sábado, 8 de marzo de 2014

Abraza el caos


El caos no es una fosa. El caos es una escalera. Muchos intentan subir por ella, fallan y nunca vuelven a intentarlo. La caída los rompe por dentro. Otros tienen la oportunidad de ascender, pero rehúsan. Se aferran a un territorio, a unos dioses, o al amor. Son ilusiones, excusas.  Solo la subida es real. La escalada hacia la cima lo es todo.

"Little Finger" en Game of Thrones, The Climb, episodio sexto de la tercera temporada.
  


En la historia de la Humanidad hubo un tiempo, aún no muy lejano, en que era posible conquistar imperios a lomos de un caballo a base de mandobles de espada. Hombres (y a veces algunas mujeres) armados solo con su bravura y sus cojones podían aspirar a arrasar ciudades, someter pueblos enteros bajo su tiranía y enterrar civilizaciones en el olvido. Ese mundo maravilloso de violencia, desolación e injustica épicas se acabó con la llegada del mundo industrial, el humo de los motores de los coches y de las chimeneas de las fábricas, el maldito plástico, las quinielas y Telecinco. Ahora la existencia de algunos es mucho más cómoda, la de otros solo un poco y, al final de la jornada, la mayoría seguimos siendo siervos, solo que de forma más disimulada o civilizada que en el pasado, sometidos como estamos a tipos aburridos que aprietan botones en un teclado o manipulan la Bolsa en lugar de eviscerar enemigos con un hacha a lomos de un caballo de guerra. Vulgares chupatintas sin carisma nos dominan en base al control de los mass media, a la acumulación de capitales, la especulación con acciones y, en definitiva, a que la mayor parte de la gente es tonta o moderna y encima vota a algunos de esos meapilas en el transcurso de una cosa llamada elecciones. Todo de lo más rutinario y hortera. 

Por eso yo, personalmente, les confieso que hubiera preferido vivir y morir –sin duda, débil como soy, de forma violenta y horrible- en un mundo anterior a esta anomía civilizada, a esta vulgar comodidad rutinaria y políticamente correcta que infecta el espíritu humano convirtiéndonos en niños. Porque el orden puede ser muy aburrido y el caos fascinante.  

En el contexto de la Primera Guerra Mundial a casi todo el mundo le suena la historia del Barón Rojo, pero sin duda es menos conocida la del Barón Loco quien alcanzó la cúspide de su “gloria” unos años después, durante el caos de la Guerra Civil Rusa a la que aludí brevemente en mi última entrada. El Barón Loco tuvo la osadía de -al mando de una banda multiétnica de jinetes mercenarios fieles a su persona- declararle la guerra a China y a la recién nacida Unión Soviética. Sí, a los dos países a la vez (como se suele decir: con dos cojones), ya que se interponían en su proyecto de revivir el Imperio de Genghis Khan en beneficio propio. Evidentemente no triunfó en su -ligeramente megalomaníaco- propósito, pero durante unos meses, por increíble que parezca, a base de arrojo y determinación suicida estuvo a punto de crear su propio reino feudal entre Siberia y el desierto de Gobi. Un reino feudal basado en una mezcla de chamanismo y budismo y el exterminio de los judíos que viviesen en las estepas (¿?). Al final sus planes fracasaron no tanto por su manifiesta inferioridad militar -de aproximadamente 2.000 o 3.000 a uno- frente a sus enemigos sino sobre todo por una constante humana: la traición de sus subordinados  y amigos. Esta es su historia.    

Nacido para matar

Se llamaba Roman Nikolai Maximilian von Ungern-Sternberg y había nacido en Austria en 1885 en el seno de una noble familia de ascendencia alemana. Tres años después dicha familia se mudó a Reval, la actual Tallin, en Estonia. Dicha república báltica era por entonces parte del Imperio ruso, aunque  durante la mayor parte de su pasado histórico relevante había sido una zona ligada al mundo báltico y germano (como antigua patria de los caballeros livonios y teutónicos que había sido). Y aunque iba a crecer en Rusia nuestro héroe de hoy tenía pensado continuar esa tradición cruzada de raigambre occidental.  

Mucha gente no descubre su verdadera vocación en la vida hasta que es demasiado tarde, por contra ya desde muy joven -y pese a que nunca la había vivido en persona- Roman tuvo clara una cosa: había nacido para la guerra. En suma, era de los que pensaban que Emerson tenía razón cuando escribió aquello de que 

   "La guerra educa los sentidos, despierta la voluntad, perfecciona la constitución física y enfrenta a los hombres en tan íntima colisión en los momentos críticos que el hombre es la medida del hombre"

    Consecuentemente, en 1905, a los veinte años, se fugó del hogar para ir a combatir voluntario a la Guerra Ruso-japonesa, aunque para cuando llegó a Manchuria dicho conflicto había finalizado con la derrota rusa. No obstante gracias a ese viaje Roman encontró otro elemento que lo iba a definir. Si por un lado tenía claro que él había nacido para matar, dirigir y arrasar, lo segundo que tuvo claro a partir de entonces es que sus ansias podían desarrollarse mejor en el caótico Extremo Oriente del período antes que en la más organizada y por entonces tranquila Europa, un lugar donde las fronteras y la ley dejaban menos margen de maniobra a los hombres como él. 

Al año siguiente, de cara a prepararse para lograr sus sueños, Roman ingresó en una academia militar rusa y tras su graduación pidió ser enviado a Siberia como oficial al mando de una compañía de cosacos.  No obstante hay que tener en cuenta otro elemento definidor del carácter de Roman. Su objetivo no era ascender lentamente dentro de la escala militar de ningún ejército establecido. Él quería ser un señor de la guerra al frente de su propia horda de mercenarios. Hacer la guerra siguiendo el estilo feudal, sin las ataduras de la alta política o las convenciones civilizadas, él era un guerrero nato, un combatiente puro y su lugar no podía estar dentro de la moderna guerra jerarquizada y normativizada obedeciendo órdenes como un borrego.  

Es en ese punto, por cierto, donde Roman se emparenta con la visión del mundo de otro aventurero de la época y también salido en cierta forma del entorno del Imperio austrohúngaro pero sin pertenecer a él: Julius Popper. Y aprovecho por tanto para hacer un inciso al respecto.  

Más allá de la Patagonia

Julius era un judío rumano que también recorrió Siberia y Extremo Oriente, en su caso durante los años 80 del siglo XIX -justo cuando Roman era aún era un niño- para más adelante viajar a la Tierra del Fuego, en el extremo Sur de Sudamérica, buscando oro y poder. Allí Julius se hizo rico aunque para ello tuvo que exterminar, con mano de hierro y al mando de su propia banda de mercenarios, a las tribus indias aún supervivientes en la zona por aquellos años.   

Julius y Roman (unos años después) compartían el ser personajes de inmensa cultura, de una educación y preparación exquisitas pero que, pese a ello, no tenían escrúpulos morales, despreciaban la vida social y la vida humana en general, así como las reglas establecidas, persiguiendo de forma obsesiva la aventura y el dominio sobre otros. De cara a lograr esto último ambos buscaron lugares donde por entonces todavía apenas se había acercado la civilización para intentar construir en esas tierras salvajes y lejanas un imperio personal usando para ellos ejércitos privados.   

El problema es que ese tipo de vida está abocada a terminarse pronto como si al ser vivida con tanta intensidad la vela de la vida se consumiese más rápido que en el resto de los mortales (o tal vez porque ese tipo de hombres generan tantos enemigos que tarde o temprano alguno de ellos acaba por dar en el blanco). 

Yo en todo caso no puedo dejar de testimoniar una cierta simpatía por ese tipo de crueles aventureros sin escrúpulos propios de esa época. A fin de cuentas tenían estilo, no como los “héroes” cutres, analfabetos, feos, mal vestidos y sobre todo carentes de verdadera elegancia y megalomanía, propios del sobrevalorado Far West yanqui del período, quienes sin embargo son mucho más conocidos y difundidos por la cultura popular.  

Por ejemplo de  Julius Popper se llegó a rumorear que había tenido amores en secreto con Pauline Elisabeth “Carmen Sylva” la inclasificable, prorepublicana, poetisa y  novelista reina de Rumanía a finales del s. XIX.  Roman, por su parte, no iba a contentarse para entrar en la historia por pegarle un tiro por la espalda a algún desgraciado borracho en un mugriento Saloon sino que su osadía iba a ser mucho mayor. Pero mucho.  

A río revuelto ganancia de pescadores

Volvamos con él. Habíamos dejado al bueno de Roman ejerciendo de oficial en Siberia. Tras unos años familiarizándose con el territorio y las estrategias militares, al sentirse preparado, Roman pidió la baja en el ejército. Era 1913 y Roman se internó aún más hacia Oriente, entorno que le había fascinado en su anterior viaje, pero esta vez no se desplazó a Manchuria, una territorio que empezaba a estar demasiado concurrido, sino que puso su punto de mira en Mongolia. A ese respecto hay que concederle un ojo clínico para avistar las oportunidades.  

La historia del Extremo Oriente en aquel período suele ser muy mal conocida en Occidente. En este blog intentaremos solventarlo parcialmente en el futuro, pero en todo caso hay que reconocer que en aquellos momentos la región era un auténtico caos.  

A finales de 1911 se había producido una revolución en China. Por efecto de la misma en 1912 cayó la dinastía Qing en el país. Así las cosas China pasó a convertirse en una República pero pronto las luchas por el poder y la inestabilidad interna dieron lugar al caos en el seno del país. Inestabilidad que obviamente se hizo más acusada en las áreas más alejadas de la capital del país y de sus zonas más pobladas.  

Así las cosas pronto diversas provincias en las fronteras del territorio chino -ya precariamente controladas por la dinastía manchú durante el s. XIX- cayeron entonces bajo el control efectivo de señores de la guerra locales. Además, en paralelo a eso, diversas potencias intentaron sacar tajada ampliando sus posesiones en la zona en detrimento de esas precarias fronteras chinas.   

Puede por tanto decirse que, en cierta forma, la revolución china de 1911-1912 inició un colapso geopolítico parecido al de la caída de la URSS en 1991. Así el llamado "Gran juego" que habían protagonizado británicos y rusos en el Cáucaso y Asia Central durante el s. XIX se trasladó fugazmente más hacia el interior de Asia tomando como referencia las fronteras chinas.

      Debido a todo ello, en 1912, Tíbet recuperó fugazmente su independencia (la China comunista de Mao luego volvería a invadir o recuperar –según la perspectiva adoptada- dicho territorio en 1951) en base a las maniobras de la inteligencia británica interesada desde hacía un siglo en establecer un estado tapón en la zona (en parte debido a esto en los años siguientes se convierte en un objetivo para los occidentales la escalada en el Himalaya, sobre todo en el caso de ingleses muchas de cuyas expediciones al respecto no eran sino un pretexto para cartografiar y espiar en esa zona que pasaba a resultarles geoestratégicamente importante).  

Por su parte también los japoneses empezaron sus maniobras para penetrar hacia territorios tradicionalmente chinos –en este caso en Manchuria- tras ocupar plenamente Corea en 1910.  

Siguiendo con el reparto del pastel, en la parte Norte de China quienes movían, o más bien intentaban mover los hilos en la sombra, eran los rusos. En este caso ambicionaban crear su propio Estado tapón entre Siberia y China un poco a la semejanza de lo que estaban haciendo los ingleses en el Sur con el Tíbet, nuevo airbag de seguridad interpuesto entre la India y China. Para ello en el Norte los rusos auspiciaron bajo cuerda la independencia de un pequeño estado satélite llamado Tannu-Tuva (el cual sobrevivió hasta 1944 cuando fue a su vez absorbido por la Rusia comunista) el cual pasó a convertirse en protectorado ruso.  

En segundo lugar, ya a mayor escala, el Imperio ruso favoreció la independencia de la actual Mongolia. De cara a ello apoyó en secreto una sublevación en la región encabezada por Bogd Jivzundamba Agvaanluvsanchoijinyamdanzanvanchügun. Bogd era un lama Tíbetano (por entonces casado y con un hijo, eso sí, que la soledad es muy mala) que se autoproclamó (lo típico en estos casos) emperador  de Mongolia y heredero de Gengis Khan, blablablá, con el nombre de Bogd Khan 

Ahora bien no lo subestimemos, pecado que cometieron los comandantes de las fuerzas chinas en la región. Entre finales de 1911 y 1913 el nuevo Bogd Khan al mando de unos 10.000 jinetes mongoles venció, casi sin bajas, a más de 70.000 progresivamente desmoralizados soldados chinos a los que expulsó de la región quedando Mongolia convertida de hecho en un nuevo Estado independiente.  

                                          

Aquí me gustaría introducir una reflexión. ¿Se siente usted aburrido?, ¿le parece que la Liga de futbol está muy desequilibrada en favor de los grandes?, ¿quiere introducir un poco de emoción y aventura en su vida?. Pues bien la respuesta a la última pregunta no es irse a Eurodisney a hacer fotos a un pobre trabajador temporal enfundado en un ridículo traje de ratón Mickey. Vamos a ver, para conseguir cosas hay que ir al sitio adecuado, si usted quiere follar, apúntese a un viaje del Inserso y si usted quiere aventuras -no “aventuras” sino aventuras de las de verdad- lo que tiene que hacer es irse a sitios emocionantes, por ejemplo los arrabales de alguna zona deprimida, devastada, o las dos cosas, en Osetia, Transnistria, Chechenia, algún lugar de nombre impronunciable en el centro de África, o quizás algún espacio controlado por guerrillas o capos de la drogra en Sudamérica o Asia. Por supuesto ni usted ni yo vamos a hacer algo tan estúpido porque el miércoles por la mañana el jefe espera un informe por triplicado, hay un parcial de física el jueves por la tarde, ahora no me viene bien porque no puedo dejar sin acabar la maqueta del galeón Atocha que empecé en septiembre pasado, o quizás mi mujer les ha prometido a los suegros que iremos a pasar el fin de semana. Claro, claro.

 La vida puede ser maravillosa

Volviendo a Roman. Él no tenía examen el jueves por la tarde y además, como ya hemos dicho, tenía cojones. Puede que cuadrados. Como decíamos en 1913 con muy buen ojo viajó a Mongolia, donde estaban pasando todas estas cosas emocionantes. Allí Roman empezó a ejercer como consultor externo dependiente del consulado ruso a la vez que asistía a los mongoles en la creación de un ejército propio digno de tal nombre (ya que por entonces sus tropas eran poco menos que una horda). Digamos que hacía labores de “inteligencia” en la sombra. El problema para él fue que el representante diplomático ruso en el lugar lo disuadió de implicarse directamente en la lucha entre Mongolia y China ya que las cosas estaban poniéndose bien para los intereses rusos en la región y no convenía forzar la situación. 

Así pues aunque en esa ocasión Roman había encontrado una zona suficientemente caótica como para desarrollar su “talento”, nuevamente había llegado tarde al imponerse poco después de su llegada un cierto status quo entre mongoles, rusos y chinos. En adelante Mongolia y Tannu Tuva figurarían como países de facto independientes pero no reconocidos por China, en base a ello serían incluidos en la órbita rusa pero no ocupados directamente. Por el momento esa era una solución que más o menos contentaba a todas las partes al permitir mantener las apariencias para todo el mundo y consiguientemente cesaron las operaciones militares, máxime cuando la tensión diplomática en Europa comenzó a dispararse. Pronto iba a estallar la Gran Guerra, la cual atrajo toda la atención de las grandes potencias mundiales y la de Roman también. 

Porque la vida puede ser maravillosa. El estallido de la Iª Guerra Mundial le evito a Roman quedarse empantanado en Mongolia en un momento de impasse. En cambio, gracias a la nueva guerra en el viejo continente, pronto encontramos a Roman realistado en el ejército regular ruso como voluntario y al mando de un regimiento de salvajes cosacos luchando en la frontera de la Galitzia austriaca. En los años siguientes participaría en múltiples operaciones en la zona así como en las fallidas ofensivas rusas contra las fuerzas alemanas.  

Durante ese tiempo Roman se ganó una sólida reputación como un oficial valiente y resuelto pero desobediente y mentalmente inestable, razón por la cual, pese a las continúas menciones a su valor en el campo de batalla realizadas por otros oficiales y compañeros, múltiples informes internos de sus superiores desaconsejaban continuamente el ascenderlo. Incluso un comandante de caballería mítico como Piotr Wrangel, quien más adelante llegaría a ser fugazmente amo y señor de parte de Ucrania y por entonces ya un oficial conocido por su "intrepidez" (la traducción civil de ese término militar debería ser el equivalente a estar como un cencerro), consideraba en aquella época que Roman era un tipo peligroso y poco de fiar. Algo así como si Ruíz Mateos desaconsejase meter dinero en tu firma de inversión porque le pareces un tipo imprevisible, inestable y poco honrado. 

Pero como he dicho la vida puede ser maravillosa. Justo cuando la Gran Guerra agonizaba y el ejército ruso se desintegraba estallaron las revoluciones rusas de 1917, la segunda de las cuales a su vez desembocó en una cruenta Guerra Civil en toda Rusia.  

Caos. Más caos y más guerra.  

Primeramente tras la revolución de Febrero Roman fue transferido al teatro del Cáucaso. Allí cerca de la frontera del Irán actual Roman intentó organizar y entrenar a un escuadrón de cristianos sirios para luchar contra el Imperio otomano un poco a la manera en que por entonces lo estaba haciendo para los ingleses T.E. Lawrence usando a combatientes árabes.  

No obstante el tablero de juego volvió a cambiar nuevamente con la revolución de Octubre cayendo en saco roto esos esfuerzos. Sin embargo no todo el trabajo de aquellos meses se perdió porque durtante su estancia allí Roman conoció y entabló amistad con alguien casi tan peculiar como él: Grigory Semyonov. Ambos eran indisciplinados, ambiciosos, violentos, odiaban la etiqueta, uno había estado en Mongolia, el otro tenía ancestros en la región, eran oficiales con predilección por la caballería en una época en que dicho arma estaba desapareciendo y ambos sentían que habían nacido para la guerra y el saqueo en un siglo que no veía eso con buenos ojos. El flechazo entre ambos hombres fue inmediato.  

Semyonov de linaje oriental, miembro de una tribu siberiana emparentada con los pueblos mongoles, fue pronto transferido al cargo de una región próxima al lago Baikal esperando que su ascendencia étnica y sus contactos en la zona ayudarían a mantener el orden en la región. Pero Semyonov no quería mantener el orden, de hecho esperaba aprovecharse del caos para hacerse con el control de la región. Pronto se proclamó Atamán de los cosacos de Baikal (si es que eso existía) y procedió a levantarse contra el gobierno comunista, aprovechando además para saquear la región mientras en secreto aceptaba sobornos del gobierno japonés (el cual estaba interesado en debilitar al vecino y tradicional enemigo ruso financiando a todo aquel que pudiera avivar la guerra civil en el teatro siberiano).

Roman, como nuevo mejor amigo de Semyonov pronto fue nombrado por éste como gobernador de un amplio área al Sudeste del lago Baikal. A partir de ese momento su tarea consistía en expulsar a los comunistas de la región o más bien no dejar que se acercasen a la misma.  

Semyonov y Roman quedaban así englobados nominalmente dentro del “Ejército blanco”, un conglomerado de jefes militares y fuerzas de diverso tipo que proclamaron su lealtad al zarismo y se levantaron contra los bolcheviques en diversas partes del país cuando estos accedieron al poder (por ejemplo el antes mencionado Wrangel lo hizo en la zona del Cáucaso y desde allí intento reconquistar Ucrania para el zarismo). El problema era la falta de coordinación entre los diversos grupúsculos y líderes locales, la mayoría de los cuales actuó más o menos por su cuenta en los siguientes años de la guerra, sin seguir ningún tipo de disciplina ni estrategia centralizada para combatir al nuevo gobierno comunista. A la larga eso condenaría a la derrota a los "blancos" en la subsiguiente Guerra Civil rusa (1917-1922), pero en cambio a hombres como Semyonov o Roman les convenía esa situación de vacío de poder temporal, embarcados como se hallaban en la construcción de su propio señorío feudal (nominalmente combatían en defensa del zar pero en la práctica lo hacían en provecho propio explotando la coyuntura).   

  Barón Loco. Grupo Salvaje.

Es allí en la frontera entre Siberia y la recientemente independizada Mongolia donde Roman von Ungern-Sternberg se ganó su sobrenombre de el Barón Loco. Para empezar Semyonov (que ya hemos dicho que en realidad aceptaba sobornos de los japoneses) y Roman rehusaron someterse a la autoridad del Almirante Kolchak el teórico líder de los ejércitos blancos zaristas en Siberia.  

En vez de eso y de centrarse en combatir a los comunistas pronto Semyonov y Roman empezaron a actuar de forma independiente en provecho propio y siguiendo sus propias agendas de objetivos. De hecho, poco a poco, el propio Roman empezó a actuar de forma autónoma también respecto a su teórico patrón y amigo Semyonov. 


Obviamente para llevar a cabo sus planes necesitaba hombres. Hombres despiadados y fieles a su persona. De esta forma Roman comenzó a reclutar y formar su propio cuerpo de caballería alistando en el mismo una peculiar mezcla de chinos, tártaros, mongoles, manchues y soldados procedentes de otras tribus y etnias cercanas a la región; sumando también a ese conglomerado a algunos soldados cosacos que le habían seguido desde su estancia en el Cáucaso, además de algunos mercenarios y aventureros de origen japonés, polaco o ruso presentes por entonces en la zona.  

Así nació la “División Salvaje” un cuerpo de caballería parecido a una auténtica mesnada del medievo y al mando de la cual Roman iba a lanzarse a la conquista de su propio dominio feudal  usando el pillaje y el saqueo sin control alguno. Nada muy diferente a lo que en una situación parecida habrían hecho, a su manera, Rodrigo Díaz de Vivar, Hernán Cortes, Tamerlán o Francis Drake, salvo por el detalle de que Roman vivía en pleno s. XX y esas cosas ya no se llevaban.  

De cualquier manera Roman no era un tipo preocupado por la moda. Él y su nueva mesnada comenzaron a saquear los trenes del Transiberiano como si auténticos bandidos del Oeste se tratase. Gracias a ello Roman se hizo con unas reservas de suministros y dinero en base a lo cual se sintió preparado para embarcarse por fin en un proyecto a su medida: restaurar el imperio de Genghis Khan (de quien Roman estaba cada vez más convencido de ser un descendiente) con su humilde persona a la cabeza.  

De cara a ello lo primero era conquistar Mongolia. El asunto se complicaba porque en ese momento había que contar con el Bogd Khan, el nuevo dueño del país, quien también poseía una horda propia. Además, por aquel tiempo también los japoneses intentaban inmiscuirse en la región aprovechando el vacío de poder ruso y chino. De hecho a los japoneses, que ya llevaban tiempo practicando la política de expandir el caos en China de forma subrepticia, les pareció el momento adecuado para aplicar la misma política con la esfera de influencia de la otra gran potencia rival en la zona, Rusia. Para ello pretendieron llegar a controlarla a través de subvencionar, por un lado a gente como Semyonov, mientras al otro lado de la frontera sobornaban a los señores de la guerra chinos fronterizos con la región de cara a en un hipotético futuro comisionar a alguno para que les hiciera el trabajo sucio de eliminar al Bogd Khan y sustituirlo por un títere próximo a los intereses japoneses.  

Pero nada de esto preocupaba a Roman que siguió adelante dando los últimos retoques a sus planes y alistando mercenarios en sus fuerzas. Además, de cara a legitimar sus delirantes propósitos, en el verano de 1919 se casó con una princesa de etnia manchú emparentada con un general chino rebelde que en esos momentos campaba a sus anchas al Oeste de Manchuria. Era política medieval en estado puro, mediante el matrimonio Roman aseguraba su flanco y a la vez obtenía en cierta forma unos derechos “feudales” de conquista emparentándose con la etnia de los recientemente depuestos emperadores manchúes de China.   

Sin embargo alguien se le adelantó. A finales de ese mismo año de 1919 el Bogd Khan fue derrotado y puesto en arresto domiciliario por fuerzas militares al servicio del gobierno chino, quien intentaba recuperar el control del territorio. Mientras, en Siberia, los bolcheviques avanzaban imparables. Todo parecía jugar en contra de los intereses de Roman una vez más. 

A comienzos de 1920 Kolchak, traicionado por la “Legión Checa” -que por entonces también se dedicaba a saquear por Siberia- fue ejecutado por los bolcheviques con lo que pronto las fronteras del territorio controlado por Semyonov y Roman estuvieron asimismo en peligro. Semyonov planteó a Roman retirarse hacia Manchuria más cerca del territorio controlado por sus patrones japoneses en ese momento.

Pero llegados a ese punto Roman tenía sus propios planes y no iba a renunciar a hacer realidad su sueño. Una vez eliminado el Bogd Khan más al Sur, y con sus propios jefes "blancos" siendo eliminados uno a uno en Siberia, ya quedaban muy pocos jugadores en el tablero. Era el momento para que un jugador inesperado realizase un movimiento audaz e imprevisto. Si se retiraba quizás nunca volvería a disponer de una oportunidad como aquella o de un contingente suficiente de hombres despiadados bajo su mando para asirla entre sus manos. Era entonces o nunca, ganar el premio gordo o morir en el intento tirado en medio de la nada, justo lo que Roman llevaba esperando desde que tuvo uso de razón. Roman era un jugador nato y le había llegado el momento de apostarlo todo. Absolutamente todo, a doble o nada.  Para él, por tanto, realmente no había nada que decidir. ¿Acaso se hace preguntas filosóficas un león cuando divisa una manada de gacelas?, ¿duda un tiburón cuando percibe la presencia de sangre en el agua?. 

  Follando con el inmenso cielo azul

Primero Roman traicionó a Semyonov abandonándolo a su suerte cara a cara con los ejércitos bolcheviques que avanzaban hacia el Este. Semyonov no aguantaría mucho -y sin su ayuda menos- pero eso le aseguraría a Roman la retaguardia durante el breve período de tiempo que necesitaba para poner en marcha la conquista de un imperio propio. Mientras tanto Roman se movió hacia el Sur y al mando de su pequeño ejército mercenario privado consistente en unos 1.500 hombres se lanzó a invadir Mongolia durante el verano de 1920.  

En octubre ya estaba sitiando Urga, la capital de Mongolia, en aquel momento ocupada por las tropas chinas que habían expulsado temporalmente de la zona al Bogd Khan. La ciudad estaba bien protegida por artillería y trincheras con lo que ese primer asalto de Roman fracasó. Dándose cuenta de la necesidad de aliados secretamente entró en negociaciones con el depuesto Bogd Khan (por entonces bajo arresto domiciliario como se ha mencionado). El Bogd Khan -comprendiendo la oportunidad que se le presentaba para reincorporarse el Juego de Tronos que estaba teniendo lugar en la región- prometió a Roman ponerlo en contacto con algunos de sus antiguos soldados y jefes de la guerra locales. Consiguientemente varios de ellos, tras recibir la recomendación de su antiguo jefe, pasaron a aliarse con Roman y a engrosar sus filas.  

Así a comienzos de 1921 Roman -al mando de casi el doble de hombres que la vez anterior- inició, con brío renovado, una nueva campaña de conquista, gracias a los contingentes de mongoles y budistas tibetanos de refuerzo que se le habían unido durante el invierno. Debido a ello, a comienzos de febrero Roman tomó por fin la capital de Mongolia, Urga, que se le había resistido pocos meses antes.   

Tras eso siguió avanzando hacia el Sur y el Este, arrasando a las fuerzas chinas que se fue encontrando, pese a que eran muy superiores en número, finalizando la campaña a lo largo de abril. En ese momento Roman era dueño de toda Mongolia la cual se mantenía más o menos pacificada gracias a que nominalmente era el Bogd Khan -liberado por Roman y convertido en su marioneta- quien pasaba a gobernar el país. A cambio de su puesta en libertad del cautiverio a manos de los chinos y del nombramiento como monarca de Mongolia el Bogd Khan, por su parte, designaba a su vez a Roman como khan y le dejaba convertirse de facto en una especie de "Shogun" de Mongolia, lo que no está nada mal si tenemos en cuenta que hablamos de ser el señor feudal de un territorio tres veces mayor que la actual España. Comenzaba asimismo el proceso extraoficial de deificación de Roman como Jamsaran, algo así como “dios de la guerra viviente”, entre parte de la población mongola y los lamas fieles al Bogd Khan 

Por lo demás, antijudío convencido (al fin y al cabo tenía sangre alemana y cultura rusa, dos de los pueblos más tradicionalmente hostiles a los judíos), Roman se lanzó en esas fechas al exterminio de los judíos de Mongolia, afortunadamente no muchos, “solo” unos cientos por entonces. A fin de cuentas en algo hay que pasar el tiempo.  

Sin embargo Roman no había contado con la rapidez del avance bolchevique por Siberia ni con la inusitada presencia de agentes blocheviques durmientes y de simpatizantes comunistas entre las tribus de Mongolia, presencia que  había pasado desapercibida hasta entonces.   

En base a ello los problemas iban a empezar a acumulársele a Roman. Para empezar los bolcheviques obligaron a retirarse a Semyonov de la zona que controlaba en la Siberia limítrofe más rápido de lo previsto. Luego los comunistas se hicieron momentáneamente con el control del Estado títere de Tannu Tuva y desde allí durante el verano de ese mismo año de 1921 ya empezaron a enviar contingentes militares hacia Mongolia a la vez que en el país estallaba de repente una revolución comunista orquestada desde Moscú y encabezada por un nuevo jugador llamado Damdin Sükhbaatar 

Damdin era un guerrero nacido en la actual Ulan Bator pero que había servido en el ejército ruso y que era conocido como “El héroe del hacha” (no era un tipo con grandes habilidades marciales ni usaba un hacha pero si uno se encuentra con alguien que se hace llamar así da un poco de miedo al principio). Damdin estaba en pleno proceso para hacerse con el control del Partido del Pueblo de Mongolia -una copia local construida a imagen y semejanza del Partido Comunista ruso- y pronto se autoproclamó líder de la resistencia partisana contra la ocupación del país por parte de Roman y sus mercenarios.  

Pero Roman, como sabemos, no era alguien que se desmoralizase frente a pequeños imprevistos. Optimista a toda prueba decidió que la mejor medida en ese momento era atacar, invadir Rusia en vez de quedarse quieto a la defensiva. Organizó así una expedición para avanzar hacia la frontera siberiana de Mongolia, volver a penetrar en Rusia e hipotéticamente reavivar la Guerra Civil que estaba finalizando en ese momento. Si lo lograba quizás aún podía ganar. Obviamente este plan pasaba por alto su absoluta inferioridad numérica frente al reconstruido Ejército rojo, así como también la armamentística (Roman solo disponía de una fuerza de caballería con fusiles y sables mientras que el Ejército Rojo ya empezaba a dotarse de ametralladoras, vehículos blindados, equipos de comunicaciones modernos, etc.). Roman tampoco tomaba en cuenta la absoluta oposición que despertaban él y su banda de saqueadores entre la población de buena parte de Mongolia y de las zonas limítrofes de Siberia donde le habían conocido. Sin duda le faltaba sensibilidad para apreciar que las matanzas de civiles, las ejecuciones sumarias, torturas y saqueos que su contingente militar practicaba por sistema levantaban bastante susceptibilidades entre las poblaciones ocupadas. En fin, qué se puede decir, la gente es rencorosa.   

Por si fuera poco Roman cometió el error de dividir en dos su contingente durante el avance. Así durante el mes de junio no solo sus dos cuerpos de ejército fueron completamente derrotados por separado en su intento de traspasar la frontera rusa sino que, de forma fulgurante, tropas comunistas avanzaron desde diversas direcciones hacia la capital de Mongolia donde se les unieron las fuerzas partisanas de los comunistas mongoles.  

  Un amigo es para siempre

Así, en cuestión de semanas, Roman perdió el control de la capital y también de la mayor parte del resto de Mongolia. Temiendo quedarse atrapado entre las columnas de soldados comunistas que avanzaban por todos lados contra su contingente de hombres a la fuga Roman pensó en realizar un segundo intento de invadir Siberia pero en este caso apoyándose en viejas alianzas. Se puso así en contacto con su viejo amigo Semyonov refugiado por entonces en Manchuria.  

Se trataba de recordar los viejos tiempos, pelillos a la mar, y que el viejo Semyonov convenciese a sus patrones japoneses para que echaran una mano. Semyonov le contestó a todo que sí, por supuesto... sin rencores. Naturalmente no hizo nada para ayudarle y esperó tranquilamente a que Roman corriese a enfrentarse con los blocheviques que lo perseguían estúpidamente convencido de que la ayuda llegaría en el último momento.  

Así las cosas Roman avanzó de nuevo hacia la frontera rusa -escapando de los ejércitos que ya se hallaban en ese momento por todo Mongolia- esperando atravesar las defensas rusas en la frontera. Increíblemente lo logró y más o menos durante un mes penetró profundamente en territorio ruso amenazando la periferia de varias ciudades. Pero como hemos dicho la ayuda prometida por Semyonov nunca llegó. Sin refuerzos y ante la aproximación a la zona de nuevos cuerpos del ejército rojo (el cual iniciaba su tradición de vencer al enemigo por simple aplastamiento numérico movilizando increíbles cantidades de hombres para las operaciones más insignificantes) Roman tuvo que ordenar el repliegue, de nuevo hacia Mongolia donde le esperaban los partisanos y los ejércitos comunistas invasores.  

La cosa no pintaba bien. Los hombres de Roman y sus oficiales plantearon abandonar y huir hacia Manchuria para pasar a territorio japonés. Era lo más lógico. Llegaba la hora de tirar la toalla. Habían hecho lo que habían podido. Pero Roman no se daba por vencido. Aún creía que podía ganar. Le quedaba por intentar un último giro mortal: cruzar el desierto de Gobi y el Himalaya, combatiendo ahora contra los chinos, y una vez llegados al Tibet aliarse con los lamas tibetanos para extender la guerra a China desde allí… Pero claro sus tropas empezaron a plantearse la posibilidad de que su general no estuviese siendo realista. Para algunos empezó a ser evidente que era preciso cortar por lo sano y no hundirse con aquel tipo que moriría combatiendo, jamás se rendiría y no le importaba sepultarlos a todos con él.  

Es ahí donde salta al primer plano Khatanbaatar Magsarjav  alias “el héroe del pueblo”. Magsarjav era un combatiente nato (otro más en esta historia). Había servido como mercenario para los rusos a comienzos de siglo, luego se pasó al bando del Bogd Khan pero al ser derrotado éste fue hecho prisionero por los chinos. Roman lo liberó y lo convirtió en uno de sus oficiales de confianza y, debido a su gran reputación entre ellos, lo puso al mando del contingente de soldados mongoles que formaban parte de sus fuerzas, unos 800 hombres.  

El problema es que Magsarjav era ante todo un hombre práctico, y además conocía (de hecho había sido oficial al mando suyo cuando ambos luchaban para los rusos) a Damdin Sükhbaatar el nuevo líder del Partido del Pueblo y de la revolución comunista en Mongolia. Dos y dos son cuatro. Ambos hombres entraron en contacto en secreto y Magsarjav pactó su cambio de bando en bloque con todos sus hombres. Cuando las fuerzas de Roman nuevamente se dividieron para escabullirse de las patrullas comunistas Magsarjav y sus hombres  hicieron efectivo el cambio de bando y masacraron al resto de hombres de su grupo que aun eran fieles a Roman. Tras eso se unieron a las fuerzas comunistas más cercanas. Al día siguiente uno de sus hombres infiltrado aún en el grupo comandado por Roman intentó asesinarlo en su tienda, lo que hubiera puesto punto final a la guerra, pero falló.

   A partir de ahí se desató la persecución de Roman y el grupo de hombres fieles que le quedaban. Al final aunque aguantó varios días más huyendo y combatiendo poco a poco se fue quedando solo y resultó finalmente capturado el 20 de agosto de 1921 por un grupo de comandos soviéticos al mando de un oficial de la Cheka desplazados a la región para una caza al hombre en toda regla.     

Obviamente pocos días después Roman von Ungern-Sternberg era fusilado llegando al final la lucha por Mongolia. 

   Ya lo decía el personaje de Ptolomeo en la magnífica "Alexander" de Oliver Stone: 
   
   "Lo cierto es que nunca creí en su sueño. Ninguno de nosotros lo hizo. Esa fue la verdad. Los soñadores llega un momento en que cansan y deben morir antes de consumirnos con sus sueños imposibles". 

El sentido de la vida
 
En adelante el país siguió siendo de forma nominal un Estado independiente pero en la órbita soviética y no china. Además el comunismo se instaló sólidamente en el aparato del Estado. El Bogd Khan continuó siendo nominalmente el jefe del mismo pero el poder real pasó a manos del Partido del Pueblo. Poco después el Bogd Khan y su mujer morían convenientemente con lo que en 1924 se abolió la monarquía y el país se convirtió en una República Popular. Durante las décadas siguientes Mongolia se sumió en una política de aislamiento que en cierta forma lo convirtió en la Corea del Norte de su época, o en cierta forma la Albania de Asia. Singularmente, a diferencia de sus poderosos vecinos también comunistas -la URSS y más adelante la China de Mao- Mongolia no se lanzó (tampoco tenía cómo) a la vía industrializadora. En cambio continuo siendo un país atrasado (eso sí, manteniéndose siempre en la órbita soviética) donde la economía ganadera y el régimen tribal seguían poseyendo gran importancia.

De todas maneras según los lamas Tíbetanos unos años después nació la siguiente reencarnación del Bogd Khan. Según otras versiones, dado que el Bogd Khan supuestamente no dejaba de ser asimismo la octava reencarnación de Jebtsundamba Khutughtu, entonces digamos que la novena nació unos años después de la muerte en misteriosas circunstancias de la octava. Esa novena reencarnación oficial murió hace un par de años, en 2012.  

Magsarjav pasó a integrarse en el Partido del Pueblo y hasta su muerte ocupó importantes cargos ministeriales.  

Finalmente Damdin Sükhbaatar el gran líder de la revolución comunista que ¿liberó? Mongolia murió en 1923 poco después de haber logrado llevar al Partido del Pueblo al poder. Oficialmente murió de agotamiento por su entrega a la revolución. Otros dicen que envenenado cuando dejó de ser útil a Moscú. A fin de cuentas no hay que subestimar el morbo gótico que por aquellos años afectó al comunismo internacional. De todas formas al año siguiente la capital del país, Urda, fue renombrada como Ulan Bator (Ulaanbaatar) que significa “Héroe Rojo”, supuestamente en su honor.   

De todo esto resaltaría dos cosas como balance. La primera es que desde siempre al margen de la guerra directa diversos Estados buscan influir o desestabilizar otros Estados rivales mediante operaciones encubiertas o la subvención secreta de grupos terroristas, mercenarios, sindicatos, partidos políticos opositores o gente como Belén Esteban. Lo que se les ocurra para fastidiar. Los Ungern-Sternberg surgen una vez cada mil años pero los Semyonov de la vida siempre han existido y además siempre existirán. Mientras usted lee estas líneas sentado cómodamente en su sofá seguramente alguno de ellos intenta hacer fortuna sembrando el caos y la destrucción en Libia, Siria, Irak, Afganistán, Ucrania, el Congo, o sabe dios donde.  

En todo caso la diferencia fundamental con lo que les he intentado contar es que los señores de la guerra de nuestro tiempo adolecen de imaginación y nunca pretenden construir un imperio feudal con tintes místicos budistas. Simplemente quieren drogarse a gusto y enriquecer los dígitos de alguna cuenta bancaria en las Barbados a base de disparar con lanzagranadas al servicio de alguna agencia de inteligencia probablemente estadounidense, israelí o rusa. Y eso, amigos míos, no tiene glamour alguno, es cutre, es zafio, vulgar, carece de estilo, de épica, de magia y de todo. Por tanto a diferencia de los hombres de los que hoy les he hablado los megavillanos de nuestro tiempo realmente no merecen ser recordados. Ellos pese a jugar a los guerreros no comprenden verdaderamente la esencia de la vida: 

- ¡Decidme¡, ¿qué es lo mejor de la vida?.
- Recorrer la extensa estepa a lomos de un caballo rápido, con un halcón sobre tu puño y el viento en tu cabello.
- ¡Mal!, ¡Conan¡, ¿qué es lo mejor de la vida?.
- Aplastar enemigos, verles destrozados y oír el lamento de sus mujeres.

4 comentarios:

  1. Para que no haya dudas, este es un texto marcadamente lúdico, por ello se permite ser un encendido elogio de la guerra por la guerra. Por supuesto, sin necesidad de experimentarla en primera persona, creo que todos intuimos que aunque la guerra narrativamente hablando es fascinante (ya que permite contarla hablando de camaradería, heroísmo, patria, libertad, gloria y otras palabras muy bonitas), en vivo y en directo la guerra de verdad es una mierda en la que mueren personas, personas como tú, la mayor parte de las veces para provecho de nadie o en todo caso de unas pocas malas personas. A veces lo olvidamos y por ello en Internet es todo un subgénero en sí mismo el elogio de los grandes héroes militares.

    Personalmente estoy bastante convencido de que un amplio porcentaje de los grandes líderes militares y conquistadores de la historia apestan si olisqueas de cerca. En ocasiones por supuesto algunos de ellos se dedicaron a la defensa de una causa justa, pero como digo, a título personal tengo bastante clara la impresión de que eso era algo meramente coyuntural para ellos. En la guerra, es de cajón, suele haber gente a la que le gusta la violencia. Obviamente mucha gente ha tenido que combatir a lo largo de la historia movilizada por obligación, para defender su casa o simplemente para ganarse el pan, pero a la cabeza de esos grupos humanos suelen situarse con el tiempo siempre caudillos y militares profesionales que lo son porque en el fondo simplemente les gusta lo que hacen. Algunos históricamente han tenido la suerte de obtener una buena excusa para poner en práctica lo que llevan esperando poder poner en práctica toda la vida (me atacaron yo no quería, fue por el bien de la nación, Su Majestad/Cristo/Alá/el pueblo me lo ordenó) mientras que otros… pues no y quedaron estigmatizados por ello.

    Por ejemplo en la segunda guerra mundial no creo que hubiese tantas diferencias entre un Guderian, un Rommel, un Patton, un Montgomery, un McArthur, un Zhukov, un Yamashita, o un Von Rundstedt. Unos defendían a dictaduras horribles, otros a democracias, pero hubieran podido intercambiarse las posiciones perfectamente. Todos ellos compartían una cosa, les gustaba lo que hacían y sentían que habían nacido para ello porque al fin y al cabo eran buenos haciéndolo; llegado el día de la batalla decisiva, cuando el sonido de los cañones o los cascos de los caballos atronaban ninguno habría querido estar en otro lugar o haciendo otra cosa. Es mi impresión, por supuesto.

    Incluso, más allá de esto, los Napoleón, Julio Cesar, Aníbal, Gustavo Adolfo o Federico el Grande de turno tampoco en el fondo pienso que combatiesen por ambiciones muy diferentes a las de Ungern (gloria, poder, riqueza, afán de dominio), solo que ellos tuvieron más tiempo para elaborar y redactar sus excusas y justificaciones. Que si el bien de la nación, que si la necesidad de controlar plazas estratégicas, que si la legítima defensa preventiva… así hoy en día tienen mejor prensa por diversas razones, pero a su modo fueron carniceros mucho mayores.

    Por eso dentro de lo que cabe me cae bien Ungern, por anacrónico y por transparente en sus propósitos. El no combatía, ni pretendía hacerlo, en favor de la democracia, el bien común o para lograr el control de unas materas primas estratégicas. Hoy podríamos decir que combatió por el zar, para enfrentarse al comunismo o algo así y puede que hasta colase, pero no creo que él quisiese que le fabricásemos una coartada. Él combatía simplemente porque sentía que había nacido para ello y no tenía reparos de cara a actuar en consecuencia.

    Ante una persona así lo más juicioso es dejar los prejuicios pacifistas de lado y pegarle un tiro antes de preguntar siquiera (a fin de cuentas él no dudaría en hacer lo mismo), no obstante como personaje me resulta atrayentemente repulsivo. Otro día ya me meteré con tipos peores y contingentes militares mucho más dañinos aún, solo que beneficiados por una mejor prensa y la consiguiente aceptación social.

    ResponderEliminar
  2. Estos artículos sobre personajes y hechos de la "trastienda" de la historia me encantan. ¡Que haya muchos más!

    ResponderEliminar
  3. Muy entrete tu articulo, me rei mucho con tu humor irreverente y sarcastico! Desde Santiago en Chile te mando un !en hora buena!, ya quiero leer otra entrada igual pero altiro poh ! Saludos

    ResponderEliminar
  4. PD se me olvido comentarte, para tus proximas entregas si pudieses colocar fotos con mejor resolucion, o con la alternativa de ampliar la vista de la imagen, para poder apreciar bien los mapas, ya porfi! Gracias! Saludos!

    ResponderEliminar