sábado, 19 de noviembre de 2016

Soy un ciudadano romano


Tengo la convicción profunda de que las desigualdades proceden de Dios, que son propias de nuestra naturaleza, y creo, supuesta esta diferencia en la actividad, en la inteligencia y hasta en la moralidad, que las minorías inteligentes gobernarán siempre el mundo.

   A. Cánovas del Castillo. Citado en el Libro Mundo Hispánico, 3º de BUP, Geografía e Historia, 1989, reimpreso en 1991, Ediciones SM.


La política es el arte de impedir a las gentes inmiscuirse en lo que les atañe.

Paul Verlaine





Vais a perdonarme que posponga unas semanas la prometida continuación de la última entrada, relativa a la conquista de América, para dar salida a diversos pensamientos informales que me han venido a la cabeza a raíz de una pequeña conversación que he tenido esta tarde.

De cara a resumir el paisaje de la misma voy a recurrir a una anécdota que suelo contar de vez en cuando por su potencial digamos metafórico.

Gaio Licinio Verres era un joven oficial en las legiones de Mario que en torno al año 87 antes de nuestra era desertó para unirse al bando de Sila llevándose consigo la paga de la legión a la que estaba asignado. Es así como empezó un imparable ascenso político plagado de traiciones, corruptelas y sobornos, el cual le llevó catorce años más tarde, en el 73 a.n.e., a ser nombrado gobernador de la próspera provincia de Sicilia.

Por entonces el mundo romano se encontraba –como casi siempre- atravesando un período tormentoso. En Hispania aún resistía la revuelta de uno de los últimos fieles de Mario, el celebérrimo Sertorio, mientras que en territorio itálico se produjo la importante sublevación de esclavos y gladiadores capitaneada por “Espartaco”, la cual se extendió a lo largo de casi dos años.

Por ello durante su mandato en Sicilia, amparándose en el caos que experimentaron la propia Roma y los territorios limítrofes debido a los sucesos citados, Verres gozó de una gran autonomía de acción, lo que aprovechó para llevar a cabo impunemente todo tipo de corruptelas.

En particular su estrategia favorita era ordenar la confiscación de barcos que arribaban a los puertos sicilianos portando cargas particularmente valiosas. Los pasajeros y la tripulación de tales embarcaciones resultaban a continuación acusados de transportar contrabando a favor de los rebeldes de Sertorio en Hispania y consiguientemente eran inmediatamente encarcelados sin juicio en las Latomías, unas insalubres cuevas habilitadas como prisión en tiempos del tirano Dionisio de Siracusa.

Desde luego tales cargos de traición y contrabando resultaban un tanto inverosímiles y no se sostendrían en un eventual litigio jurídico, pero daba igual, si por un casual los detenidos sobrevivían demasiado tiempo a los rigores del encierro simplemente se les ejecutaba sin mediar proceso alguno. Mientras tanto Verres y sus amigos y sicarios se lucraban vendiendo las mercancías incautadas a través de terceras personas.

Eso es en esencia lo que le ocurrió a Publius Gavius un ciudadano romano residente en la región de Campania cerca de la actual ciudad de Avellino a unos 50 km. al Este de Nápoles. Gavius había adquirido un cargamento de púrpura en Oriente y lo transportaba a Italia, pero cuando su barco navegaba cerca de las aguas de Siracusa fue interceptado por una nave a las órdenes de Verres. De esa forma el buque en el que viajaba Gavius se vio obligado a entrar en el puerto de la mencionada ciudad, lugar donde el cargamento propiedad de Gavius fue rápidamente confiscado bajo la consabida acusación de piratería y espionaje. A continuación Gavius y sus hombres fueron encerrados en las infames Latomías para que se murieran allí, como había ocurrido previamente con muchos otros pobres desgraciados. Sin embargo Gavius era un hombre de una voluntad y una fortaleza física a toda prueba gracias a lo cual, contra todo pronóstico, consiguió lo imposible: escapó de dicha prisión y tras deambular durante días por los montes de la isla logró llegar hasta Mesina, desde donde intentó a su vez cruzar el estrecho para pasar a Reghio ciudad en la que esperaba poder denunciar a Verres.

Es en ese momento cuando Gavius cometió un grave error. De cara a atravesar las aguas del estrecho que separa Sicilia de la Península Itálica confió en un mercader que creía amigo suyo para que lo transportase clandestinamente. Pero claro, en aquel tiempo prácticamente todo mercader o comerciante de Sicilia estaba en la nómina de la red mafiosa tejida por Verres, quien de forma directa o indirecta controlaba todo y a todos en la isla. Así que Gavius fue delatado y de nuevo cayó en manos de los hombres de Verres. Incluso el propio Verres se desplazó luego hasta la ciudad para supervisar la “solución” a su pequeño “problema”. Valiéndose de su autoridad como gobernador al cargo de la provincia, sin juicio y contraviniendo todas las normas legales del momento, Verres ordenó que Gavius fuese atado a una columna y azotado públicamente, para acto seguido crucificarlo. Todo ello transcurrió en medio del foro de Mesina y ante la patética inacción de buena parte de los magistrados y los habitantes de la ciudad reunidos allí, mientras Gavius gritaba incansablemente una y otra vez: “Soy un ciudadano romano, no podéis hacerme esto”. Así hasta que murió.

Ahora bien, con tal exhibición de desfachatez y poder Verres se había extralimitado quizás en demasía. Tal vez debería haber hecho ejecutar a Gavius en privado, discretamente. Así en el año 70 a.n.e. un ambicioso abogado que había ejercido de cuestor en Sicilia cinco años atrás se enteró del asunto, olió sangre, y decidió acusar públicamente a Verres de corrupción. El hombre en cuestión era Marco Tulio “Cicerón” y el juicio subsiguiente pasó a la historia cimentando su posterior carrera política.

Verres contrató para defenderlo a uno de los más renombrados abogados del momento, Quinto Hortensio Hortalus, pero gracias a que había cometido un crimen evidente saltándose toda la jurisprudencia en vigor delante de cientos de personas Cicerón puedo encontrar un puñado de individuos dispuestos a testificar, particularmente uno llamado Stelio que tenía todas las razones del mundo para ello porque había sido condenado a muerte por el propio Verres. Asimismo dio la casualidad de que el presidente del jurado designado para juzgar el caso era Manius Acilius Glabrio cuyo hijo no había podido acceder al cargo de cuestor debido a un encontronazo con Verres unos meses antes.

Gracias a esa afortunada confluencia de factores el abogado de Verres no pudo enterrar la causa y finalmente éste tuvo que exiliarse a Massilia, la actual Marsella.

Y ya. Ese fue quizás uno de los mayores triunfos del “imperio de la ley” dentro de la civilización de la antigüedad donde la jurisprudencia alcanzó su primera madurez.

Vamos a repetirlo. Dentro del supuestamente ordenado mundo romano, hablamos de uno de los escasos juicios famosos que conocemos en detalle, el cual fue puesto como ejemplo por sus contemporáneos de que ni siquiera los poderosos podían escapar de las consecuencias de sus actos. En dicho juicio resulta que uno de esos poderosos que había causado la muerte de docenas, quizás cientos de personas, confiscado ilegalmente miles de esclavos a sus propietarios, así como cargamentos navales enteros, e incluso los bienes de diversos templos, esquilmado una provincia entera próxima a Roma durante años, tras cometer un crimen horrendo, delante de los ojos de cientos de testigos, al final gracias a que se produjo una conjunción de factores en su contra y que chocó con los intereses de otros personajes poderosos como Cicerón (que deseaba hacer despegar su popularidad para tener una carrera política) y Glabrio (que simplemente quería vengarse de Verres)... resulta, digo, que tras todo eso el político en cuestión tuvo que abandonar del primer plano para exiliarse a una ciudad “de provincias”. Cicerón exigió en todo caso que fuese multado con cien millones de sextercios, aunque al final la multa quedó en cuarenta millones de los cuales Verres se las arregló para pagar apenas tres. Así hasta que casi treinta años después Verres murió no por la justicia del Estado sino, como casi todos los potentados de su tiempo, por encontrarse en el bando equivocado en una pelea entre poderosos, al sucumbir a las purgas ocurridas durante el Segundo Triunvirato.

Sin duda todo un éxito del “imperio de la ley”.

Y cito esta anécdota porque a raíz de una conversación entre amigos ocurrida esta tarde he pensado que, al final, uno encuentra extraños paralelismos en la historia. Por un momento, hablando de la actualidad política en la España actual, verdadero paraíso del realismo mágico, (pero también de la de Italia, China, Gran Bretaña, o los EE.UU., tanto da) me ha venido a la cabeza la historia de Verres y Gavius.

Y claro, ¿cómo es posible que dotados como estamos de una elevada educación y un acendrado orgullo, en el fondo la imagen que proyectan muchos de los ciudadanos de las más democráticas y avanzadas naciones de nuestro tiempo siga siendo la de un intenso patetismo? ¿Qué diablos falla, con lo listos y guapos que somos todos?

Por un lado podemos recurrir a un enfoque crítico con respecto al “activismo” a través de redes sociales, el cual se ha expandido como un reguero de pólvora a lo largo de la última década. Hablamos de la utilidad anestesiante de la web social, auténtica Matrix de nuestro mundo actual. Así como de la naturaleza a veces un tanto ridícula del clicktivismo que difunde, basado en patalear dándole al botón de “No me gusta” o subiendo ocurrentes y mordaces comentarios a Twitter.

Por supuesto también hay quienes ven todo lo anterior como algo positivo o niegan el potencial paralizante de la red. Muchos incluso continúan valorando Internet en general como una herramienta movilizadora y no como el nuevo y actualizado opio del pueblo. A fin de cuentas pese a mi visión negativa de la red es a través de ella como intento interactuar con vosotros. Igual que muchas otras personas que la usan para difundir ideas subversivas de todo tipo. O al menos lo intentan.

Quizás por tanto el papel de la web no sea tan negativo, pero entonces si no nos hemos desmovilizado lo que ocurre al menos es que no tenemos muy claro cómo o contra qué canalizar nuestra frustración. Da la sensación de que la sociedad civil de los países occidentales se ha convertido en un gigante ciego, privado de voluntad. O tal vez siempre lo ha sido. 

Por muy mal que suene decirlo la “masa” siempre ha necesitado líderes y gente que piense por ella. Y en ese sentido da la sensación de que en el mundo global posterior a la caída de la URSS la mayor parte de los intelectuales profesionales o han dejado de ser abiertamente críticos o bien han perdido toda conexión e influencia sobre el “populacho”.

A ese respecto el concepto de cognitariado surgió hace décadas para definir una transición en el modelo de trabajo imperante. El declive del sector industrial en las sociedades del antiguo primer mundo, la “deslocalización” del trabajo más físico y fabril hacia países no demasiado desarrollados y el consiguiente crecimiento en los países más ricos de las burocracias, los servicios y en general del trabajo de “cuello blanco”, de oficina, las profesiones liberales, etc., llevó en un determinado momento a algunos pensadores a dejar de hablar de proletariado para empezar a hablar de cognitariado. Es decir la marabunta de trabajadores que mantienen en funcionamiento el “sistema” económico ya no tanto en base a su fuerza física o su trabajo manual en fábricas y minas como a través de exprimir su capital humano, en suma mediante el esfuerzo psicológico e intelectual desarrollado en oficinas y comercios.

No obstante ese término de cognitariado tiene un matiz interesante y es que puede usarse asimismo para englobar la realidad presente del grupo formado por lo que usualmente denominamos como intelectuales. A través de ello se resaltaría que, frente a la visión idealizada del intelectual o el artista como un pensador esencialmente libre e independiente, en última instancia la mayoría de los teóricos y educadores del presente son casi tan parte del “sistema” como lo eran sus predecesores de hace décadas o incluso un siglo en la medida en que para mantener su modo de vida y para llegar a las grandes audiencias dependen, cómo no, de una rama de la administración de turno, o bien de los grandes conglomerados de medios. Por ello los "intelectuales" de nuestro tiempo en última instancia continúan trabajando, antes que para el "público" de forma directa, al servicio de unos patrones e intermediarios que son los que deciden realmente qué es lo que se va a exponer a las grandes audiencias... y qué NO.  

De esta forma se puede argumentar que muchos prestigiosos intelectuales son en realidad poco menos que simple cognitariado. Miembros de una cadena de producción invisible que trabaja a destajo al servicio de una "industria cultural" cuya finalidad no deja de ser el beneficio y por tanto está, al margen de algunas excepciones, más orientada al ocio que a la auténtica educación. Todo ello encauzado dentro de unos límites de pensamiento concretos, al menos en lo tocante a lo que se puede difundir a gran escala.

Desde luego nunca una sociedad humana había producido antes tal volumen de pensamiento a un ritmo tan vertiginoso como la presente. Pero ese hecho concreto ha contribuido a su vez a desvirtuar el propio concepto de cultura como un bien escaso e igual o más valioso que el dinero. Y cuando hablo de cultura no me refiero a instrucción académica con la finalidad de encontrar una ocupación laboral. Me refiero en cambio a la posesión de conocimiento por sí mismo, de una visión crítica, personal y original sobre el mundo que nos rodea.

Vivimos en un mundo por el que pululan ejércitos de becarios hípster que se creen revolucionarios por llevar camisetas con slogan. Adolescentes de treinta y cinco años que se engañan considerándose "clase media" al tomar café en un Starbucks y comprar billetes de avión a Praga con su iPhone. Todo ello mientras no son capaces apenas de cotizar para tener una jubilación digna porque carecen igualmente de la capacidad adquisitiva para comprarse un coche o una vivienda en propiedad debido a sus trabajos temporales malpagados. Entre ellos ha calado la falsa idea de que saber mucho sobre cómics de Alan Moore, discos de Chimo Bayo, los orígenes de Nintendo, anécdotas del rodaje de Star Wars, o la lista de los mejores boxeadores libra por libra de todos los tiempos, es algo maravilloso.

Y va a ser que no, porque al final todo eso no sirve para dotar a nadie de una mejor capacidad para entender los mecanismos profundos de la sociedad que le rodea. Que es el meollo del asunto. 

   De la generación anterior en España, esa que protagonizó -o simplemente contempló desde su balcón- el inigualable espectáculo de ilusionismo denominado Transición y aún hoy sigue intentando convencerse a sí misma de que no la estafaron (mientras ahoga sus penas en partidos de la Selección y programas de telerrealidad) mejor ni hablo.