Con el tiempo se descubrió que la pieza, por otro lado una primorosa artesanía, había sido fabricada en 2010. El vendedor no consideró importante consignar ese hecho lo que dio lugar al equívoco en la datación y consiguientemente a que su tasación se disparase. Lo interesante es que no está claro que se tratase de una estafa, es realmente posible que el vendedor realmente juzgase como irrelevante especificar la fecha, o más bien la época, de producción del objeto. 

En ese sentido el mercado del arte chino se ve afectado además por el hecho de que en China, a diferencia de en Occidente, en zonas rurales todavía subsisten artesanos de gran pericia que continúan usando técnicas ancestrales previas al mundo contemporáneo, lo que hace muy difícil en ocasiones distinguir sus producciones actuales de piezas antiguas, sobre todo cuando muchos marchantes sin escrúpulos las hacen pasar como tales tras someterlas a tratamientos de envejecimiento para engañar en la datación.

Hablemos ahora de Zhang Daqian (1899-1983). Si Qi Baishi fue una especie de Picasso, Zhang sería una especie de Dalí. Pero su trayectoria diría que es de lejos más interesante.

Al margen de una infancia y juventud trufada de anécdotas tan increíbles que podrían ser ciertas… o no, lo que sabemos seguro del pintor es que abandonó China ya con una edad avanzada tras la llegada al poder de los comunistas. Tras eso comenzó un periplo por diversos países del continente americano, entre ellos Argentina, Brasil y EE.UU., antes de asentarse en Taiwan ya como un artista consagrado.

En lo tocante a su trayectoria puramente artística mientras tanto su estilo fue cambiando según el signo de los tiempos. Zhang empezó realizando pintura china tradicional hasta que debido al hecho de que no le reportaba los beneficios esperados (muy necesarios porque por entonces ya acumulaba una ingente cantidad de esposas y amantes) se dedicó a las falsificaciones y no de cualquier tipo sino de obras de arte antiguas. Se cuenta que en 1967, ya anciano, mientras asistía a una exposición de los trabajos de un famoso pintor del s. XVII llamado Shitao en el Museo de Arte de Michigan, un ufano Zhang se vanaglorió públicamente sin ningún rubor y lleno de orgullo de que varias de las obras que se podían contemplar en la exposición en realidad las había pintado él.

Actualmente no es posible discernir qué parte de la producción de este funambulista es suya, qué parte es obra de sus “ayudantes” y, lo que es más grave, qué obras de diversos pintores paisajistas chinos de hace varios siglos y hoy muy cotizados son realmente también obra suya.

Pero lo mejor fue su giro final, cuando a finales de los 50 empezó a padecer serios problemas de visión resulta que sus obras, sobre todo paisajes montañosos dibujados con tinta, tomaron un giro hacia una mayor "abstracción". El resultado es que hoy en día esa es la parte más cotizada de su producción. 


Además del consabido problema de las falsificaciones y el poco respeto chino por la autoría, me interesa resaltar cómo, al igual que Zhang, aunque ya durante décadas posteriores (hasta los años 80 el arte al modo “occidentalizado” y “burgués” paradójicamente estuvo muy mal visto por la élite comunista que controlaba el país) muchos pintores chinos realistas y seguidores de técnicas tradicionales decidieron reconvertirse. Por convicción, debido a su evolución artística, pero también en muchos casos por puro oportunismo, necesidad o conveniencia, muchos pintores formados de forma clásica no han tenido el menor reparo en “evolucionar” hasta volverse pintores “modernos” y empezar a garabatear manchas de color en sus lienzos, sobre todo a partir de los años 90. A fin de cuentas este otro tipo de trabajos se cotizan mucho mejor fuera del país o entre las nuevas clases pudientes que controlan el Partido Comunista y de algo hay que vivir.

Eso es un poco lo que se intuye en la biografía de Wu Guanzhong (1919-2010), otro de los artistas chinos más cotizados en la actualidad. En su caso, como muchos otros artistas se vio seriamente amenazado por el devenir de la Revolución cultural y también como muchos otros pintores chinos contemporáneos quizás debido a ese tipo de experiencias su trayectoria muestra un enorme poder de adaptación a diferentes tendencias, estilos, gustos, lo que sea. A fin de cuentas los artistas que no fueron capaces de adaptarse en la problemática y caótica China del s. XX acabaron muertos en alguna cuneta a manos de los japoneses, los nacionalistas o los comunistas. Solo los más complacientes sobrevivieron lo suficiente para tener una trayectoria. Los dogmáticos, los hombres con una visión innegociable o en exceso crítica lo tuvieron bastante difícil en ese contexto para difundir su visión. En ese sentido Mao se equivocó en muchas cosas, pero las élites comunistas actuales nunca podrán agradecerle lo suficiente el haber purgado, aterrorizado y en última instancia domesticado por completo a las élites intelectuales del país. En el caso de Wu según épocas pintó desnudos, paisajes, pintura tradicional, pintura más “moderna” al estilo occidental, hizo trabajos de encargo, incluso en épocas de penuria se limitó a pintar decorados y murales, y finalmente tras la muerte de Mao y más claramente a medida que el país se abría a occidente y a la economía capitalista su estilo y sus maneras evolucionaron definitivamente de forma perfectamente acompasada al signo de los nuevos tiempos.

Al final la primera plana de las grandes estrellas de la pintura china en la actualidad muestra precisamente eso, la irrupción de una generación de artistas aparentemente “rompedores”, “independientes” y “modernos” que en realidad no dejan de ser piezas perfectamente acomodadas a una maquinaria política y económica a la que sirven a cambio de mayores o menores prebendas según la posición de cada uno de esos artistas en la pirámide de su disciplina. Su papel consiste en proporcionar un suministro inagotable de piezas de arte perfectamente carentes de cualquier molesto trasfondo crítico a mayor gloria de las necesidades de la clase pudiente que necesita continuamente elementos de ostentación que a la vez puedan funcionar como depósitos de valor en los que salvaguardar su dinero o con los que especular. Objetos que por lo demás resultan fáciles de intercambiar o de transportar al exterior en caso de que un día se produzca algún tipo de revuelta social o cambio político molesto. 

Incluso en parte se explica el auge del mercado de arte en China como consecuencia de un aspecto concreto del crecimiento económico: la especulación urbanística. A fin de cuentas el mercado del arte no deja de ser un bazar de lujo donde adquirir potenciales “regalos” que los grandes empresarios pueden realizar de forma pública a los políticos amigos, oficialmente como simples gestos de cortesía, pero en realidad a cambio de favores. Luego pasados unos años el político amigo puede vender la obra en cuestión y convertirla en dinero, tal vez varios millones de euros o dólares al cambio, sin que la palabra “soborno” aparezca por ninguna parte ni se pueda demostrar legalmente.

Como expliqué al principio los compradores de arte valoran mucho el arte tradicional, pero este es limitado y se encuentra en gran medida, por avatares de la historia, en manos de museos occidentales. Además su venta no es sencilla fuera del país. Por ello es necesario como digo un suministro de otro tipo de arte más abundante y de más fácil adquisición e intercambio (por tanto de mayor ritmo de apreciación), que es precisamente la contribución de los múltiples pintores que ahora se ocupan de ello tras adaptar su estilo a las nuevas modas y tendencias. Los más exitosos venden sus cuadros por millones de euros al cambio, los menos proporcionan un abundante flujo de falsificaciones o de obras originales de escaso valor que intenta adquirir la pequeña clase media de los entornos urbanos deseosa de un rápido enriquecimiento o de embellecer sus pisos y ostentar sin gastarse demasiado dinero. Es así como existen hasta programas de teletienda donde se ofertan este tipo de piezas de arte contemporáneo producido en China (cómo no) a cambio de unos cientos de euros.



Surge así la paradójica confrontación entre el orgullo nacional en parte ligado a una visión idealizada de la historia propia y la (supuesta) cultura tradicional frente a una también abundante tendencia a admirar, sin entender siquiera, en este caso el arte extranjero. Todo lo cual lleva a un fenómeno de copia y falsificación de arte tradicional chino en paralelo a otro de imitación un tanto kitsch del arte moderno occidental, procesos que generan importantes flujos de capital y de ganancias para algunos de los artistas implicados.

Por quedarme con algo positivo para finalizar, en cierta forma el crecimiento del mercado del arte en China contribuye indirectamente (por ejemplo gracias al boom museístico relacionado) a la supervivencia de un legado histórico caracterizado en el caso chino por una poderosa personalidad propia que luego en parte se transmitió al arte japonés.   


 


Más allá de lo anterior muestro cierta esperanza por lo que pueda salir de entornos de experimentación artística mucho menos sometidos a las leyes del mercado o la corrección en los cuales con el tiempo quizá acabe detectándose un posicionamiento político. Es lo que puede pasar con el fenómeno del grafiti en las cada vez más grandes megalópolis chinas. Por ejemplo hace poco me llamó la atención una secuencia de imágenes con obras de un artista callejero chino llamado Daleast. Y seguro que en China hay múltiples artistas callejeros notables que hoy desconocemos por completo en Europa. 


Entre mil millones de personas tiene que haber talento, con seguridad. Quizás aún hay esperanzas para los chinos, aunque ya sabéis que nunca dejará de preocuparme el hecho de que en algunas cosas se parezcan tanto a los españoles.   

3 comentarios:

  1. La tercera imagen que has puesto de los edificios de Wang Shu parece una cárcel diseñada por Le Corbusier en un ataque de fiebre.

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  2. Algunos de El País parece que se pasan por el blog para inspirarse.

    http://cultura.elpais.com/cultura/2017/04/25/actualidad/1493131333_739734.html

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  3. Muy curioso y sugerente, hoyga.

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